¿Obra
maestra o farsa? ¿Por qué no ambas cosas? Y es que CA7RIEL
& Paco Amoroso se vuelven a superar con el lanzamiento de
un disco conceptual monumental que incluye comedia absurda, sátira y drama. Un
trabajo amplio en estilos musicales y géneros, con una inmensa cantidad de capas
sonoras y atmósferas. El dúo argentino aparece renovado en FREE SPIRITS,cuya
narrativa está centrada en un proceso de recuperación mental después de sufrir
un burnout por
la presión del reconocimiento. El álbum continúa una terapia intensiva de los
chicos en el Free Spirits Wellness Center, un retiro
holístico ficticio deSting dirigido
a celebridades quemadas por la fama.
FREE SPIRITS habla
de las vidas vacías de las estrellas de la música actual. Contiene sexo, drogas y la falsa idea de que el dinero y la fama dan felicidad. A
nivel musical, es un disco ecléctico donde se pueden encontrar fusiones de trap
con toques de la música del medio oriente o con guitarras distorsionadas, así
como bossa nova, house, rock, balada romántica, rave y más. Con canciones muy cromáticas
que van del bolero de loft de hotel a temas muy oscuros, casi tribales.
Tema por tema
Esta producción se abre con “Nada Nuevo”, casi la banda
sonora de una película de Bollywood, que incluye un ritmo frenético, mucha cámaras
de voces y un entramado melódico arábico que lo vuelve muy atractivo. Es un tema con mucha locura,
que musicalmente se va para cualquier lado pero es genial. “Goo Goo Ga Ga”, que tiene como invitado al gran Jack
Black, es casi una canción de Minecraft.
Una sambita latinosa, con escalas con cromatismos (como si fuera una canción demente
para niños), que es el racconto de la vida de un tipo que se arrepiente de
haber desperdiciado su juventud y quiere resetear todo para volver a ser un
bebé. Mientras tanto lo que suena es una bossa nova muy jazzera y absurda. ¿Pero
qué se podía esperar de esta conjunción de estrellas del humor? “No Me Sirve
Más” es un temazo, con influencias house y disco, una bomba inconformista en la
que el protagonista quiere más y más, dentro de un entramado social que lo empuja
hacia la híper ambición. También contiene una conexión de ritmos y géneros, con capas
y capas de voces, con variaciones dinámicas que te vuelan la cabeza.
Nada que ver con “Ay Ay Ay”, a dúo con Anderson .Paak, que es una orgía demente hecha canción
latinoamericana que linkea directamente con clásicos como “Guantanamera”. Un
tema bien jodón para festejar y bailar que tiene una segunda parte espectacular
bien diferente, con mucho groove y un par de guitarrazos soberbios. “Vida Loca”
es la canción de desamor del disco, muy sentimental, pero en los términos de
CA7RIEL & Paco Amoroso, y sabemos lo que eso significa. Es un tema sentido,
con mucha dulzura, una sensibilidad tremenda y una letra que habla de las vidas
arrepentidas (?) que están llevando los artistas. Con mucho punchi, punchi, “Muero”
contrariamente es un tour de force tremendo
y adictivo. Incluye también un cambio inesperado en el medio de la canción que
descoloca a todos los oyentes.
El tema junto a Sting (“Hasta Jesús Tuvo Un Mal Día”) es 100%
pop ochentoso, en donde la música propicia un acercamiento irresistible entre
los tres artistas que se vuelve gracioso y hitero. Sin dudas, encaja plenamente
en el ambiente y concepto del álbum de recuperación y superación. En sí, es un
temazo, con cambios melódicos hermosos que te rompen la cabeza cuando sube al
final. Por su parte, “Ha Ha” incluye el inopinado sampleo de “La Felicidad”, el
clásico de Palito Ortega, que
funciona como sarcástica confesión. Es un muy buen tema, que empieza como
balada, deviene muy rítmico y vuelve a ser balada, con una producción excelsa.
Un super hit, sorpresivo y espectacular. “Soy Increíble” es otro gran caramelo
pop. Un acercamiento instrumental al sonido Daft Punk, disfrutable y también ochentoso. Aparece una guitarra super
funky, muy groovera, que suena a Prince.
Y aquí llega uno de los puntos más altos del disco: “Himno
del Mediocre”, casi un homenaje a la canción romántica de los años setenta. Un
tema que va a quedar en el recuerdo porque pinta para clásico. Es absurdo pero también
la cabal demostración de la dualidad del perdedor nato que se acepta como tal. Nada
que ver con “Todo Ray”, que es uno de los temas más marchosos del disco.
Instrumentalmente es impecable. Una canción que seguramente va a explotar en
vivo porque es una barbaridad, la locura desatada. Y el cierre de FREE SPIRITS es “Lo Quiero Ya!”, que parece el sampleo de una canción búlgara. Un tema que encaja a la
perfeccion con la historia del disco, con una entramado rítmico complejo que es
demente. Una secuencia de ruido blanco sumada a unos coros enigmáticos
soft porno transforman el ritual en una rave secreta cuasi satánica…
Un final acorde para un disco que no se puede dejar de
escuchar y volver a escuchar en repeat…
Anel Paz es uno de los mejores guitarristas argentinos. Dueño de
una versatilidad única, demuestra toda su pasión por la música en todos los
trabajos que realiza, ya sea como socio fundador del sello discográfico Happy
Together Records -como productor, técnico de grabación y captador de
talentos-, así como en su labor como cantautor y docente. Fanático del surf y
la lectura, entre idas y vueltas; ha formado parte de innumerables proyectos
musicales, desde Los Violadores, Los Políticos, hasta llegar a liderar El
General Paz y La Triple Frontera, su grupo actual. Esta experiencia musical, que
lo fascina, sintetizó su larga búsqueda musical en un combo que mixtura en sus
composiciones rítmicas diversas de la música popular que van del rock al funk, pasando por el reggae, el candombe, la samba y el folklore. En esta charla temática nos dedicamos a hablar de lo que
más lo apasiona: la guitarra. Para eso nos encontramos en su estudio del barrio
de Caballito, en donde nos recibió con la humildad y generosidad de los grandes.
ENTREVISTA> ¿Cómo te enamoraste de la guitarra?
Yo
venía de estudiar música y flauta dulce en el Collegium Musicum a los 8 años.
Pero mi pasión con la guitarra empezó por la influencia de un tío rockero. Yo
venía escuchando la música que se pasaba en mi casa, como todo el mundo, y en
mi casa eran muy melómanos, se escuchaba mucha música clásica, jazz, tango,
música brasileña, buena música, buenos artistas. Había una colección muy grande
de discos de vinilo en casa. Hasta que un día vino mi tío y me dijo: "Mirá,
pendejo, tenés que escuchar todo esto…” Y me trajo Deep Purple, Jimi Hendrix, Santana, Pink Floyd y Led Zeppelin. Ahí me explotó el cerebro,
yo tenía 13, 14 años.
Eso
fue en los años 70, ¿no?
Claro.
En 1977, 78, en la época del Mundial de Argentina. Fue entonces que el sonido
de la guitarra me voló la cabeza. Estaba re loco, hacía el air guitar, todo eso… Tocaba la guitarra en el aire, flasheándola
con Gilmour, Hendrix, Page, Clapton,
Peter Green del viejo Fleetwood Mac,
B.B. King, Jeff Beck… Ahí me hice el vivo, porque yo tengo dos hermanos
mellizos a los que les llevo nueve años, y ellos eran chiquitos y todavía
recibían regalos de Reyes. Entonces, como a los cuatro hermanos nos tenían que
regalar algo, yo les pedí a mis viejos una guitarra. Ellos no querían saber
nada porque las guitarras eran carísimas, pero igual aceptaron y me compraron
una. Era una Kuc, industria argentina, modelo Stratocaster anaranjada fluo. Con
esa guitarra toqué durante años. Mi hermana menor había pedido una guitarra
criolla, pero nunca se enganchó a tocar, y me la terminé quedando. Así que
empecé a tocar en paralelo con las dos guitarras. Tocaba con la eléctrica sobre
los discos que escuchaba, orejeando, hasta que en un momento formé Los Espasmódicos, mi primera banda en
la escuela, con Marcelo Burd en guitarra
y voz, un amigo que amaba a Elvis
Presley. Hicimos un trío en el que yo tocaba la guitarra y hacía coros,
junto a Marcelo y Javier “Dr. Muerte” Ramos,
otro amigo muy querido, que en paz descanse, en la batería. Yo tocaba la
guitarra, pero como no sabía tocar bien guitarra, tocaba el bajo. O sea, tocaba
el bajo en la guitarra una octava más arriba. Entonces, la banda no tenía peso
porque no tenía bajo. Un desastre (risas). Pero igualmente hacíamos rockabilly,
éramos como los Stray Cats, aunque
todavía no existían los Stray Cats.
Esos
fueron tus primeros pinitos con el instrumento, ¿en qué momento empezás a
aprender en serio?
Con
un profesor de guitarra clásica llamado Luis
Venosa, a los 15 años. Ahí también me empezó a fascinar el tema de la
guitarra española. Luego armé otra banda llamada Dr. Rock con Mariano Gatto
(guitarra y voz), Javier Ramos
(batería y coros) y Alejandro Bouvier
(bajo y coros); ahí yo tocaba la guitarra y hacía coros. Así empezamos a hacer
shows e iban todos nuestros compañeros de la secundaria. Tocábamos en los pubs,
era una locura. Ahí me volví loco con la guitarra. Estaba todo el día practicando,
tocando con mi banda y sacando cosas de Zeppelin,
etc. Yo era menor pero me iba todo el tiempo al cine Lara a ver La Canción es la Misma, y me sacaba las
canciones. Un tiempo más tarde se produce la época de La Plata Dulce en Argentina, el “deme dos”, y todo el mundo iba a
Estados Unidos a comprar cosas. Entonces un día mi viejo nos propone viajar a
Estados Unidos.
Anel en Dr. Rock, 1980.
Ahí
te volviste loco…
Claro,
imaginate. Yo venía re loco con un montón de violeros: Page, Blackmore, Gilmour, Hendrix, Santana, Frank Marino, Peter Green, B.B.
King, Ted Nugent... Todo eso fue previo a la época en que aparece Van Halen y cambia todo. Porque la
primera vez que escuché a Van Halen no entendí más nada. No entendía que
pasaba, que era eso de la técnica nueva del tapping. Yo decía: "Esto no se
puede hacer en la guitarra…” Pero, previo a eso, estaban todos los guitarristas
más tradicionales, más clásicos. Ya Hendrix era una locura, ¿no? Obviamente, lo
que hacía Steve Howe era
impresionante. Y otros que también me volvían loco eran Paco de Lucía y Cacho Tirao.
Mismo el maestro EduardoFalú. Mi viejo me llevaba a ver a Paco
de Lucía y yo me acobardaba, pensaba que tenía que dejar la guitarra porque no
se podía tocar así. “Ese tipo no es humano”, pensaba. Me gustaría nombrar a
todos los guitarristas que me volaron la cabeza: Larry Carlton, Robben Ford, John McLaughlin, Lee Ritenoir, Steve
Hackett, Trevor Rabin, Andy Taylor. Por supuesto, también me agarró un
ataque demencial por Frank Zappa…
Pero sigue habiendo guitarristas súper grosos en la actualidad como el italiano
Matteo Mancuso, un fuera de serie.
En Brasil está Yamandu Costa, un
violero de otro planeta. Y en otros géneros me gustaba mucho lo que hacía en
tango Juanjo Domínguez, tremendo
guitarrista. Por supuesto, no se puede negar la importancia en el folklore de Atahualpa Yupanqui.
Contame
como fue tu primer viaje a Estados Unidos.
Todo
el mundo se compraba remeras, cámaras de fotos. Pero yo le dije a mi viejo que
no quería nada de eso, que lo único que quería comprar era una guitarra. Yo no
tenía ni idea de que comprar y le pregunté a mi tío rockero, que me anotó en un
papel: “Comprá Gibson o Fender”, esa era la posta… (risas) Así que con mi
viejo, quien primero se negó pero luego aceptó mi pedido, fuimos a una casa de
música de Miami a comprar una guitarra. Así que llegué y les dije a los
vendedores: “Quiero una Fender o una Gibson…” Ellos me miraban como si yo no
tuviera ni idea de nada. Ahí me compré una Gibson SG, que en ese momento me
salió 350 dólares, una fortuna para la época. Así, me volví a Argentina con la
Gibson y era Gardel. Con esa viola
toqué en una banda de heavy metal que se llamaba INRI. Luego toqué en una banda de fusión llamada Océano. Yo estaba todo el día tocando,
esa es la verdad. Pero, como te decía antes, no entendía nada de lo que tocaba Eddie Van Halen, me pasaba días tratando
de descular su técnica. Me volvía loco. Ahí, justo tengo que hacer la colimba
el año de Malvinas…
Tocando en Océano, 1981.
No.
Tremendo…
Sí,
pero zafé de ir a Malvinas, ¿sabes por qué? Porque, gracias a Dios, estaba en
muy buen estado físico. Porque yo jugaba mucho al fútbol, jugaba al rugby,
hacía artes marciales, siempre me gustó mantener un cierto estado físico.
Entonces me meten en la colimba en Policía Militar. Pero era muy duro lo del
entrenamiento y todo eso. Me acuerdo que conmigo estaba Blas Giunta, el que después jugó en Boca. Ahí me sugieren para
zafar del entrenamiento que me metiera en la banda de música. Así que fui y les
dije que quería estar en la banda de música. Me hacen una prueba con un tambor.
Yo nunca había tocado el tambor, ni tenía idea, pero pasé la prueba, entré en
la banda y ahí zafé de ir a Malvinas. Cuando salgo de la colimba, luego de
catorce meses, me pegó muy fuerte toda la experiencia. Con decirte que mi amigo
del alma, Javier Ramos, fue a Malvinas. Así que hice un cambio muy fuerte en lo
mental, salí con la cabeza ultra punk. O sea, el tema era quiero vivir ya la
vida, ahora. Me importaba todo un carajo, fuck
everybody, porque fue muy loco lo que viví en la colimba, ¿viste?
Ultra
heavy…
Tal
cual. Entonces, dije, "Lo único que voy a hacer es tocar todo el puto
día." Me metí en el conservatorio Manuel de Falla, y estaba todo el día
estudiando y tocando. Además, en donde podía tocar con la eléctrica me anotaba.
Empecé a tocar con bandas, me empezaron a contratar. Fueron varios años que no
paré. Empecé a estudiar armonía, empecé a estudiar de todo. Pero siempre con la
pasión por la guitarra. En ese momento vi a alguien que me enseñó cómo se hacia
el tapping. Justo aparece toda una nueva camada de guitarristas, como Steve Vai, que empieza a tocar con
Zappa, en el año 84, 85. En ese momento sale el primer solista de Vai, Flex-Able, en 1984, ese discazo es una
locura.
¿Y
cómo era estudiar en el conservatorio?
Estaba
bueno. Ahí me pasó algo loco porque nos eligen a cinco chicos, los que
estábamos más avanzados en cada año, para tocar con el maestro Falú. Eso fue en
1984, 85. Cuando mi viejo me vio tocando con Falú vio que lo mío con la
guitarra venía en serio. Yo estaba todo el día practicando. Justo en esa época
empiezan a aparecer la tercera generación de monstruos de la guitarra eléctrica
que son los que traen toda la deformidad. Dejaba la guitarra eléctrica de ser esa
cosa “linda” de escuchar a Clapton,
por decir algo, y pasa al frente la cuestión de la técnica endemoniada y
pirotécnica. Por ahí venía la mano. Medio raro también, porque para mí lo que
manda es la música, no la técnica. Pero yo tenía que tener la técnica, entonces
tenía que practicar todo el día. Entonces, un día le digo a mi viejo: "Yo
me voy a ir a vivir a Estados Unidos, porque quiero estudiar." Quería irme
a Estados Unidos para tocar con todos esos monstruos de la guitarra que estaban
apareciendo. Pero no había forma financiera de que yo hiciese eso. Sin embargo,
cuando mi viejo me vio tocando con Falú entendió todo y me dijo que iba a
buscar la manera de que fuera a Estados Unidos…
En el Conservatorio con el Maestro Falú.
Una
verdadera patriada la de tu viejo…
Totalmente.
Pero yo también había empezado a moverme. En esa época era un quilombo, no
había internet, no había nada. Llamar por larga distancia salía un montón de
guita. Pero bueno, empecé a acercarme a la posibilidad de irme al Musician
Institute a estudiar, porque ahí estaban varios de mis ídolos: Scott Henderson, Frank Gambale y Joe Diorio (el master del Bebop). Ahí
empiezo con el tema de los guitarristas. Ya me había vuelto loco con Alan Holdsworth. La primera vez que lo
que escuché sentía que ahí se había terminado todo. Porque, de hecho, Steve Vai,
Van Halen y muchos más dijeron que el mejor guitarrista es Alan Holdsworth.
Un
capo…
Sí,
y yo me volví loco con él y lo fui varias veces a ver tocar y éramos solo 20
personas.
Increíble…
Yo
nunca me saqué una foto con él porque me daba vergüenza. Pero íbamos 20 a
verlo, y 17 éramos del Musician Institute. Pero escuchás lo que hacía Alan
Holdsworth y era una locura. Otro con el que me volví loco fue Hiram Bullock. Y en ese momento también
estaba copado con Paul Gilbert, que
recién estaba en Racer X. También
había salido Cacophony con Marty Friedman, otro super violero con
el que después tuve el honor de tocar. Y además ya despuntaba Jason Becker, que era tremendo lo que
hacía. Por supuesto, antes también me había vuelto loco con Randy Rhoads, el primer violero de Ozzy como solista. Y hay un montón de
violeros tremendos que no se hicieron tan famosos, que no son masivos ni
populares y me encantan. Uno de ellos es Shawn
Lane, que llevó la técnica en la guitarra hasta lugares impensados. Él
falleció muy joven y era un talento increíble.
Tocando con Marty Friedman (de Megadeth), 2003.
Tommy Bolin también murió muy joven…
Tal
cual, otra bestia. Tremendo. Lo que toca en Spectrum,
el disco de Billy Cobham, no se
puede creer. Lo que está tocando el tipo ahí está quince años adelantado. Pero,
bueno, volviendo a lo mío, en un momento me enganché con esos monstruos de la
técnica. Pero a mí siempre me gustó tener la técnica que te permitiera hacer
las cosas pero no quedarme enganchado en eso. En un momento se volvió una
carrera para ver quien tocaba más rápido y todo eso y yo no me quise subir a
ese tren. Me enganché técnicamente con la guitarra, como una cuestión de
desafío personal, pero no musicalmente en eso. Porque después pasa que ves a
guitarristas que está buenísimo lo que tocan pero no te transmiten nada. Ahí
dije no, yo no quiero eso. Porque después viene Gilmour, toca solo cuatro notas y te mata.
Fue
una elección musical la tuya…
Claro.
En el Instituto estudié con Gambale
y con Paul Gilbert, y eso me voló la
cabeza. También los conceptos musicales de Scott
Henderson. También tuve la suerte de estar ahí con Jennifer Batten, que es una de las reinas del tapping. Además tuve
la fortuna de asistir a seminarios de Joe
Pass, me saqué fotos con él, un grande, sin dudas. Así que mi pasión por la
guitarra no se detuvo más desde que tengo quince años. Después, cuando surgió
la posibilidad de ser endorser de Ibanez, aparecí en el mismo catalogo
internacional con animales como George
Benson, Paul Gilbert, Scott Henderson, Steve Vai, Satriani, Ritchie Kotzen…
Con Joe Pass, en el Musician Institute, 1988.
Todos
monstruos…
Sí.
Con Satriani también me re enganché
en un momento, me sabía todas sus canciones. Pero luego lo que me atrapó mucho
es ser guitarrista cantante. Me empezó a llamar la atención eso. Porque no hay
tantos. Salir del guitarrista “atómico” y ser un guitarrista frontman que
canta. Ahí el grupo es muy reducido. En el exterior están, obviamente, Clapton,
Hendrix…
Peter
Frampton…
Frampton
es genial. George Benson también es
tremendo, la rompe cantando y con la viola. Otro es Frank Marino, un guitarrista y cantante canadiense espectacular. Ted Nugent es otro que toca y canta
super bien. El frontman. Y después decís Prince,
uno que toca y se canta todo. Pero empezás a buscar y no hay tantos que hagan
ambas cosas. Curiosamente, en Argentina hay varios: Pappo, Lebón, Cerati, Mollo...
Guitarristas
frontmen…
Sí,
el modelo clásico sería Frank Zappa,
un fuera de serie. Zappa está en otro universo, a otro nivel. Bueno, yendo a
los bluseros, B.B. King, por
supuesto; Gary Moore, tremendo
violero. Gary Moore, para mí es uno de los que no están en el lugar que se
merecen en la cabeza de la gente. Gary Moore tocaba y cantaba tremendo. Me
estoy olvidando muchos… A ver. Bueno,
Rory Gallagher, Freddie King, Johnny Winter
y Stevie Ray Vaughan. Todos
masters increíbles. Me empecé a volver loco con eso de tocar la guitarra y
cantar y por eso armé El General Paz y
La Triple Frontera.
En El General Paz y La Triple Frontera, con Arthur Maia
Una
nueva forma de relacionarse con el instrumento…
Claro.
El cantar me cambió el concepto de cómo tocar la guitarra. Es muy loco…
¿Cómo
es eso?
Porque
buscas más la melodía. El primer gran quiebre sobre cómo tocar la guitarra lo
tuve cuando me fui a vivir a Estados Unidos. Porque acá no se trabajaba mucho
el tema del swing. Lo que es el swing, que es como la subdivisión interna de la
música, como vibra, como se percibe, como late la música. Por eso, cuando
llegué a Estados Unidos, sentía que yo tenía una dureza que tenía que pulir. Y
tuve que empezar a entender cómo era la cosa, porque no lo podés entender
intelectualmente, lo tenés que incorporar. Cuando empezás a swingear todo
cambia. En dos segundos te das cuenta si un músico swinguea o no.
Con Joe Diorio, 1988.
Hacer
producciones también te cambió la perspectiva.
Claro.
Ahí empecé a entender la guitarra desde otro lugar, de que es un instrumento
polifónico, que podés meter muchas notas a la vez. No todos los instrumentos son
polifónicos. Y cuando empecé a cantar, descubrí otro nivel de la guitarra.
Empezás con los solos de guitarra a trabajar los motivos musicales que viene
trayendo la voz, y ahí empezás a entender mejor cosas que te gustaban
anteriormente, como, por ejemplo, lo que hizo Santana en “Black Magic Woman”,
el tema de Peter Green. Como él desarrolla con la guitarra la melodía en ese
tema es algo espectacular. Ahora, cada vez disfruto más entender la riqueza que
tiene la guitarra como instrumento, porque es un instrumento rítmico, como puede
ser la batería, la percusión; también es un instrumento polifónico, como puede
ser el piano; y también es un instrumento solista, como puede ser un violín,
una flauta, un saxo, un viento… Y, cuando lo trabajás, en contrapunto con la
voz, tocando y cantando, eso es una experiencia mágica.
Tocando con Scott Henderson, 1994.
¿Vos
sos de usar muchos pedales o más o menos?
Tuve
una época de usar mucho porque son lindos y te permiten llevar la guitarra a
otros universos sonoros. Pero en un momento anterior a mi paso por Violadores, yo tenía una banda que se
llamaba Pasión y Resurrección. Ahí hacíamos
un rock bien crudo, en la onda The Cult,
con guitarras más pirotécnicas. En ese entonces decidí tocar con el equipo y
nada más y empecé a sacar todos los pedales. Después entré a los Violas y ahí
solamente tocaba con el equipo. Tenía un equipo Marshall 30 aniversario con
tres canales: canal crunchy, canal de
distorsión y canal de solo, y nada más. Lo único que tenía puesto era un delay
en los solos. Porque quería esa cosa pura, salvaje de la guitarra en el
amplificador. Y con El General Paz mantuve bastante puro el sonido, a pesar de
que es otra música que da para hacer efectos, por una cuestión de mezclar con
la raíz de la música. Pero ahora en estos nuevos temas que estoy haciendo estoy
poniendo un poquito más de locura sonora. Tengo distintas épocas. Pero a mí me
gusta el sonido del equipo. Mientras que acústica y la española tienen la magia
de lo orgánico. De hecho, habitualmente cuando vas a probar una guitarra en una
casa de música, te ponen 1000 pedales… No, no, paren chicos. No es así. La guitarra
se prueba desenchufada. O a lo sumo con un cablecito y con el equipo en nada, seco.
Porque la guitarra es un instrumento que tiene que vibrar solo. El sonido lo tenés
que sacar directamente de la guitarra, no podés estar pensando que el sonido lo
vas a sacar del pedal.
En Los Violadores, 1995.
¿Tenés
las guitarras que necesitás y nada más?
Hubo
un par de guitarras que vendí en su momento y ahora me quiero matar. Lo que
pasa con los instrumentos es que cuando te llega un instrumento bueno no lo
tenés que vender nunca. Yo pensaba que todos los instrumentos eran buenos y
después te vas dando cuenta que no es así. O sea, los instrumentos están todos
bien, pero el que está allá arriba, que lo tocaste y te diste cuenta que es
para vos, ese lo tenés que guardar, te lo tenés que quedar siempre. Son muy
pocas, eh. Yo te puedo probar 200 guitarras, y te digo, no, no, no… O sea, sí
sirven y podés tocar con esa guitarra o cualquiera. Pero hay solo algunas en
las que algo pasa, que la madera se junta ahí, y es algo mágico. Se conjugan
miles de cosas: la madera, quién lo fabricó, el momento justo… y cuando la
encontrás, la tocás y decís: “Es esta”.
Contame
alguna anécdota al respecto…
Cuando
vivía en Los Ángeles, me dice Diego
Temprano -mi gran amigo y hermano, con el que estudiamos en el Musician
Institute- que había conocido a José
Arredondo, un chileno que le arreglaba y tuneaba los equipos a Eddie Van
Halen. Bueno, fuimos a la casa en el Valle de Los Ángeles y ahí estaba el
equipo de Van Halen y le pregunté si podía tocar la viola y me dijo que no
había ningún problema. Arredondo le estaba haciendo el prototipo del equipo Peavey
del disco 5150. Fue una experiencia
única tocar esa guitarra. Imaginate, ¡tocar la guitarra de Eddie!
¿Ahora
cuántas guitarras tenés?
No
tengo muchas guitarras. Tengo la Ibanez verde que es tremenda. Mi guitarra
española que tengo hace mil años… Lo que pasa es que también me cambió mucho la
perspectiva el tema de los viajes, cuando empecé con las giras internacionales
en el 2015. Porque tenés que viajar lo más ligero posible. En las primeras
giras nos llevábamos todo un equipamiento brutal y ahora es imposible sostener
eso. A nivel financiero, porque te sale un huevo, y a nivel logística porque es
un quilombo. Tenés que reducir todo y llegar con mi guitarrita a cualquier
lugar y sonar. Ya sea el festival más grande o un pub chico, yo tengo que
sonar, tengo que reducir todo. Fue todo un desafío que nos llevó tiempo, lo hablé mucho con mi manager, Pablo Turchetti. En el
estudio sí grabo con mil cosas, porque ahí estoy para investigar, uso una
guitarra, la otra, un equipo, los otros. El estudio está para investigar, pero
el vivo te exige otra dinámica.
¿Qué
te da la Ibanez verde?
Es
una guitarra con una madera increíble y es ancha, no es una guitarra especial
para la pirotecnia, las pirotécnicas son como muy flaquitas, finitas y muy veloces.
Esta es una guitarra machaza con buen tono. Finalmente, cuando ganás en
velocidad perdés en tono y viceversa. Cuando ganás en tono perdés en velocidad.
O sea, para el tono obviamente tenés que tener cuerdas bien gruesas, estilo Stevie
Ray Vaughan, unas cuerdas re gruesas que te sangran todos los dedos. Cuando
querés tener mucho ritmo y velocidad no le pones cuerdas gruesas. Yo a la
Ibanez le pongo cuerdas 0.10, un poquito gruesas. Pero son elecciones
personales, es para lo que cada uno vaya a tocar.