miércoles, 15 de mayo de 2019

TURF, Siempre Libre: 20 años de un disco mítico...



El segundo disco de Turf, Siempre Libre, fue un memorable giro en la carrera de una banda que venía degustando las mieles de la masividad. Un álbum experimental con composiciones más arriesgadas, más elaboradas, repleto de diferentes estilos musicales. Un sueño psicodélico y volado. En tres palabras, un álbum mítico. 

En esta nota recorreremos las historias detrás de esta colección de canciones de la mano del frontman Joaquín Levinton y el guitarrista Leandro Lopatín, echaremos un vistazo a cómo fue la difícil tarea de darle vida a este disco lleno de magia. Ellos nos contaron como lo compusieron y grabaron junto al resto de los integrantes del grupo, Carlos Tapia en bajo, Fernando Caloia en batería y Nicolás Ottavianelli en teclados; bajo la invaluable producción de Coti Sorokin. Un disco que la banda presentará en vivo el próximo sábado 18 de mayo en Niceto para celebrar su aniversario.

ENTREVISTA> ¿Cuáles fueron los antecedentes de Siempre Libre?
Joaquín: Éramos un grupo de amigos de 18, 19 años, que sacamos nuestro primer álbum, que se llamó Una pila de vida. Luego, de la nada, nos transformamos en un grupo de moda. Vendimos muchos discos, como 40 mil copias. Entonces nos pasó una cosa muy loca, propia de esa época, que ya no sé si pasa… nos perseguían las chicas, nos golpeaban la camioneta… Sin embargo, después nos echaron de la compañía discográfica en la que estábamos, porque cambió el presidente y no había nadie allí que nos quisiera. Entonces, sin compañía, y sin importarnos nada, hicimos un segundo disco que nos alejó de lo que veníamos haciendo; que nos asustó capaz, no sé… O quizás fue, simplemente, una reacción para llevar la contra.

Siempre Libre es un disco muy producido, con muchos arreglos… ¿Cómo lo pensaron?
Joaquín: Lo pensamos en Valeria del Mar, en una casita que tiene mi vieja. Nos habíamos quedado viviendo ahí como medio año. También veníamos de hacer un viaje psicodélico como el de los Doors pero en El Valle de la Luna. Tomamos mucho ácido en Valeria del Mar, viajamos por nuestra mente, leímos muchos libros. Todo tuvo un tinte medio existencialista vinculado a esa época en la que uno tiene veinte años. Y así salió. Un disco volado, con canciones progresivas… Lo produjo Coti (Sorokin). En resumen, el disco fue una búsqueda de hacer lo contrario de lo que uno debería hacer.
Leandro: Fue un largo periodo. Empezamos trabajando con un productor, después terminó haciéndolo Coti. No fue fácil grabarlo porque tenía muchos arreglos con cuerdas, trompetas… Seguramente por todo eso ese disco se volvió tan misterioso, tan de culto…

Ahora que hablan de música progresiva, justamente, una canción como “Siempre Libre” me hace acordar a La Máquina de Hacer Pájaros…
Joaquín: Claro, estábamos muy influenciados por eso. Escuchábamos Flaming Lips, La Máquina de Hacer Pájaros, Spinetta, Pescado Rabioso, mucho Artaud… Incluso ese tema empieza con un loop de batería que era de Sui Generis
Leandro: Por otro lado, entre las influencias, también podría citar el disco Acme, de The John Spencer Blues Explosion; La vida secreta de las plantas, de Stevie Wonder; Clandestino, de Manu Chao; los Hollies, Martin Denny, King Tubby, The Beta Band… 

El disco empieza con el tema “Siempre Libre” y termina con “Siempre Libre II”, pero ambos temas son musicalmente bien distintos entre sí. ¿Cómo los pensaron?
Joaquín: Probablemente tenga que ver con que es un disco conceptual. Es una suerte de principio y final, y de la forma circular del tiempo.
Leandro: La primera “Siempre Libre” es como un himno, tal vez porque lleva el nombre del disco o porque es como una declaración. “Siempre libre II” es el tema final, tiene fantasía, un poco en onda “Disney”… Quizás influenciado por nuestras escuchas de Mercury Rev.

¿Cuál es el concepto del álbum?
Joaquín: El concepto rueda a través de la libertad, habla de la libertad. La libertad que sentíamos a los 20 años, la libertad que te da hacer lo que querés, tener una banda de rocanrol… La libertad de pensamiento, la libre expresión…

“Me haces sentir” es una canción que habla mucho sobre la experimentación y terminó siendo el hit del disco, prácticamente.
Joaquín: Justamente, el disco era mucho más loco aún. Una vez terminado lo escuchó (Carlos) Ohanian, que había empezado a representarnos, y dijo que le parecía un disparate porque no había forma de que eso sonara en la radio. Lo dijo bien, no nos presionó ni lo quiso modificar. Probablemente lo hizo con el deseo de que nos vaya bien. Así que, como nosotros tenemos facilidad para hacer canciones, hicimos un par que tuvieran una estructura más convencional. De cualquier forma, “Me haces sentir” también tiene que ver con cosas que nos gustaba mucho escuchar a nosotros, grupos como los Stone Roses y demás.

¿”El jugador” está basada en la novela de Dostoievski o es, simplemente, un reflejo de la época en que salió el disco?
Joaquín: Está basada en la novela. Y también es una forma de crítica a ese tipo de personas como las que se describen ahí.

“Aterrizar” tiene una frase final muy linda: “La nada está en todas partes, la mediocridad que no te deja ser, nos hace olvidar los sueños y las fantasías de nuestra niñez, para controlar las mentes, sembrar el vacío y tener más poder…”; ¿de dónde surgió?
Joaquín: De cualquier lado. Uno muchas veces construye cosas, a través de pensamientos que están en tu mente. Sin querer copiar, ni robar, ni nada, capaz que tu mente rebota contra algo que absorbiste en tu vida y lo terminas escribiendo.

Sí, aparte es una frase que te deja pensando en las cosas a las que te obliga el vivir en sociedad, directrices que te hacen olvidar todos los sueños que uno tenía de chico…
Joaquín: Tal cual. Eso es real. Por eso hay que estar muy firme con lo que uno cree y con lo que uno sueña porque a la primera de cambio, te rompen el orto… (risas) 

Lea, ¿cómo compusiste el instrumental “Valle de la luna”?
Leandro: No me acuerdo puntualmente. Sí sé que ese viaje al Valle de la luna, después de un show de nuestra primera época en San Juan, nos partió la cabeza. Es el mejor lugar del mundo. Y esa música, me parece que la hice en Valeria del Mar. Yo tenía una parte y después Ríspico (Nicolás Ottavianelli) me ayudó con el resto. Además, ese tema es como la intro de “Esa Luz”; y, para mí, ese tramo del disco es de lo mejorcito: “Valle de la luna” seguida por “Esa Luz” ¡tremendo! Todo coronado por la participación de Charly… Increíble.  

“Esa luz” es un tema muy glam, ¿cómo lo hicieron?
Joaquín: Antes que nada, cabe destacar también que es un disco que habla del amor, no solo de la libertad. Tiene canciones de amor, del estado de enamoramiento. Generalmente, las canciones de desamor son más comunes dentro del rock. Y este es un disco de amor. “Esa luz” habla del amor que vos podés ver en la otra persona. Es una canción que hice en El Valle de la Luna.

¿Y lo de Charly cómo se dio?
Joaquín: Charly García está todo el tiempo cerca de Turf, no sé porqué. Imaginate que él grabó su último disco, Random, en nuestro estudio. Su participación fue divertida y linda. Es muy difícil sincronizarse con Charly, porque él maneja sus tiempos y sus maneras… Es genial eso, porque no le podés imponer ni hacerle hacer nada que él no quiera. A él no le importa la guita, no le importa un carajo nada. Es el único artista que conocí en mi vida que ni siquiera sabe usar un teléfono. No sabe ni lo que es la internet… Y ni le importa. Es un genio, es bárbaro… Bueno, la cuestión es que la parte de Charly García la grabamos en casete, con mi portaestudio en su casa. 
Leandro: Tal cual. Fuimos a la casa de Charly con Joaquín. Lo grabamos con Charly tirado en la cama. Portaestudio, auriculares, y así grabó el solo de “Esa Luz”, que después doblamos nosotros en el estudio con violines y cuerdas. Sin dudas, Charly la rompió. Y al final del tema se puso a tocar Gershwin, “Rapsodia en Blue”. Increíble.

¿Cómo hicieron los arreglos de cuerdas en “Piolines”?
Joaquín: Ese es uno de los temas más progresivos y más locos del disco. Además, es una canción de amor preciosa, salió muy bien. Uno de los temas más lindos que puedo reconocer de todos los que hicimos porque tiene lindos momentos musicales… Se fue haciendo muy de a poquito, jugando con la música; dejando que fluya, sin tener la necesidad de poner estrofas, estribillo y todas esas cosas que tienen las canciones convencionales. Dejar que la música fluya es algo que nos salía mucho en Valeria del Mar. Nos quedábamos toda la noche, comprábamos damajuanas de vino y fumábamos mucha marihuana, quedando de la cabeza… Ah, me acuerdo que lo empezamos a tocar, tocar, tocar, tocar hasta que algunos nos empezábamos a quedar dormidos sentados o acostados. La participación musical terminaba al llegar el estado de ensueño… algo fantástico. No puede haber nada mejor que tocar hasta que te quedás dormido.
Leandro: “Piolines” es uno de mis temas favoritos. Los primeros acordes del tema fueron idea mía. Después el tema fue mutando, pasando por todos lados… Hasta incluye un fragmento de “Desconfío” de Pappo. Tiene una coda tremenda, me encanta. Ahora lo estamos tocando de nuevo en la sala de ensayo y flasheo, no lo puedo creer. Toda esa onda que tiene de música progresiva con mil partes diferentes.

“Tusam” es un homenaje a un personaje popular de nuestra infancia…
Joaquín: Claro. Lo hicimos poco después de su muerte. Bueno, ese es un tema bien loco, ¿no? Porque es como si fuese una suerte de jazz. Lo que tiene “Tusam” es que habla de las personas que están hipnotizadas. Cuando se está hipnotizado no se puede mentir. Entonces, la metáfora es que, con la muerte de Tusam, la mentira va a terminar gobernando. También es una crítica existencialista típica del disco.

Joaquín, antes me decías que este era un disco de amor, sin embargo, también tiene “Más loca que yo”, una canción cuyo mensaje es todo lo contrario, ¿no?
Joaquín: No sé porqué sucede eso al final de una relación. El tema habla de una novia mía que estaba más loca que nadie pero, también, es una canción sobre todas las locuras que hace uno por amor. Todo eso es el amor pero igual vas para adelante. 

“Fuera del mundo” es un tema bien movido…
Joaquín: Estábamos medio Stone Roses, de ahí sale la inspiración, creo… Los escuchábamos mucho en esa época. Hay influencias de muchas cosas pero procesadas por nosotros hacen que no tengan nada que ver con nada.

¿La letra de “Miniturismo” de dónde salió? ¿De algún libro, de alguna película?
Joaquín: Es un cuento para niños, un musicuento basado en una película, creo que se llamaba Atlantis. Era, también, una manera poética de contar una historia sobre gente que se escapaba del mundo. Y es que en todo el disco se repite ese mensaje: alejarse del mundo…

¿Qué recordas de “Valeria del mal”?
Leandro: Ese tema parte de un riff. Tiene una onda y un sampleo de King Tubby al principio. Otro tema hecho en Valeria del Mar.

El final del disco, con “Siempre Libre II” es apoteósico…
Joaquín: ¡Tremendamente apoteósico! De hecho, tiene timbales, y termina de una forma en donde parece que la orquesta no quiere parar de tocar.

¿Qué significa la tapa del disco? ¿Cómo la hicieron?
Leandro: No tiene ningún significado en particular. No me acuerdo en dónde surgió la idea de hacerla en el Tigre. Estábamos medios hippies en esa época, quiero decir hippies en el sentido de que queríamos hacerla fuera de la ciudad. Y el Tigre era un lugar con mucho verde, así que supongo que vino por ahí la cosa. Fue una sesión de fotos con Nora Lezano. Estábamos bastante locos porque habíamos tomado ácido y medio que se descontroló la cosa. Fue bastante caótico todo. Lo más lindo del arte es el interior del disco, que es una foto alargadísima con todos nosotros entre los árboles.

Estaría bueno que se reedite, ¿no?
Joaquín: Eso no es tan fácil, ya que casi ni se editan cds. Pero ahora salió en Spotify, en una versión remasterizada. Así que, de alguna forma va a estar…



¿Cómo lo ven al disco después de 20 años? ¿Qué balance hacen?
Joaquín: Yo lo veo hermoso, cada día mejor. Realmente. Es un disco que ahora nos toca celebrarlo y nos encanta volver a tener que tocarlo. La verdad que es un lujo.
Leandro: Definitivamente, es todo muy positivo. Un disco del que estoy orgulloso. Flasheo tocándolo en los ensayos. Creo que es un álbum que envejeció muy bien.

Emiliano Acevedo



viernes, 19 de abril de 2019

VAN DER GRAAF GENERATOR, Pawn Hearts: Excelencia gótica...




El tercer disco de Van Der Graaf Generator se llamó Pawn Hearts. Denso, oscuro, pero genial. Sin dudas, la obra maestra del grupo liderado por Peter Hammill. Este álbum, grabado en 1971, sería el segundo eslabón, luego de H to He Who am the Only One, que colocaría al grupo entre los más atractivos del rock progresivo de la época. Es una producción en donde se utilizaron muchas sobregrabaciones, con la intención de generar unos ambientes sonoros repletos de cambios rítmicos repentinos y sonidos inusuales, en especial los generados por los saxos de David Jackson.

"Lemmings (Including Cog)", el primer tema, incluye soberbios pasajes vocales mezclados con excelsas partes de saxo, teclados, secciones instrumentales de guitarra y un raro intermedio con teclados bizarros y percusión. Una canción que habla de los lemmings, animales polares inmigratorios condenados a la muerte, en otra muestra de los profundos planteos poéticos de Hammill.

Por su parte, la bella "Man-Erg" es una expresiva y conmovedora melodía, arropada por los suaves trazos guitarreros del invitado Robert Fripp, mientras que la batería y un órgano muy expresivo le dan la base ideal al saxo de David Jackson para que este se vaya por la tangente extrayendo raros sonidos muy atractivos; todo coronado por la inigualable voz de Hammill, que va pasando por varios cambios hasta regresar a la melodía inicial y un final monumental en donde brilla el dueto de piano y órgano.

La impresionante "Plague of Lighthouse Keepers" (La Plaga de los guardafaros), que se llevaba todo un lado del antiguo LP de vinilo, era una mini opera con diez partes diferentes, en las cuales los diferentes miembros del grupo desarrollaban una soberbia obra maestra de más de 20 minutos de duración. Una suite que contenía detalladas y sobresalientes interpretaciones instrumentales por parte de todos los músicos de VDGG. Aquí Hammill canta como nunca, con sus característicos ataques vocales, que lo llevaron a ser comparado con los que hacía el mismísimo Jimi Hendrix con la guitarra. Hammill, el Hendrix de la voz. Y una letra en la que se habla de la soledad humana, representada por los habitantes de los faros perdidos. Según Peter Gabriel, "Plague of Lighthouse Keepers" lo influenció mucho a la hora de realizar "Supper's Ready" para Genesis.

Sin lugar a dudas, hay un antes y un después luego de este disco en la carrera de VDGG, en donde el grupo se sitúa en un punto intermedio entre King Crimson y Genesis, llegando a estar más cerca del primero al menos instrumentalmente. Pawn Hearts, un disco indispensable para entender el rock progresivo de los setenta.

Nacho Melgarejo


domingo, 10 de marzo de 2019

Otra tarde blusera de sábado en El Samovar de Rasputín...

Jorge Luis Napoleone sobre la barra del El Samovar de Rasputín















Por: Mauro Feola

Primer sábado de Febrero. Al fin se siente el canto estridular de las chicharras y el calor al que nos tenían acostumbrados aquellas tardes del siglo pasado. Se encienden las bohemias alarmas y el llamado nos convoca desde el sur de la ciudad, sentenciando que vuelven los blues por la tarde a la República de La Boca.

En pleno Caminito, dentro de la fauna edilicia que habita su alegre berretín de corso, y mezclado con el repicar de tumbadoras que celebran el ritmo africano sobre la calle Iberlucea, encontramos El Samovar de Rasputín, una suerte de páramo, parecido a un bodegón, aunque mejor: pionero anticuario, museo, o más bien Partenón de los dioses del blues local y sus cercanos derivados.

Durante los 90 y gran parte del 2000 fue la segunda o primera casa, literalmente, de muchos artistas de culto: Pajarito Zaguri, Jorge Pinchevsky, Javier Martínez, Moris, Alejandro Medina, Norberto Napolitano, Skay, Willy Crook, Melingo, La Mississippi, los Memphis, Quique Weimann, Los Enfermeros de Charly, Los Redondos (sin el Pelado), y hasta un lugar de recorrido obligado para bluesmen como Taj Majal, James Cotton, Magic Slim, Hubert Sumlin, Tony Coleman… Sin dejar de recordar la temprana visita (1987) de Luciano Pavarotti junto al quíntuple Juan Manuel Fangio. 


Haciendo un poco de antropología blusera, nos situamos en 1970, año en que ya existía el Samovar a cargo de un anticuario ruso llamado Rasputín, personaje de La Boca, a quien el joven Jorge Luis Napo Napoleone le compró el fondo de comercio. En 1987, Napo comienza sus primeras experiencias, armando el bar en el fondo del local de clima intimista, donde tocaban entre uno o dos solistas por noche, mientras que adelante seguía manteniendo la casa de antigüedades. Pero hubo señales que signaron a este místico de urbe, blues y radio para instalar los cimientos del Samovar, ahora sí, como la catedral del blues en los 90. Hasta que, evocando las palabras de sus amigos, decide final y felizmente avanzar con el inicio de uno de los estandartes del blues, lo que llamamos entre sus feligreses, La Catedral.

Napo junto a Keith Richards en la Rock And Pop donde hacía su columna de blues

La histórica primera fecha del Samovar fue un jueves (Napo sabe que inventó los Jueves de Rocanrol en vivo cuando éstos no existían) bautizada Banquete de Blues, en donde zaparon Pappo junto a Emilio Villanueva (Memphis La Blusera) y León Vanella (Dulces 16). Como se puede ver en la imagen, también se encontraba Black Amaya, que no pudo tocar ya que esa noche no llegó la batería prometida.



LA NUEVA GENERACIÓN

Esta vez nos convoca una jam en medio de Caminito, donde tantas veces hemos visto a Napo ejercer otra de sus destrezas: la gastronomía. Blues, bebidas y morfi no van a faltar. Cerveza tirada y, en su mayoría, sofisticados sanguches con opción vegetariana, junto al flamante y bien ponderado, hace ya 3 años y contando, MMLPQTP. Verdadera declaración de principios.

Napo y su última creación

El horario de las 16 horas es ideal y se lo puede considerar de dos formas. La salida familiar/turística o la previa extra-large para los más resistentes. En esta suerte de tercer renacimiento y para amenizar la velada, comenzó a tocar Fernando Gatillo Ortega (elegido por Sandro para cantar en Los de Fuego y que también compartió escenarios con Moris, Martínez, Pajarito Zaguri, Willy Crook y Charly García ) con Gatillo y los Fáciles, secundado por los bajistas Diego Piraña Arnal y Patricio Furfori, tocando clásicos del blues y el rock and roll, para luego dar paso a diferentes artistas como La Dock Rock Band, a cargo de Adriana Velázquez y Hugo Kamocha, haciendo “29 Ways (Coco Taylor), “Stop Messin’ Around” (Fleetwood Mac) o “Bobby McGee” (Janis Joplin); los cantantes Juan Adrián BogadoMarcelo Coco Basile cantando “El Viejo” (Pappo).
Para ir cerrando, y a pedido de la fervorosa hinchada, el emblemático parrillero se subió al escenario, era Napo tocando temas como “Sniff Blues/Nunca Haberte Amado” (Alejandro Medina) “La Flaca” (Pau Donés) y “Chamuyando los Blues” (de Pajarito Zaguri), entre otros gloriosos clásicos.



Es una gran emoción volver a un lugar tan típico, característico e histórico. Vaya desde aquí nuestra invitación a participar de esta posibilidad que se abre nuevamente en el barrio y encontrarnos con el blues y el rock en estado natural, en manos de los grandes artistas que han pasado y seguirán pasando, todos los sábados y domingos a partir de las 16:30 horas, siempre y cuando Boca no juegue de local…
La dirección es: Del Valle Iberlucea 1251 y es gratis.

Quiero cerrar con las palabras más acertadas, emotivas y autorizadas que el querido amigo Alejandro García de UNDER BLUES, (director de cine en 12N, Una película de Blues, fotógrafo y presentador oficial de los festivales más importantes y australes de blues, nacionales e internacionales) explayó sobre este día, con sentimiento genuino de la hermandad blusera en el siguiente manifiesto:

VOLVER A CASA

Sus paredes guardan los secretos de otros tiempos y dan cobijo a las almas de los amigos que ya no están. En mi corazón todavía resuena la voz ronca de Adrián cuando decía ¨A dónde van los hombres solos, los hombres tristes, los desesperados, para no morirse, para no aburrirse… Al Samovaaar¨.
Gardel decía que veinte años no es nada, pero volver a entrar, después de dos décadas, fue demasiado intenso, fue un sentimiento difícil de explicar.
No es fácil encontrar la palabra exacta para describirte esa sensación, mezcla de alegría y de tristeza, de libertad y de pasión. Por sus baldosas caminaron los más grandes, fundidos y confundidos en una amalgama con los ignotos parroquianos que pasábamos las noches acompañando cada canción, con aplausos y aullidos de alegría incontenible.
Fue abrir los ojos y encontrarse con amigos de sienes platinadas por el tiempo y caras con arrugas que la vida te dibuja. Fue abrir el corazón y verlos cantar al Pájaro y a Pinchevsky haciendo lagrimear a su violín. Fue verlos al gordo Emilio soplar nuevamente su caño y a Adrián canturreando unos versos. Fue verlos al Carpo tocando sentado en una silla y a Claudito Rodríguez acompañando. Fue verlos a Anetta golpeando la bata y a Mona con su voz de terciopelo.
¿Cómo te explico el sentimiento de ver al Napo dedicarle un tema a Zaguri?
¿Cómo te explico el sentimiento y la sensación de volver a casa, después de tanto tiempo? A esa casa en donde todos éramos familia y estábamos juntos, no había ricos, ni pobres. Volver a saludar a Alexandra, a Silvina, a Gatillo y a los otros, que como hermanos de la vida, fuimos recalando entre sus cuatro paredes, como refugiados del destino.
Sigo sin encontrar la palabra exacta para describirte ese sentimiento y te digo que hay que ser muy guapo para no llorar con tantos recuerdos, con tantas pasiones. Y yo, que no soy guapo, así nomás de disimulado, me sequé un par de lágrimas que se me escaparon sin aviso. Esas lágrimas que se te piantan cuando el alma está plena.
El Samo abrió sus puertas y de a poquito todos volvimos a esa casa que nos abrigó en las noches de invierno.
Y ahora sí, mi querida lectora, mi querido lector, pude al fin encontrar la palabra justa para describirte ese sentimiento. Ese sentimiento se llama BLUES!!!



sábado, 9 de febrero de 2019

MARCELO TORRES, un laburante del bajo...



Nadie va a descubrir a estas alturas que Marcelo Torres es uno de los más prestigiosos bajistas del país. Lo avala una trayectoria de más de cuarenta años y el haber tocado junto a varios de los mejores músicos argentinos. Además de compositor excelso y talentoso, Torres es un prolífico experimentador de la fusión de estilos, ya sea con el jazz, el folklore y el rock. Buena parte de esto lo podemos apreciar en su obra solista, que ya suma cinco álbumes, con el reciente Adivino del tiempo, una producción de eminente impronta folclórica. En esta charla que sigue, recorremos su historia en primera persona…

ENTREVISTA> En tus inicios hiciste folklore, como la gran mayoría de los músicos de tu generación…
Sí, tal cual. Yo nací en 1960 y cuando tenía nueve años se vivía el boom del folklore. Por eso, cuando empecé a estudiar guitarra, mi formación básica fue folclórica. En esa época se escuchaba mucho a Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Los Quilla Huasi, Los Tucu Tucu, Larralde, Horacio Guarany, Cafrune… Todos eran las estrellas del folklore argentino de ese momento. Y con eso arranqué, tocando folklore durante todo mi periodo de la escuela primaria. Para mí, estudiar música fue una necesidad vital, fue un alimento espiritual y energético. Me conecté con la música, desde muy chico, de manera totalmente intuitiva. Lo extraño es que, viniendo desde una formación muy popular como es el folklore, luego, de manera totalmente autodidacta, ya en los setenta fui escuchando todo el rock internacional para después pasar al jazz…


Y aprendiendo música durante todo el proceso…
Claro. Porque podría haber sido un cantautor y estaría bien, hubiese tenido más coherencia, pero hubo un quiebre quizás debido a mi forma de conectarme con otros músicos, lo que hizo que me pudiera insertar en medios musicales que pertenecían a otras clases sociales. Porque yo me había anotado en el Conservatorio Manuel de Falla para estudiar contrabajo y ahí me conecté con el Pollo Raffo y otros músicos del Oeste. Músicos que, en su mayoría, venían de haber estudiado en la Escuela Ward, de Ramos Mejía, un colegio de clase media alta. Entonces, viniendo yo de un hogar de clase trabajadora, la música también me llevó a relacionarme con otra realidad social. Y eso también me ayudó a crecer. Yo siempre tuve una necesidad de crecer musicalmente, desde el primer proyecto de rock que tuve, un trío en el que improvisábamos mucho. Todo eso se dio en forma natural, porque era el tipo de música que me interesaba.

¿Qué hicieron con el Pollo?
El Pollo Raffo ya escribía música en ese momento, y yo tuve que empezar a leer partituras para comunicarme con ese tipo de músicos, y después me invitó a tocar en su cuarteto, que se llamaba Raffo IV. En ese proyecto hacíamos una música de fusión tipo Weather Report. Al mismo tiempo, entre los 16 y los 21, tuve una banda experimental llamada Paulatino. Tocamos solo dos veces, pero ensayábamos un montón. Eso me sirvió mucho de aprendizaje, también.

¿Qué es lo que te enamoró del bajo?
Yo no me propuse ser bajista, yo tocaba la guitarra eléctrica desde los 11, pero le presté mi guitarra a un compañero del grupo que teníamos entonces que se llamaba Tocata. Así que empecé a tocar en otra guitarra más vieja que tenía las cuatro cuerdas graves, porque le faltaban dos cuerdas, era una guitarra baja. Entonces yo hacía como la parte grave de los acordes. Así empecé. En los primeros años toqué con bajos que me prestaban distintos amigos, hasta que me pude comprar uno. Era tan salame que me compré un bajo sin cuerdas, y cuando me compré las cuerdas, las cuerdas me salieron más caras que el bajo… (risas) Ese fue mi primer bajo. Una vez que me enganché, ya me gustó.

¿Tenés algún bajo preferido?
Mi primer bajo Fender Precission lo tuve en 1977, que me acompañó toda la época de Tantor y que conservo hasta la actualidad. Un bajo al que yo mismo le saqué los trastes para hacerlo fretless, influenciado por el estilo de Jaco Pastorious. Después, en un periodo en 1987, cambié al de seis cuerdas, un bajo que me mandé a hacer, y desde esa época toco bajo de seis cuerdas. Creo que debo ser uno de los pocos bajistas que toco exclusivamente en bajo de seis cuerdas desde esa época.

¿Cuál es la diferencia entre seis y cuatro cuerdas?
Que con seis cuerdas tenés más rango, tenés más graves y más agudos. Es como un violonchelo, porque tampoco es una guitarra eléctrica, por más que tenga seis cuerdas. Tenés sonidos más agudos, que te permiten hacer acordes; es un bajo para un bajista solista, si se quiere.

¿Cómo fuiste aprendiendo las diferentes técnicas?
Yo soy autodidacta. Solamente, estudié dos años y medio contrabajo, más lo que había estudiado de guitarra clásica, de los nueve a los doce años.

¿Cómo fue tu llegada a Tantor?
Fue increíble. Yo había leído una nota en la Pelo en 1980, en donde Héctor Starc decía que “no había sangre nueva en el rock nacional”. Entonces los llamé. Mi intención no era tocar con ellos, sino mostrarles que había músicos nuevos que hacíamos rock, por más que no nos conocía nadie. Entonces me hicieron una prueba, un domingo a las cuatro de la tarde. Después me enteré de que habían pasado como treinta bajistas por la prueba. Cuando me tocó a mí, nos pusimos a zapar en trío (Héctor, Rodolfo García y yo) y enseguida enganchamos. Y a la semana ya me llamaron para formar parte del grupo.

¿Qué balance hacés de tu participación en Tantor?
Estuvo muy buena. Sonábamos muy bien. Éramos una banda de rock pero, básicamente, de música instrumental.

¿Qué recordás de la participación del grupo en el Festival de Solidaridad Latinoamericana de 1982, a beneficio de la Guerra de las Malvinas?
Por supuesto, sabemos que el origen de ese concierto era el desastre de la guerra. Un momento horrible liderado por los milicos. De cualquier manera, para mí es un hito ese concierto, porque estuvo casi toda la estructura más importante de la cultura rock argentina de la época. Además, fue la primera vez que se hizo un concierto en Obras al aire libre y había como 40 mil personas. Ese mismo año también participamos del BaRock. Son dos conciertos que fueron muy importantes para mí, siempre los recuerdo. 

Entre la época de Tantor y tu colaboración con Lito Vitale, ¿qué estuviste haciendo?
Daba clases. Hice varias cosas. Toqué con Raffo IV, Julia Zenko, María Rosa Yorio y Roque Narvaja. Lo de Roque fue buenísimo. Él se vino de España a hacer una gira en Argentina, con Machi de bajista, que luego dejó y así fui a tocar yo. Me gustó mucho, las canciones de Roque estaban buenísimas, era un gran momento suyo, y él es un tipo extraordinario. También toqué con Carlos Perciavalle, y con Piero y Prema durante esos años.

¿Cómo se da lo de tu participación junto al Lito Vitale Cuarteto?
Yo ya lo conocía de antes a Lito. Habíamos tocado juntos en 1985, luego me llamó porque quería armar una banda propia, después de su éxito en Vitale-Baraj-González. Me acuerdo que me llamó el 1ero de enero de 1987, para decirme que el 3 de marzo comenzábamos a ensayar. Y así fue. En mayo debutamos en Jam´s, un boliche que estaba en Lacroze.

Ahí pudiste compatibilizar tus ganas de curtir y experimentar junto a otros músicos en un proyecto con mucha convocatoria de público…
Exacto. Era el proyecto ideal. Porque era instrumental, tenía influencias folclóricas… Tocábamos mucho. Duró seis años. Mucha gente aún se acuerda de ese grupo. Hicimos conciertos multitudinarios. Una experiencia inolvidable.

Luego tocaste con Adriana Varela…
Sí, al toque que se termina lo de Lito, porque yo era amigo de Esteban Morgado y él era el director musical del grupo de Adriana. Yo no sabía tocar nada de tango y aprendí ahí. Por eso me interesó mucho el proyecto. Fue otra experiencia muy enriquecedora. Éramos un trío: bajo, batería y guitarra; acompañando a Adriana. 

Y ahí te llamó Spinetta…
Sí. A Spinetta lo conocía a través del dibujante Ciruelo Cabral, que es amigo mío. Yo quería volver a tocar en una banda de rock, y Spinetta también quería volver a tocar en un formato de trío de hard rock. Así se dio, a través de una charla que tuvo con Ciruelo, quien le sugirió que me incluyera a mí en el proyecto. Así fui a La Diosa Salvaje, el estudio de Luis, a tocar un rato, en una sesión muy informal de bajo y guitarra. Después, a los dos meses, me llamó para ir a zapar con el Tuerto (Wirtz). El primer día de ensayo sacamos seis temas y yo sentí al toque que el grupo funcionaba. Creo que arrancamos a principios de abril del 94. Estuvimos dos meses ensayando y para mayo ya teníamos el grupo conformado oficialmente. Luego estuvimos ensayando varios meses antes de hacer nuestro primer concierto, en 1995. Después, pasaron como seis meses más antes de volver a tocar. Pero, en el medio, nunca paramos de tocar. Por eso sonábamos tan bien. El trío era una aplanadora, sonaba solido en lo fuerte y en lo suave. No había nada más allá de juntarse a tocar. Era solo Spinetta con nosotros dos, por eso éramos Los Socios del Desierto. El arrancó de vuelta de cero. Pensá que en los primeros conciertos eran todos temas nuevos. No había disco, no había nada, presentamos este repertorio en los shows. Y creció mucho el público en ese periodo, se sumaron muchos chicos jóvenes a seguir a Luis…


 ¿Cómo fueron desarrollando el material de Los Socios?
El punto de partida era siempre la propuesta de Luis, y a partir de ahí arrancábamos. Los ensayos eran bastante abiertos, estaban buenísimos. En mi caso, extraño esos momentos de estar horas y horas tocando. Capaz que terminábamos tocando temas de otras épocas de Spinetta o de Los Shakers, temas que nunca tocábamos en vivo, pero porque eran reuniones musicales en donde no había condicionamientos. En especial en el primer momento del grupo.

¿Y lo del Unplugged de MTV, cómo lo prepararon?
Lo llevamos muy bien, porque Spinetta lo planteó muy naturalmente. Ensayamos, iban saliendo los temas, todo bien. Se nos unió el Mono (Fontana), Nico Cota… Así que, cuando llegamos allá a tocar, eso fue genial. Lo ves ahora y parece una cajita musical, salió muy fluido, con una delicadeza muy especial. Hubo finales de canción que no estaban armados, ocurrieron ahí directamente, en el momento en que se grabó. Spinetta lograba esa comunión musical siempre, lo mismo que pasó después en el Concierto de las Bandas Eternas.

¿Cómo fue para vos participar de ese show de Las Bandas Eternas de Spinetta en 2009?
Fue genial. Yo no sabía si iba a participar, porque el Tuerto no estaba más, pero Javier (Malosetti) se ofreció como baterista para la parte de Los Socios, y Luis me llamó. Eso me puso muy feliz. Fue un placer estar en los ensayos, ver como ensayaban las distintas bandas con él. Spinetta pudo reunir en ese show todos los músicos de su historia musical, y eso habla muy bien de él. Era un agradecimiento reciproco. Fue una gran despedida… Ahora lo veo así, en ese momento era un balance de su carrera. Por supuesto él siempre veía hacia adelante. No se sabe si sabía algo o presentía algo, pero tuvo un timing justo, porque fue un cierre musical perfecto…

¿Cómo fue trabajar con el Indio?
Una situación totalmente diferente, porque eran tiempos muy largos lo que pasaban de un proyecto a otro. De un concierto a otro, de un disco a otro, de un disco a una presentación… Eran meses, años… Y en el ínterin no teníamos relación. Y eso ya lo ponía en un lugar diferente. Por un lado la excitación muy grande de cada uno de sus shows que son muy grosos y en el medio impases muy grandes…


¿Él te llamó inmediatamente cuando se hizo solista?
Sí, llamó a mi casa. Después nos encontramos. Estuvimos hablando un montón de tiempo sobre el rock. A él le encanta hablar de la cultura rock, a mí también… básicamente, ese contacto fue para la grabación del primer disco. Después pasó como un año y medio hasta que fue editado. Después de eso pasaron unos meses más hasta que se empezó a juntar el grupo y empezaron las presentaciones del disco. Ese patrón se repitió para cada disco, para cada etapa. 

¿Cómo componés?
Compongo con el bajo. Pero en general la mayoría de las cosas que compongo las hago en el piano. A veces te surge una melodía, la tocás y empezás a trabajar sobre eso. A veces, es al revés: tenés la armonía y luego te surge la melodía… A veces improvisás, empezás a tocar, lo escuchás y de ahí te sale algo… Si te sentás a tocar, te va a salir algo. Las composiciones no salen de la nada, hay que dedicarles un tiempo. Capaz que estás tres horas tocando y te salió una idea de un minuto… pero si no estás esas tres horas, no te sale nada. Y a medida que empezás a trabajar en eso empiezan a surgir más ideas, porque es como una práctica. Pero tenés que darle un espacio. Porque la composición va a surgir de ese espacio que vos le vas a dedicar a que surja.

¿Qué canción de otro te hubiera gustado componer a vos?
El tema de amor de Cinema Paradiso, de Andrea Morricone. Yo veo esa película y lloro. Y ese tema está ligado a toda la melancolía del film. En ese sentido soy muy melódico, me gustan mucho las melodías de las canciones.

Emiliano Acevedo