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miércoles, 4 de junio de 2025

TESTIGO, entrevista a Ada Moreno

 

Ada Moreno vivió más de mil vidas en una. Nómade, estuvo en tantos lugares, fue testigo de cientos de historias, sacó fotos clásicas de ídolos y vivió varias aventuras en la contracultura de los años 70, 80 y 90, tanto en el naciente rock argentino como en el post punk neoyorquino. También hizo decenas de visitas a la India y Brasil. Volvió a fines de los 90 de Nueva York y siguió disfrutando de su estatus de leyenda en la bohemia rock de Buenos Aires. Aquí escribió varios libros, empezando por el autobiográfico No Soy Una Extraña [2022, con reedición ampliada en 2024], el libro de relatos cortos Vampiros en Manhattan [2024], de Pequeñas Anécdotas Sobre Clics Modernos [2024, junto a Facu Soto] y el reciente Una Mosca En La Pared [2025]. En esta nota hablamos de algunas de esas mil historias circulares…

ENTREVISTA> ¿Cuáles son tus orígenes?

Mi familia era muy humilde, yo nací en Córdoba, prácticamente en la villa, a la orilla del rio, en un lugar que le dicen “El Bajo de los Perros”. Mi casa estaba en un barrio que se inundaba. Lo que me salvó de todo eso fue que mi papá tenía un quiosco de diarios, revistas y libros. Entonces, yo me quedaba horas y horas leyendo. Así, a los 14 ya accedía a todo tipo de literatura. Por eso tuve una cierta base, cuando lo conocí a Jorge Álvarez, porque yo sabía que él había sido un editor famoso.

¿Cómo te metiste en el mundo del modelaje?

Porque yo vivía en Córdoba y, luego de terminar el secundario, me fui en ómnibus a Brasil. En Brasil me meto en una comunidad hippie. Estando allá, viviendo entre San Pablo y Río, me explotó la cabeza, porque estábamos todo el día “en arte”, haciendo artesanías y demás; era un disfrute. Imagínate el contraste con lo que se vivía acá con el gobierno de Onganía. Cuando vuelvo a Córdoba, una modelo rosarina amiga me propone que la acompañe a hacer un book con un fotógrafo muy famoso de la época, llamado Jorge Fisbein. Yo acepto. Una vez que estuvimos en el book, Fisbein me propuso ser modelo.

¿Ahí tuviste ganas de hacerte modelo?

No, de ninguna forma. No era mi perfil. Yo siempre fui calladamente rebelde. No quería entrar en el sistema de ninguna forma. Aun hoy no quiero. Pero Fisbein insistió y yo accedí. Ahí también empecé una relación amorosa con él. Mi amiga volvió a Córdoba y yo me quedé en Buenos Aires. Así, gracias a Fisbein conozco a [José Luis] Perotta, y por Perotta conozco a Jorge Álvarez.

Contalo más en detalle…

En 1972. Yo era modelo y posaba para el fotógrafo Perotta, que era amigo mío. Un día, él me lleva a una reunión que estaban haciendo Pipo, Spinetta, Grinberg y demás; con miras a ver si se podían despegar de la sociedad Álvarez-Billy Bond. Ahí escuché todo lo que decían de esta sociedad, cuando bajamos de la oficina, le dije a Perotta que me llevara a conocerlos. Ese mismo día nos fuimos a Microfon, y los conocí, y me enganché con ellos. Ahí también me puse de novia con Billy Bond, que se estaba divorciando de la mujer. Así me convierto en la tercera persona en la oficina de Microfon, la testigo (de acuerdo a las palabras del propio Álvarez) de todo lo que pasaba en el lugar en ese momento.

¿Cómo fue conocerlo a Álvarez?

Increíble. Él era un tipo con una cultura increíble, nunca había conocido a una persona así. Jorge había estado con Perón, había estado con García Márquez; en su editorial había publicado a Cortázar, a Onetti, a Walsh… Álvarez era un personaje insigne de la cultura argentina.  Así, tanto Perotta como Álvarez se convirtieron en mis mentores.

¿Vos aun no habías tenido ningún acercamiento con la cultura del rock?

No, para nada. Pero me enganché enseguida, apenas entré a Microfón. Tuve una educación acelerada en el tema.

¿Cómo era estar en Microfón?

Era una locura total. Íbamos en remis a ver las bandas. Estaba en las sesiones de grabación.

¿Cómo era Álvarez? Porque hay opiniones contradictorias acerca de su figura entre los músicos de la época.

Fue un tipo clave para la historia del rock nacional. Sin él, no te digo que no hubiese pasado; pero gracias a Álvarez se facilitaron un montón de cosas para que el rock argentino surgiera como surgió. Tanto Álvarez como Billy Bond fueron importantísimos. Porque músicos había un montón, pero el Bondo tenía un oído magnifico para detectar cuales eran los mejores para grabar. Billy Bond era un gran aglutinador de músicos, una especie de John Mayall argentino; y Álvarez era el intermediario, el tipo que organizaba la compañía. Esto viene de la época de Mandioca, cuando Pedro Pujó, Arroyuelo y López Sánchez convencen a Jorge Álvarez que sea el intermediario, porque a ellos tres las radios no los atendían, cuando iban a pedir un espacio. Álvarez enseguida entendió como venía la mano, y accedió a hablar por ellos.  Lo que está claro es que Mandioca es el inicio del rock. Sin Mandioca no hubiese habido rock. Eran los creadores más zarpados que había. Pienso que el rock nacional le debe todo a Jorge. No te digo que sin él no hubiese pasado pero lo que pasó finalmente es que tanto Jorge como Billy se jugaron para que pase. Álvarez se la jugó para que pase. En un principio él perdió su editorial, luego se tuvo que ir del país amenazado. Jorge puso los huevos para que pase todo lo que pasó, les guste o no les guste.  Así empezó su camino como intermediario, que se acrecentó en la época de Microfón.

¿Talent funcionaba dentro de Microfón?

Sí, era una oficina que funcionaba ahí. Era la parte rockera de Microfón.

¿Y porque algunos músicos no estaban de acuerdo con los manejos de Álvarez?

Sí, es cierto, Jorge se quedaba con restos de plata. De cualquier manera, convengamos que hasta que apareció Sui Generis –que fueron los primeros que tuvieron éxito masivo-, no había plata. Algunos músicos ahora dicen: “Jorge Álvarez me robó”, cuando apenas si vendían 3000 o 5000 discos, no más que eso. Hay mucho mito al respecto, como si les hubiesen robado una plata extraordinaria. Jorge murió en la pobreza, ¿a quién le robó entonces? Lo cierto es que mucha de esa plata se reinvertía. Se usaba también para sacar fotos y hacer afiches, para promoción. El Fariseo (Álvarez) era más grande, más vivo, que sus representados, pero tampoco había ganancias extraordinarias. Había que alquilar equipos, instrumentos… por eso, siempre es como lo mires. Igual, no niego que no hubiese cosas no muy claras. Lo cierto es que hasta el último día de su vida, hasta que entró en coma, yo iba a verlo a Álvarez y él siempre tenía ideas fabulosas. A Jorge hay que hacerle un monumento porque era un prócer.

¿Cómo era ser la pareja de Billy Bond?

Era un tipo hiperactivo. Fue la primera vez de mi vida que me tenía que levantar a las siete de la mañana porque a las ocho había que estar en el estudio de grabación. Fueron capaz dos años, pero parecieron 200. Yo vivía adentro del estudio, pasaban miles de cosas a cada momento. Otra cosa, éramos perseguidos. Porque, además de que había que pelearse con los proveedores, con los músicos y con los teatros, no te olvidés que esa fue una época muy difícil; había represión. Estábamos en la mira de la cana, los milicos y los guerrilleros. Ninguno de los tres grupos nos quería, además de los padres, de la sociedad establecida y demás. Porque los guerrilleros también te hostigaban, te decían que si no estabas comprometido con la revolución, éramos hippies que no servíamos para nada. Por otro lado, los milicos nos metían en la misma bolsa que los subversivos.

¿Te acordás del Festival BaRock del 72?

No lo llegué a ver. Ahora, cuando veo las fotos, me doy cuenta de que en el público eran todos chabones, porque, hasta el momento en que entraron los Sui Generis, no había mujeres entre el público de rock. Había muy pocas chicas, recién con los Sui se empieza a abrir esa brecha…

¿Quiénes eran tus amigos entre los músicos?

Yo tenía mucho contacto con Claudio Gabis y su familia, Isa Portugueis, Pinchevsky, Alejandro Medina… Pappo también. Nos pasaba a buscar en la pickup, y manejaba con medio cuerpo afuera, gritándole cosas a la gente que iba en los autos de al lado: “Señora, se nota que lleva un consolador en la cartera…” (risas)

¿Cómo eran los shows que hacía La Pesada?

Bardos, quilombos, todo lo que te imagines. Cortes de luz, la gente no entendía y te rompían los equipos, tiraban botellazos… Eran recitales problemáticos. Bueno, los de Sui Generis también podían no llegar a terminar. Y yo fui a todos, tuve el privilegio de ir a todos los recitales que hizo Sui Generis, y a todos los de La Pesada, desde la época en que entré a Microfón.

En esa época ya te estabas metiendo en la fotografía, el vestuario y el maquillaje, ¿no?

No es que me fui metiendo, porque siempre estuve interesada. Era otra época, no había telefonitos, había que tener una máquina, había que comprar rollos y revelarlos. Todo eso había que hacer para poder tomar una foto. Y, a veces, era milagroso poder hacerlo. Lamentablemente, la mayoría del trabajo que hice en Microfón se perdió. Eventualmente, pude sacar alguna foto que después salió en Pelo… Pero la mayoría de mi trabajo se usó para gacetillas de prensa y cosas de Microfón, y después los negativos fueron a parar al archivo y terminaron tirando todo… Casi que no quedó nada de eso.

Y también colaboraste con la realización de algunas tapas, asesorando en el vestuario y en el maquillaje, como la del  primer disco de David Lebón o el de Kubero Díaz y La Pesada…

Sí, porque tanto Perotta como Fisbein, y obviamente mi amigo Juan Gatti, siempre confiaron en mi ojo y en mis sugerencias.

¿A Gatti lo descubrió Álvarez?

Al principio estuvo Melgarejo haciendo toda la gráfica, como por ejemplo los viejos posters de Manal. Cuando Melgarejo se fue a trabajar a los Estados Unidos, llega Gatti a Microfón, porque ambos se conocían de Mar del Plata, eran amigos y uno recomendó al otro.

Así Gatti se convierte en el diseñador de casi todas las tapas de Microfón…

Sí. Yo pasaba mucho tiempo con él, éramos muy amigos. Estaba parada al lado mientras él en la mesa dibujaba. Hablábamos, escuchando los discos, mientras Juan hacía las tapas. Gatti es puro arte, estética, su cuerpo de trabajo es extraordinario, a nivel mundial. Hizo tapas como la de Los Delirios del Mariscal, de Crucis, que es mítica, insuperable. Siempre fue muy cambiante, por ejemplo, la tapa de Instituciones, de Sui, la hizo con fibras; las de Espíritu con aerógrafo… Siempre iba cambiando, siempre innovaba. Lo sigue haciendo hasta el día de hoy, asesorando en moda, estética y diseño, tanto en Europa como en los Estados Unidos.

¿Qué recordás de la audición de Sui Generis con Jorge Álvarez y Billy Bond?

Tuve la suerte de conocerlos el mismo día en que vinieron a hacer la prueba con Jorge Álvarez y Billy Bond. Me acuerdo que ese día se presentaron en la oficina de Álvarez, acompañados por María Rosa [Yorio] a dar la prueba, por lo que yo creí que eran un trío tipo Peter, Paul & Mary. De movida me parecieron unos chicos divinos. Sin embargo, para ellos era tan solo una prueba más, se ve que no tenían demasiadas expectativas porque ya los habían rechazado de varias grabadoras. Así que, de inmediato, con Charly en la guitarra, cantaron “Canción para mi muerte”. Sorpresivamente, apenas terminan, Álvarez dice: “Ese es un tango genial”,  agarra el teléfono, marca el número del estudio Phonalex ¡y pide horas de grabación para el otro día! Así de simple, así de rápido. Aun hoy Nito me cuenta que no lo podían creer”.

Y luego Sui Generis llega a la masividad, algo inédito en el rock argentino hasta ese momento…

Hay que recordar que hasta ese momento el rock y los recitales eran cosa básicamente de hombres  y con Sui entraron la mujeres, y se volvió el primer fenómeno masivo del rock de acá.

¿Y la tapa del disco de Kubero Díaz? ¿Es aerosol lo que tiene en la cara?

No, es maquillaje. Yo lo maquillé. Perotta sacó la foto, puso un cielo atrás de una propaganda que había hecho y así se hizo. Con un teleobjetivo, y un ventilador. Así se creó esa tapa tan impresionante.

La tapa del primer álbum de David Lebón, ¿cómo se hizo?

Yo le presté la ropa. La idea de Gatti era inspirarse en el glam rock, que ya despuntaba fuerte a nivel mundial. Entonces puso un poco de brillo.

Hablando de Instituciones, vos hiciste las fotos del grupo, que venían en el insert del disco…

Sí. Son fotos del estudio, mientras grababan. Porque siempre andaba con la máquina sacando fotos, mientras estaba ahí.

¿Cómo es la historia de la censura de Instituciones?

Yo me acuerdo de conversaciones en el bar que estaba enfrente a Microfón, en donde Álvarez le decía a Charly que aflojara con las letras porque nos iban a desaparecer a todos. Además, la forma en que se lo explicaba Álvarez era muy simple: Si vos querés mandar un mensaje, no lo podés mandar en forma directa, tenés que mandarlo entrelineas. Primero, por el peligro y segundo porque era la forma en que iba a perdurar el mensaje, con la ironía, con el sarcasmo acerca de lo que estaba pasando y demás. Álvarez le dijo que bajara un poco los decibeles. Charly no quería, él quería que prevaleciera  su forma acerca de cómo quería expresarlo.  Pero si lo hacía así nos iban a censurar todo y después no se iba a poder sacar el disco. Álvarez ya había vivido la represión, él había estado en cana, y le habían quemado la librería de un bombazo porque había sacado un libro de Marx, etc. Álvarez sabía cómo venia la mano.

¿Y cuál es la historia detrás de la foto que sacaste para el Adiós Sui Generis?

Bueno, con esa imagen empapelaron toda la ciudad, y luego se convirtió en la fotografía emblemática de Sui, porque fue usada en varios compilados, posters, etc. Esa fue la primera vez que logré que me prestaran un estudio profesional con flashes para trabajar. Usé una cámara Hasselblad. La hicimos en el estudio de mi exnovio, Jorge Fisbein, en la calle Castelli y Valentín Gómez, en Once, un mes y medio antes del show del Luna. Salió rápido, tan solo un par de tomas, porque Charly y Nito tenían la mejor predisposición. Por supuesto, esa imagen también contó con el arte y el estilo de mi amigo Juan Gatti, el gran artista gráfico. Por eso todo se conjuró para que esa imagen tenga la magia que la hizo inolvidable. Es la foto de dos chicos de 23 años, que mantiene la misma frescura que hace 50 años, casi tanto como la música de Sui. La foto del Adiós Sui Generis ya no me pertenece, ahora está en todos lados.

¿Cómo fue la ida de Billy Bond y vos a Brasil en medio de la represión?

Nos vamos porque Billy estaba amenazado. Allá, yo era la fotógrafa personal de Ney Matogrosso. Viajábamos por todo Brasil en los conciertos de Ney. A mí me trataban como una reina. Me acuerdo que el Bondo y Gabis trabajaban en la banda. Pero llegó un momento en que el Bondo estaba grabando 24 horas al día, y se va degastando nuestra relación. Yo estaba sola en la montaña, días, semanas… Entonces me vine para acá y me quedé con Jorge. Ahí me quedé con Álvarez permanentemente hasta que en el 77 nos fuimos a Estados Unidos.

¿Cómo sigue tu devenir acá cuando volvés de Brasil?

Cuando Sui se separa, yo pasé mucho tiempo con La Máquina de Hacer Pájaros. De ahí me enganché mucho con Crucis, en especial con Gustavo Montesano, con el que empecé una relación y nos terminamos casando. Los ensayos de Crucis en la sala de Flores eran espectaculares, nunca había visto nada igual.

¿Para vos Crucis fue el grupo de rock más potente que hubo en la Argentina?

Sí. Los ensayos eran espectaculares. Eran pibitos pero tocaban soberbio su música, mezclada con pedazos de músicas de Yes o de Purple. Ellos tenían una mentalidad totalmente extraordinaria para la edad y para el lugar en el que vivían. Moris, Charly, Moro, todos los músicos iban a su sala de ensayo para verlos tocar, todos querían tocar algo con los Crucis…

Charly los ayudó en la grabación del primer disco…

Claro, él quería participar, no se iba a quedar afuera de eso. Lo de Crucis duró poco pero fue muy intenso.

¿Y por qué duró poco?

Cada uno iba por su lado. Cuando es así, es muy difícil que a esa edad no se te suba la fama a la cabeza. Imaginate: Dieron un recital en el Astral para que viniera Álvarez y la grabadora a verlos, al otro día están grabando, a los cinco meses estaban llenando el Luna Park… Entonces, tenés que estar muy bien plantado para seguir con la banda, otros grupos se han separado por mucho menos que eso.

¿De dónde sale la idea de la foto de Crucis con los overoles?

Una broma interna. Porque de la forma que ensayaban, tan meticulosa, se comentaba que ellos eran como “obreros” o “mecánicos”, como si manejaran maquinaria. Era como si estuvieran en un taller haciendo sonido. A Gatti se le ocurrió lo de los overoles. La foto la saqué en Parque Lezama, debajo de un ombú. Si vos te fijas, el negativo quedó sucio, manchado, y al ampliar la imagen le dio otro matiz a la foto.

¿Había una idea de llevar el grupo a Estados Unidos?

Estaba la idea pero a Gustavo no le gustaba estar allá. Eran muy chicos, demasiado jóvenes para instalarse allá. Aparte en Estados Unidos no los conocía nadie. Era muy difícil.

¿Por qué Álvarez decide irse del país?

Después de un recital de La Máquina de Hacer Pájaros en La Bola Loca, Álvarez estuvo en un barco con Torre Nilsson y unos militares que estaban también viajando. Había una fiesta y ahí uno de los militares se le acerca a Álvarez y lo advierte, diciéndole: “Usted está muy tranquilo. Mire que ahora le estamos dando a las barras de los fierros, pero ni bien terminemos con eso vamos a seguir con los intelectuales…” Entonces, cuando terminó la fiesta, Torre Nilson le dijo a Jorge: “Andate”. Y ahí Álvarez sacó un pasaje y se fue… De ahí partimos hacia Nueva York.

¿Y cómo sigue tu historia cuando te vas con Álvarez?

Nos instalamos con Álvarez y Montesano en Estados Unidos. A Gustavo no le gustó Nueva York y se vuelve y luego se radica en España. Gatti también termina yéndose a España.

¿Tu relación con Montesano se termina ahí?

Sí, cuando él decide venir para acá de vuelta. Yo no quería volverme, estaba bárbara en Nueva York. Me había reencontrado con una amiga cordobesa que diseñaba ropa y así había conseguido un trabajo mínimo suficiente para alquilar un pequeño departamento.

¿Ahí te metés en la movida punk?

Inmediatamente después de que nos separamos con Montesano, yo empecé a trabajar con mi amiga y ella hacía ropa punk. Para mí era toda una novedad. Así empiezo a frecuentar la movida punk en el downtown, en Manhattan. La música que sonaba era la de los Sex Pistols, de la mano de muchos ingleses que se habían radicado en Nueva York trayendo toda esa movida punk. Yo entré en esa y me olvidé de todo lo que pasaba en Argentina. Ahí aparece Liliana Lagardé, la ex mujer de David Lebón, que estaba en Miami, viene a visitarme y se queda. Así seguimos, haciendo zapatos y demás. A ella la querían mucho los chicos de The Clash.

Vos seguiste con la venta de ropa…

Seguí por un tiempo. Yo sacaba fotos, salía todas las noches a discotecas… Lamentablemente, todos pagamos el precio de las adicciones, la vida demasiado intensa. Por suerte estamos vivos. Conocí el fondo y no me quedó otra que salir.

Contame alguna anécdota tuya con famosos en Nueva York…

Amistades no tuve, pero conocí a Jagger. Yo frecuentaba un boliche que se llamaba Nell´s y ahí iba todo el mundo, muchos famosos. Don Johnson, Mick Jagger, Prince… Estábamos todo el tiempo ahí.

¿Cómo fue la realización del sobre interno de Clics Modernos?

Para mí es lo mejor que me pasó con las fotos. En 1983 en Nueva York con Charly nos estábamos divirtiendo con Charly sacando fotos Polaroids con una máquina de plástico. Yo iba a todas las sesiones de grabación de Clics Modernos en los estudios Electric Lady y me había quedado en el subconsciente esa parte de [“Bancate ese defecto”] “la nariz no hace juego con tu cara” y se me ocurrió hacer una nariz de cartulina para las fotos. Le pinte la cara y estábamos jugando a hacer las Polaroids, así salió el sobre interno del disco con esas fotos porque a Charly le encantaban.

¿Cuándo empieza tu faceta más espiritual, con los viajes a India y demás?

A principios de los 80 conocí al mismo gurú de David Lebón. A partir de ahí entré en ese círculo. Ahí, por muchos años, eso queda como flotando durante mis épocas más alocadas en Nueva York. Incluso, recuerdo que cuando Charly fue a Nueva York a grabar Clics Modernos, yo llevé a la grabación al hermano del Majaraji, al que García conocía por Lebón. Después tuve idas y vueltas de Miami a Nueva York. Ya estando aquí de vuelta, en Córdoba, por alguna razón toqué fondo, se me viene abajo toda la vida que había vivido. Me bajoneé… No sabía qué hacer y me vine a Buenos Aires. Estando acá, con una amiga de Córdoba empezamos a fantasear con la India. Ya eran los últimos años de los 90. No teníamos un mango pero igual se me da la oportunidad de ir. Así empiezo a ir a partir de 2000 y me enamoré de la India. Fui más de diez veces. La parte espiritual está entretejida en la vida de la India. Inclusive, aunque yo no soy hinduista, al mismo tiempo siempre hay un sustrato allá que es espiritual. Mismo verlos como ellos se mueven con su religión, como lo vinculan con lo material, eso para mí es muy poderoso. Cuando voy no planeo nada. Un taxi me va a buscar y me lleva a un departamento y ahí planeo lo que voy a hacer. No llevo hoja de ruta ni nada, voy y listo. Una vez que estoy allá me entrego al hecho que hay un sustrato espiritual que es muy vivido.

ENTREVISTA: Emiliano Acevedo

FOTOS: Hugo Panzarasa y archivo Ada Moreno

viernes, 18 de agosto de 2017

SUI GÉNERIS: Canciones de una época agridulce...




De muy pocos discos en la historia del rock mundial se puede decir que todas (o casi todas) sus canciones han quedado en el recuerdo como hitos populares, a pesar de no contar con mucha difusión en los medios masivos. Y este es el caso de Confesiones de Invierno, el segundo álbum de Sui Géneris, editado en agosto de 1973, la producción que lanzó definitivamente a la fama al dúo formado por Charly García y Nito Mestre.


Sin dudas, Confesiones de Invierno fue un álbum ambicioso, tanto en lo que respecta a su contenido como a su realización. Nuevamente con la producción del genial y multifacético Billy Bond, éste sería un disco mucho más pulido que Vida, ya que fue registrado en ocho canales -todo un lujo para esa época- en los célebres estudios de la RCA y en Phonalex. Más tarde, su éxito de ventas fue brutal entre los jóvenes y adolescentes de aquellos años, sobrepasando las expectativas más optimistas, hasta darle un matiz popular al rock argentino en aquellos primeros y afiebrados años de un género musical que aún subsistía como un fenómeno cultural under.

Y es que todas las canciones del disco, compuestas integralmente por Charly, eran de una calidad superlativa. Empezando por “Cuando ya me empiece a quedar solo”, el brillante relato en primera persona en donde un García de tan solo 21 años, luego de darse cuenta que no iba a ser joven por siempre, se imagina la posible vejez de un artista olvidado y sumergido en la soledad. Sin dudas, una canción melancólica y triste, pero sumamente apasionada, debido quizás a esa onda tanguera presente en sus primeras estrofas –gracias al aporte del bandoneón de Rodolfo Mederos-, que terminaba estallando en un poderoso y conmovedor estribillo bien rockero y cancionero. En “Bienvenidos al tren” el dúo hacía su propia declaración de principios, en clave folk, llamando a todos los que quisieran subirse a ese bohemio y mágico tren musical que arrancaba con destino a un imaginario fogón en donde todos podrían cantar, tocar la viola y ser felices.

“Un Hada, un Cisne” fue un tema curioso, porque debido a su letra, casi de cuento infantil (y deprimente…), no muchos repararon en su hermosa y fina melodía, en clave jazzera, en la que se destaca el dueto instrumental de Mestre (flauta) y García (piano), potenciados por la participación estelar del baterista Juan Rodríguez, quien luego se convertiría en el batero full time y definitivo de Sui Géneris. Por su parte, “Confesiones de Invierno” era una canción 100 % del mejor Charly García íntimo y confesional, y quizás por ello el Bicolor haya decidido cantarla solo, acompañado por su guitarra. En este tema se narraba, en primera persona, el derrotero desafortunado de un joven (que a la manera de varios otros de aquellos años, como por ejemplo el malogrado Tanguito) no puede ni quiere adaptarse a los dictámenes de una sociedad, que parece dejarlo de lado, a la vez que reprime su derecho a la libertad por el uso de la fuerza policial, hasta terminar internándolo en un neuropsiquiátrico.

El antiguo Lado Dos de este álbum editado por el sello Talent-Microfón, arrancaba con ese otro himno de fogón intitulado “Rasguña las piedras”, una de las canciones más populares de la historia del rock argentino, y –quizás- también la más exitosa de la carrera de Charly García. Un verdadero clásico que hablaba alegóricamente acerca del amor por la libertad, pero que, con el correr de los años,  suscitaría variadas interpretaciones entre el público, llegando hasta el absurdo de vincular la inspiración de su letra a la posible historia de una novia cataléptica de Charly, que habría sido enterrada viva, o a la que, incluso, se le había caído una pared encima (!) Según su autor, estas interpretaciones propias de la leyenda urbana no tenían nada que ver con la realidad, ya que “la idea del tema era expresar las ganas que tiene uno de sacarse de encima las lacras de la sociedad y también sus propias debilidades, los empecinamientos o los clisés negativos que cada uno lleva adentro”. En lo que respecta a lo instrumental, “Rasguña las piedras” se grabó con el acompañamiento de una orquesta dirigida por Gustavo Beytelman, un prestigioso conductor y arreglador de música clásica. Charly había llamado a Beytelman para que lo ayudara a redondear el tema, debido a su complicada polirrítmica parte central, que hacía que los músicos chocaran en el momento de la interpretación.

“Lunes otra vez” era un tema folk alegre que, paradójicamente, relataba el desosiego habitual del común de los mortales ante la inminencia del peor día de la semana, ese que le pone punto final a esa esperanza de escape, redención y ocio que es el fin de semana. Sin dudas, ese cuasi blues intitulado “Aprendizaje” fue otra leyenda de la música popular argentina, luego también reconvertido en canción de fogón e interpretada mil veces. Su popularidad quizás se deba a que enumeraba buena parte de los anhelos, miedos y esperanzas del imaginario de los adolescentes de la clase media argentina de aquellos años. Nada que ver con el rockazo “Mr. Jones”, un “sangriento” tema en donde se relataban los asesinatos en serie de una familia, a quienes también se los podía relacionar con la “normalidad” de Los Locos Adams. 

Luego de esta canción,  Confesiones de Invierno llegaba a su fin con la pretenciosa “Tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario o no”, otro relato en primera persona, complejo y apasionado, en donde un monarca caído en desgracia contaba como una revolución popular había arrasado a su antigua corte y reinado, dejándolo en la ruina, por haber encabezado un gobierno –sumergido en el lujo y la vanidad- ignorante de las penurias de su pueblo. Sin dudas, una canción que ahora se podría emparentar, desde lo musical, con el estilo ópera rock de Tommy, de los Who; y con respecto a su letra con varios gobernantes inútiles y poco perspicaces de la historia política mundial (como por ejemplo, el último zar ruso Nicolás II o, incluso, nuestro inefable Fernando De la Rúa), cuyos inopinados mandatos no tuvieron un final feliz.

En resumen, más allá de ser muchas veces criticado por su aparente estrechez de miras, por ser muy “inocente” desde lo musical, o, incluso, “adolescente” debido a las temática de sus letras, la calidad artística de Confesiones de Invierno es incuestionable, y sigue sorprendiendo a propios y ajenos, aun hoy, a más de 40 años de su lanzamiento. Y por eso seguirá figurando en la lista de los álbumes imperdibles, y necesario rito de pasaje, para miles de oyentes neófitos que se acercan por primera vez a lo mejor de la música joven de este bendito país.

LA PROGRESIVA ELECTRIFICACIÓN DE SUI GENERIS

A principios del 74, Sui Generis incorporó a Juan Rodríguez, quien junto a Rinaldo Rafanelli (bajo) formarían la sólida base musical que necesitaban las soberbias canciones que García empezaba a componer. Recién luego de muchos meses de ensayo comenzaría la grabación de un nuevo álbum. Hacía poco que Charly había empezado  a experimentar con modernos teclados y sintetizadores (Mini Moog, ARP Solina String Ensemble, clavicordios Hohner, órganos Hammond, piano Fender Rhodes, etc.) traídos especialmente por el productor Jorge Álvarez desde Estados Unidos. Esta mixtura de registros sonoros dio al disco un carácter más ecléctico y progresivo que haría desaparecer el sonido acústico de los inicios del dúo. De movida, la producción iba a llevar por título Instituciones, aunque posteriormente sería llamado (para alivianarlo) Pequeñas anécdotas sobre las instituciones. Por supuesto, el disco tuvo problemas de entrada con la censura. O, en este caso, de autocensura, porque Jorge Álvarez le sugirió a García que también alivianara un poco el contenido de las letras de las canciones. Eso colocó a Charly en la tarea de revisar el modo de expresar sus ideas.

Recordemos el contexto de época. Aquellos eran los días en los que la sociedad aún se veía sacudida por la reciente muerte de Juan Perón. El gobierno había recaído en manos de su viuda Isabel Martínez, mientras que se verificaba un vacío institucional impresionante y, a la vez, se intensificaba la lucha armada entre la guerrilla (Montoneros y ERP) en contra del poder de extrema derecha enquistado en el gobierno de la mano del "brujo" López Rega, el cual manejaba grupos paramilitares anticomunistas (la tristemente célebre Triple A). Mientras tanto las Fuerzas Armadas, en las sombras, iban encubando el huevo de la serpiente, comenzando a delinear su plan represivo para la futura toma de gobierno, concretada finalmente el 24 de marzo del 76 cuando se inició el sangriento Proceso de Reorganización Nacional.

Dentro de este contexto era seguro que un disco con letras tan explicitas como Instituciones  iba a ser visto "con lupa", y era casi exponerse a un “suicidio en público”. De esta forma, por temor a la censura y las represalias, el tema "Tango en segunda" (a último momento) debió reemplazar al muy explícito "Juan Represión" y el instrumental "Tema de Natalio" a "Botas locas", éste último una crítica el servicio militar obligatorio. Mientras que las letras de otros temas como "Instituciones", "Las increíbles aventuras del Sr. Tijeras" y "Para quien canto yo entonces"; fueron modificadas, alivianando su contenido. En lo que respecta a lo musical, en este álbum también participaron varios músicos amigos invitados: David Lebón en guitarra, León Gieco en armónica y el recordado Jorge Pinchevsky en el violín.

El disco abría con Instituciones, un tema que mostraba el notable avance que había tenido García en lo instrumental y en la composición de letras más adultas, no tan adolescentes. Letras que, por el contrario, ya comenzaban a "meter el dedo, ahí en donde duele..." como dijo, alguna vez, el propio Rafanelli. El tema reflejaba la opresión que las instituciones ponían sobre la juventud: "Los magos, los acróbatas, los clowns... Oye niño las cosas están de este modo... tenés sábados, hembras y televisores...no preguntes más!!!".

"Tango en Segunda" era Charly metiendo su cabeza dentro de la música ciudadana y su fusión con el rock progresivo (en auge en esa época). La canción incluía el derecho al pataleo del dúo en contra de su manager Jorge Álvarez: "A mí no me gusta tu cara, ni me gusta tu olor...". Sobre el final, la canción presenta, por primera vez, un leitmotiv melódico que sería usado nuevamente por García en producciones posteriores (en el disco Películas, de la Máquina de Hacer Pájaros y en La Grasa de las Capitales, de Serú Girán).

"El Show de los muertos", es uno de los temas más particulares del disco, con sus letras metafóricas y su música tenebrosa y encantadora por igual. Este tema incluye un solo de saxo sintetizado, el cual genera un clima casi "Floydiano" totalmente inédito en la música del dúo. Inmediatamente después se escuchan los rápidos tijeretazos (en estéreo, pasando de un canal al otro) del Señor Tijeras, el personaje central de una genial fábula basada en la historia de un famoso censor de la época: Miguel Paulino Tato, un oscuro funcionario a cargo del Ente de Calificación Cinematográfica, un verdadero inquisidor que decidía que podían ver o no los espectadores en el cine. El tema en cuestión se llama "Las increíbles Aventuras del Sr. Tijeras" y contiene climas cambiantes así como un armado melódico bastante interesante, que incluye un crescendo imponente y perturbador, cuando la locura del Sr. Tijeras lo lleva a confundir realidad con ficción, asesinando a su esposa, de la misma forma que “asesinaba” la libertad de expresión, a tijeretazo limpio. En lo musical, rock progresivo de primera calidad, en la veta del rock sinfónico italiano, como el de Premiata Forneria Marconi o Banco del Mutuo Soccorso; y en lo lirico, con unos versos tan cómicos como brutalmente sintonizados con la época. Eran las primeras pinceladas del García como compositor de canciones que reflejaban como nadie en el rock, y con humor, la difícil realidad de la sociedad argentina. Como en esa parte de la letra que dice: "Te veré en 20 años en televisión... cortada y aburrida, a todo color...", algo que pasó en la realidad con varias de las películas prohibidas por Tato, como fue el caso de El Último Tango En Paris, de Bernardo Bertolucci, por ejemplo.

"Pequeñas delicias de la vida conyugal" abría el antiguo Lado 2 de la edición en vinilo de esta obra. Esta canción era otra típica página adolescente de Sui Generis, pero, a diferencia de los discos anteriores, su sonido es muy progresivo. "El tuerto y los ciegos" es, en cambio, una pequeña página "folk",  que cuenta con una gran performance de Pinchevsky en violín, y una muy bella letra de Charly. Más tarde llegaba "Música de Fondo para Cualquier Fiesta Animada", una genial metáfora de la realidad argentina de la época. Un tema con mensajes lamentablemente atemporales que serían proféticos, muy poco tiempo después. La siguiente es una página instrumental llamada "Tema de Natalio", compuesto (de apuro, como decíamos antes) por García y Rafanelli. Supuestamente inspirado en la “música que escucharía Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris”, este tema, a pesar de sus buenas intenciones y su matiz progresivo, quizás sea el punto más bajo en este superlativo disco.

La última canción, de la edición original, era "Para quien canto yo entonces". Un gran cierre y quizás la primera autorreflexión de Charly García en público sobre su condición de artista dentro de una sociedad tan controvertida como la argentina.

Recién en 1994, se agregarían, como Bonus Tracks, los dos temas auto censurados (según Charly, nuevamente por idea de Álvarez): "Juan Represión" (dedicado, casi con seguridad, a López Rega y Cía.) y la inefable (y a la postre profética, con respecto al Caso Carrasco, que le puso fin a la Colimba) "Botas Locas" .


COLOFÓN

A pesar de la meritoria búsqueda sonora y lírica de este nuevo Sui Géneris, y ante el fracasado proyecto de grabar un nuevo álbum llamado Ácido, la banda no pudo desandar sus pasos en el callejón sin salida que estaban transitando. Las baladas perdían peso ante el abrumador avance del rock progresivo, y, a la vez, los temas de Instituciones poco tenían que ver con el espíritu adolescente que le dio popularidad y éxito al dúo en su inicio. Cansado de luchar para imponer sus nuevas canciones, y ante la perspectiva de alcanzar nuevos horizontes musicales, Charly, de común acuerdo con Nito, decidió ponerle punto final a esta historia. Por eso, a mediados del 75 ambos anunciaron que Sui Generis se disolvía. A pesar del enojo inicial de Álvarez, que incrédulo veía como su número principal se separaba en su mejor momento, se organizó una velada de despedida a todo trapo en el Luna Park, con el nombre de Adiós Sui Géneris, emulando al Goodbye Cream, del power trio inglés. La fecha elegida sería el viernes 5 de septiembre de 1975. Como la demanda de entradas superó todas las expectativas, hubo que agregar otra función para la misma noche. Ambas convocaron a más de 30 mil espectadores. Una cifra inédita en esa primera década del rock argentino, para un único grupo. Había terminado una historia y nacía la leyenda…

Emiliano Acevedo