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viernes, 15 de agosto de 2025

EL ARTE DE CONTAR, entrevista a Víctor Pintos


Víctor Pintos es un apasionado del periodismo. Tiene mucha memoria y desgrana recuerdo tras recuerdo en cada charla. Desde hace una década vive en Agua de Oro, un pueblito de 3000 habitantes en Córdoba, que “ni figura en los mapas”, según sus propias palabras. Aquí sigue haciendo lo que le gusta: Dedicarse a las artes y al viejo oficio de contar historias. Algunas de ellas forman parte del anecdotario del que se nutre su último libro: 66 historias que merecen ser contadasrecientemente lanzado por la Editorial Mil Campanas. El texto es una suerte de repaso de anécdotas y vivencias recabadas en 50 años de periodismo.  Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Roberto Goyeneche, Luis Alberto Spinetta, Charly García, Litto Nebbia, Silvio Rodríguez, Rubén Blades, Teresa Parodi, Ricardo Soulé, Billy Bond, Pappo, Herbert Vianna, Joaquín Sabina y otros son algunos de los protagonistas del libro.

Pintos también es escritor, locutor y productor multimedia. Trabajó en las secciones espectáculos de los diarios Clarín, Página 12, Sur y La Razón. También participó en las revistas Expreso Imaginario, Humor, El Periodista y Rolling Stone. Con puntualidad casi inglesa se sienta a charlar con Intersticio Rock en esta linda nota…

ENTREVISTA > Cincuenta años en el periodismo, empezaste de chico, ¿no?

Sí. Empecé en los 70 cuando estaba terminando el secundario, haciendo radio en Olavarría, donde yo nací en 1958. Ahí me fue bien, en ese programa de radio, y un día conocí a León [Gieco]. Yo lo había llevado a Olavarría para que hiciera unos conciertos. Así nos hicimos amigos y en un momento me dijo: “¿Y vos no pensás irte a Buenos Aires?” Yo no lo había pensado hasta ese momento, pero me explotó la cabeza y me fui a Buenos Aires. Llegué en 1980 y tuve mucha suerte porque conseguí trabajo en medios muy interesantes de ese momento. Y siempre hicimos cosas juntos con León, por lo tanto es alguien muy importante en mi vida. La primera tapa que hice para El Expreso Imaginario fue una entrevista que le hice a él. Nos vimos toda la vida. Después yo formé parte del triángulo en el que se apoyó León para hacer el estudio Del Arco, junto a Osqui Amante. Hicimos un montón de cosas ahí, en ese estudio. Y todas cosas que nos gustaban: El último disco de Antonio Tormo, el primero de Abel Pintos, una colección de rarities de León, etc.

León te hizo el prólogo de este nuevo libro…

Sí, nunca le pedí nada y me decidí ahora a hacerlo. Y ahí cuenta la anécdota de cuando me conoció, aquella vez en Olavarría. Cuando llegó para hacer el concierto y se dio cuenta que el productor del mismo era yo, que era un pendejo… León no lo podía creer. Justamente, el sonidista de esa gira era Osqui Amante, que años después sería mi amigo. Osqui advirtió el detalle de que yo estaba pasando al aire “Like a Rolling Stone”, la canción de Bob Dylan. Entonces le dijo a León, por lo bajo: “Che, esto no pasa en las radios de Buenos Aires…” Ahí León me dijo que si iba a Buenos Aires yo podría laburar de periodista, y que él me iba a presentar a Spinetta. Y cumplió.

¿Cómo está conformado este libro de anécdotas, Víctor?

Son cincuenta años de profesión, en donde me la paso conociendo anécdotas. Me sale en forma natural. Hice entrevistas, hice encuentros, fui a conciertos, escuché discos. Hay gente que conocí mucho y otra que no conocí en toda mi vida, pero sé de historias. Este libro se hizo juntando historias que son de canciones populares que conoce mucha gente. Yo tengo muy buena memoria y además escucho a la gente, no es que todo me chupa un huevo. Por ejemplo, una vez Teresa Parodi me contó que “Pedro Canoero” no era correntino sino paraguayo. Ella lo había conocido una vez que salió a pasear por el lago Ypacaraí con el que era entonces su marido. Teresa me dijo que el canoero era paraguayo y les fue contando unas historias alucinantes. Ahora, cuando uno se imagina a “Pedro Canoero” se lo imagina como un canoero del Río Paraná, correntino, probablemente… Bueno, en el libro se cuenta la historia real de ese canoero que era paraguayo y que tampoco se llamaba Pedro.

Lo interesante del libro es la cantidad de músicos que hay…

Sí. Por ejemplo, una vez tuve la posibilidad histórica de viajar con Silvio Rodríguez. Justamente, nosotros pegamos buena onda por intermedio de Bob Dylan. Yo soy muy fanático de la música de Bob y resulta que Silvio también. Silvio, a pesar de ser cubano, tiene una gran devoción por Bob Dylan. Y nos pusimos a hablar de eso, de nuestros discos preferidos y demás, hasta que en un momento me dijo: “¿Sabés que yo escribí una canción sobre Bob Dylan?” Yo le pregunté: “¿Cómo?” Y Silvio me dijo que en la canción nunca lo nombraba a Bob, pero que estaba escrita como si él se lo encontrase a Dylan. Imaginate, eso ya era una historia. Un día, hablando por teléfono, me cuenta que había grabado esa canción. La gente no sabrá que canción es hasta que lea el libro, pero cuando lo hagan se van a dar cuenta que Silvio, efectivamente, en esa canción está hablando de Bob Dylan.

Increíble…

Bueno, eso le dio risa a León y por eso lo puso en el prólogo. Por eso, es un libro de historias. Por ejemplo, otra, una vez le hice una entrevista a Rubén Blades y también pegamos buena onda. Entonces, me dijo que si, cuando terminase la entrevista, no lo acompañaba a comprar unos libros por la Calle Corrientes. Yo le dije que sí, por supuesto. Le habíamos hecho la entrevista en el Hotel Bauen, ahí cerca de Callao y Corrientes y nos fuimos a recorrer librerías, entre Callao y el obelisco. Así que lo acompañé a Blades… ¡Lo acompañé a Rubén Blades, loco! Era un flash. El tipo andaba con guita, tenía una tarjeta de crédito importante, y se compró una pila de libros, todos escritos en español. Él vive en Nueva York, en donde todos los libros están en inglés. Entonces se compró las obras completas de Borges, las de Cortázar, libros de Octavio Paz, otros de García Márquez… Estaba fascinado el chabón. Y justo estábamos en la recorrida por las librerías y él me decía que cuando andaba por la calle en pantalones cortos nadie le daba pelota. Él me decía, “lo que pasa es que acá yo no soy conocido…” Yo le decía que no, que él era conocido. Pero Blades me decía que no, y la muestra estaba en que la gente no se paraba para pedirle una foto, un autógrafo. Entonces, con una pila de libros que había elegido en una librería, enfiló para la caja y le dijo a la cajera: “¿Vos conocés a Rubén Blades?” Y la chica lo miró, como diciendo “qué raro este tipo”, y le respondió: “No, no lo conozco…” Entonces, Rubén le retrucó: “¿Vos conocés a Pedro Navaja?” Y la chica le contestó: “Sí, claro…” Ahí Rubén le dijo: “Bueno, ´Pedro Navaja´ lo escribí yo. ¿Me vas a hacer una rebaja?” Fue toda una puesta en escena para contarme que su canción había sido más famosa que él. Eso está en el libro.

Cambiando de tema, ¿qué te gusta de la música actual?

La música va mutando, como siempre. Por ejemplo, los que dicen que el reguetón es una música que tiene letras muy procaces, para mí, en el fondo, son viejos que no leyeron adecuadamente la historia del rock. Porque, al principio, el rock se solidificó con letras que eran muy lascivas. Era música de negros. La gente venía del jazz y decía: “El rock n´roll es un género menor, las músicas son todas iguales…” Las bolas que son todas iguales, porque con el paso del tiempo vimos que eran distintas. Y el reguetón tampoco es todo lo mismo. En el reguetón está en una punta Tego Calderón y en la otra Daddy Yankee. Mirá lo que pasa con el rap. Todo se mezcla y todo se confunde. Y hay alguna gente que veo que habla sin propiedad sobre el hip-hop. Se confunden al rap o al reguetón con otras músicas. Me parece que hay una confusión muy grande. Hay muchos aficionados metiendo la cuchara en esto y eso hace que haya un montón de desconcierto. Y parte del desconcierto está creado por gente que ha llevado a otras a votarlo a Milei. Es increíble.

¿Y del rock actual, qué opinás? ¿Te gusta algo en particular?

Todo se rige por tiempos. Uno se cree que la música que escuchó a los 17 años es la mejor del mundo, y andá a saber si era así. A mí me gustan más los clásicos, me gusta Bob Dylan, The Police y me gusta Atahualpa Yupanqui también. El gusto es una cosa muy subjetiva.

Emiliano Acevedo

martes, 26 de diciembre de 2023

De la A a la Z con Peter Deantoni...

El legendario Peter Deantoni siempre vuelve. Y ahora de la mano de su segundo libro: De la A a la Z con Peter Deantoni, un recorrido exhaustivo por gran parte del anecdotario de este mítico manager y figura del rock vernáculo e internacional. Protagonista y testigo, Peter es un apasionado que no se cansa de narrar las anécdotas de su increíble vida. Tal vez sea porque trabajó con Los Abuelos de la Nada, Nito Mestre, Johnny Rivers, Frank Sinatra, Joe Cocker, Serrat, The Police, B.B. King y Pappo, entre muchísimos etcéteras.

ENTREVISTA> ¿Cómo fue que planeaste este nuevo libro?

Fue un proceso largo. El libro anterior (Pappo Made in USA, 2016) vendió dos ediciones, que son 16 mil libros. Y yo recibí más de 4000 mails pidiéndome más ejemplares. La gente quería que contase más historias, y de hecho hay siempre más anécdotas que contar. Este nuevo libro se llama De la A a la Z y va desde grupos como Almendra hasta ZZ Top. Tengo la X con los X-Pensive Winos, la banda de Keith Richards; la Y con Yupanqui, la M con la Mona Giménez, en la R está Johnny Rivers, en la H Nina Hagen; el abanico es muy amplio porque he transitado muchos géneros musicales.

¿Fue difícil el proceso de buscar anécdotas para cada letra del abecedario?

Tuve la suerte de contar con la colaboración de Agustín Soria. Nos conectamos a través de una amiga mía que se llama Debora Sampedro. Ella me estaba ayudando, escribiendo lo que yo le narraba. Pero se enfermó el padre y lo tuvo que ir a cuidar, así que me recomendó a Agustín. Con él nos juntamos en un cafecito de mi barrio y le llevé mi primer libro de regalo y Agustín me trajo el suyo: Keef & Winos. Él me dijo que quería conocerme para que le contase sobre mi relación con Gustavo Cerati y de cómo había armado sus giras solistas por Estados Unidos. Yo le comenté que estaba buscando a alguien que me ayudase con el libro y Agustín me dijo que lo iba a tener en cuenta. Y a los dos días me escribe y me dice que definitivamente teníamos que hacer el libro juntos. Y así fue. Nos empezamos a juntar todos los miércoles en el café. Él iba grabando lo que yo le contaba. Ese fue el plan inicial, pero en la tercera reunión se declaró la pandemia. Entonces empezamos a hacerlo por video conferencia, y eso nos dio la posibilidad –como ninguno podía salir- de laburar todos los días. Así que le dábamos tres o cuatros horas seguidas y lo terminamos mucho más rápido.

¿Y cómo siguió el proceso de editarlo?

Obviamente, primero se lo ofrecí a Planeta, pero me dijeron que no iban a sacar libros de rock, luego de editar el de Vitico, porque (el director editorial de Planeta) Nacho Iraola se iba a tomar dos años sabáticos. Luego se lo ofrecí a la gente de Vademécum, pero dijeron que no. Así que se lo ofrecí a Gourmet Musical pero (el editor) Leandro Donoso quería que le agregase al texto la información adicional de lo que estaba pasando en cada año, tipo línea de tiempo, a lo que yo me negué. Porque los chicos que leen rock ya saben esa información o no les interesa. Así fue que por medio de Facebook recibo una publicidad de esta compañía que se llama Autores Argentinos, que es una editorial e imprenta. Me reuní con ellos y me pareció un emprendimiento genial con una cantidad fantástica de libros editados. Así que como les encantó mi primer libro, me ofrecieron la posibilidad de editar este nuevo libro de anécdotas, pagándolo en cuatro cuotas, lo cual me venía bárbaro. Así empecé a trabajar con Florencia Nicoletti, que es la diseñadora gráfica que hizo la tapa. Yo le pasé todas mis credenciales del pasado, de distintos artistas con los que he trabajado, desde Miguel Mateos a Ricky Martin, desde BB King hasta Ozzy Osbourne, Rod Stewart, el Tributo a Miles Davis… Están todos. El prólogo me lo hizo Carlos Rodríguez Ares, que me encantó lo que escribió porque puso que si alguien puede hablar y escribir sobre rock soy yo, porque yo lo viví y lo puedo contar… Así salió una primera tirada de 100 libros, que se están vendiendo muy bien por suerte. Trae 200 páginas y es un libro de lectura fácil y entretenida. La gente que lo leyó hasta ahora está contentísima.


Me decías que habían quedado anécdotas afuera…

Sí, alguna con los X-Pensive Winos, a los que originalmente no los habíamos pensado para la X. O, por ejemplo, la P. Yo en Estados Unidos trabajé con los Parliament, ni hablar de la letra B, que aparte de Babasónicos hay un montón de bluseros con los que trabajé que también tienen la letra B, aparte de BB King. Da para un libro más, seguramente…

Ya que incluyas a Atahualpa Yupanqui en la Y da cuenta que tu recorrido por la música es grandísimo…

Tal cual. Yo a Atahualpa, a instancias de Mercedes Sosa, lo acompañé a tocar en París. Hicimos toda la girita ese día por París, era un solo show, y no vi la Torre Eiffel. Debo ser el único que no la vio, me van a poner en el Record Guinness… Y esa historia es la que está contada ahí, con otra anécdota que lo cuenta a don Ata de cuerpo entero. Nos habían invitado a un asado en la casa del embajador argentino y de ahí nos teníamos que ir para el aeropuerto. Estando en la casa, cuando terminamos de comer, se acerca un tipo con una guitarra y se la da a Atahualpa, y Atahualpa la mira, la da vuelta, la afina… Entonces el tipo le dice: “¿No se toca algo, don Ata?” Y el viejo, muy sabio como era, le contesta: “¿Y usted que hace para vivir?”. A lo que el tipo le contesta, “soy zapatero”… “Muy bien”, le dijo Atahualpa, “hágame un par de zapatos ahora y yo le hago un tema…” Obviamente, lo cagó. Le devolvió la guitarra y no tocó nada. Y cuando íbamos en el auto me dijo: “¿Vos podés creer que nos querían canjear un asado por un show? Están locos los tipos, que paguen la entrada…” (risas)

¿Todas las anécdotas son amenas, o hay alguna con ribetes complicados?

No, son todas amenas. He tenido situaciones desagradables, con los Vilma Palma, por ejemplo, o con Miguel Mateos y con El Otro Yo, pero ninguna de ellas aparecen acá. Por suerte, las anécdotas amenas son muchas más y son las que están en el libro. No es necesario hablar del enemigo…

¿Cómo es tu vida actualmente?

En este momento tengo el programa de radio, que me lleva bastante tiempo hacerlo porque yo me auto produzco cada emisión. La radio es espectacular y está muy cerca de mi casa, en Colegiales. Por otro lado, hace poco fui a ver a Calavera No Chilla, una banda de pibes nuevos y me volaron la cabeza, como hace mucho tiempo no me pasaba. Y me dieron ganas de volver al ruedo, tengo ganas de ser manager de estos chicos. Les propuse una reunión, para ver cómo nos organizamos. Así que es una historia que continuará…

Emiliano Acevedo

lunes, 29 de mayo de 2023

VITICO: "Riff fue una banda que sonaba mejor que nadie..."

FOTO: Martín Dark Soul

Víctor “Vitico” Bereciartúa, El Canciller es una leyenda del rock argentino que acaba de publicar sus memorias en un libro sin desperdicio editado por Planeta.

En esta nota hablamos con él sobre pasado, presente y futuro. Una charla imperdible con este artista sin par.

ENTREVISTA> ¿Cómo estás viviendo la repercusión que está teniendo del libro?

Me gusta que la gente sepa muchas cosas que me pasaron en la vida. Cosas que le contaba solo a los pocos amigos que tengo porque la gente cada día está más espantosa. Pero contar y hablar de varias cosas que me pasaron en la vida me hace sentir mucho más unido a mi público.

¿Una receta de vida?

Nooo… (risas) Para empezar, no le recomiendo a nadie que haga lo que yo hice. Es como un libro de autoayuda pero al revés. Eran otras épocas. Muchas de las cosas que pasaron y que cuento ahí ahora serían inviables, no tendrían ningún sentido. Casi todo prescribió…

¿Cómo lo escribiste?

Me ayudó el excelente periodista Fernando García. El libro estaba casi terminado antes de la pandemia pero quedó parado más de dos años a raíz de esta. Luego le agregué un capítulo.

FOTO: Germán Adrasti

¿Cómo lo planeaste?

Nunca en mi vida se me hubiera ocurrido escribir un libro hasta que un día vino mi hijo Nicolás –que, entre paréntesis, estoy muy orgulloso de que esté tocando en los Black Crowes- y me dijo que se había encontrado con el vasco Nacho Iraola, director editorial de Planeta. Un tipo fenómeno. Ellos querían que escribiese un libro. Te imaginarás mi sorpresa. Así que hablamos y lo hicimos. Como te dije antes, me ayudó mucho Fernando García. Mientras yo le contaba cosas que me habían pasado, veía como se le salían los ojos de las órbitas porque no las podía creer. Pero todo lo que cuento en el libro es real, nunca fui careta. Nunca escondí nada ni me hice el boludo. Si de algo estoy orgulloso en la vida es que nunca garqué a nadie. Tampoco le debo nada a nadie. Así que todo lo que hice fue con un aire de inocencia, digamos. Y realmente valió la pena. Alguien me dijo que a alguna gente del ambiente del rock le divierte lo que cuento en el libro, que era como una biblia del rock. Tampoco hay que exagerar… (risas)

Contás mucho de la época en que viviste en Inglaterra, en los 70…

Sí. En Inglaterra me di uno de los gustos más grandes de mi vida que fue tocar media hora con Keith Moon. Me acuerdo que él estaba muy feliz porque le habían llegado unos gongs nuevos de Turquía y entonces tocó como nunca. Por supuesto, también, estaba ahí Pete Townshend y Chris Stainton, que había sido el tecladista de Joe Cocker en el festival de Woodstock. Lo loco de estar en Inglaterra era que yo creía que sabía hablar inglés por haber estudiado en el colegio y todo eso, pero nunca entendí nada de lo que me decían. Me acuerdo que iba a una audición una vez por semana y sonaba todo perfecto. Después me hablaban y no entendía nada. Por supuesto, luego de un año de estar ahí llegué a hablar razonablemente bien. Pero poco a poco me di cuenta que siempre iba a ser un forastero. Como sabés, tengo un tema que se llama “Forastero”. Cuando mi ex esposa Rosa, embarazada de mi hija mayor, Anita, se volvió a Argentina; hice lo que le corresponde hacer a una persona decente: volví para asistir al nacimiento de su hija. Pasaron muchos años antes de regresar a Inglaterra.

Luego que volviste a Argentina te guardaste un par de años, ¿no?

No, lo que pasó es que un día me encontré con Pappo y me dijo: [imita la voz del Carpo] “Víctor, ¿por qué no hacemos una banda de rock en serio?” Y el resto es historia. Esos fueron los momentos más felices de mi vida. Imaginate, poder tocar antes de AC/DC, los Rolling Stones, Mötley Crüe, Megadeth… Siempre es una satisfacción que a uno lo tenga en cuenta en shows tan importantes como esos, con tanta historia.

El otro día estaba escuchando una entrevista que te hizo Gustavo Olmedo y contabas que, a principio de los 70, la revista Pelo te había puesto en la “Lista Negra del Rock”. ¿Cómo fue eso?

Todo un invento que hicieron porque después de tocar con La Pesada me fui a tocar con La Joven Guardia… Pero déjame que te explique esto. Yo me salí de La Pesada por el reviente que había ahí. Y para que te lo diga yo, imagínate cómo era. Entonces vino Roque Narvaja, a quien yo conocía relativamente, y me dijo que [el bajista] Enrique Masllorens que tocaba con ellos se había ido. Así que me ofrecieron ingresar en La Joven Guardia, y después de tocar con ellos un fin de semana largo tuve que ir a abrir una cuenta en el banco porque no sabía qué hacer con toda la plata que había ganado. Era un montón de plata en billetes chicos de boletería, claro.

Ahí Pelo te puso en La Página Negra…

Sí. Esa fue una de las primeras mini grietas que se abrieron en el país: la música comercial versus la música progresiva. Pero la música comercial, también, podía ser buena. Cuando estuve en la Joven Guardia, el grupo empezó a sonar mucho mejor. Me acuerdo que hacíamos temas de Free. Narvaja cantaba bárbaro y la banda sonaba excelentemente bien. Lo que pasa es que la composición social del país era diferente en esa época. En cada barrio había un club y en cada club se juntaba el vecindario y tocaban en los bailes desde Pappo´s Blues hasta una banda de cumbia. Bueno, cumbia no, porque era muy caro, pero tocaban cuatro o cinco números musicales de diferente estilo durante toda la noche. Y la gente comía asado, choripán. Eran eventos familiares. Los conciertos empezaron mucho después. En esa época vos ibas a ver un número en especial, lo que más te gustaba. Lo otro era más… ¿Cómo te puedo decir?

Más fraternal…

Claro, sí, tal cual. Porque aunque no fueran los estilos que más te gustaban, ibas igual a verlos tocar. Pero después cambió todo. Mucho de eso se debió a la grieta inventada por la revista Pelo. Ellos decían que el rock nacional era Porsuigieco. Yo a León [Gieco] lo respeto mucho. Y no estoy hablando peyorativamente de la música que hicieron, tanto él como Sui Generis ni [Raúl] Porchetto, ni nadie pero eso no era rock.

Claro, era más folk…

Sí, porque además eso de decir “rock nacional” es un invento. Porque si un japonés hace rock, vos no vas a decir que hace rock “japonés”. El rock es algo totalmente internacional. Lo toque quien lo toque.

¿Viste que vuelve a la Argentina Billy Bond y va a dar un show en el Luna Park con La Pesada? ¿Cómo es tu relación con él hoy?

Mirá, cuando me llamó hace dos meses, terminamos puteándonos y cuando venga le voy a decir, nuevamente, todo lo que le dije en persona. Después de grabar aquel primer disco con su banda y cuando se suponía que yo iba a tocar allí, estaba todo bien con él. Estuvo más de un mes viviendo en mi casa de Tigre, la que después se incendió, con una bebita de tres meses y la mujer. Luego del quilombo del Luna Park, el “rompan todo” y eso, él se fue del país. Yo en esa época ya estaba en Inglaterra. Lo que pasó es que diez años después volvió a Argentina e hizo un extenso reportaje. En esa nota nombró a todos menos a mí. Hace un mes, o dos, me llegó un mensaje al celular que decía: “Llamame”. Y yo le contesté, “¿quién sos vos para decirme que te llame?” Porque fue un tipo al que tuve viviendo en mi casa de favor y después me ignoró por completo y a propósito, porque en ese momento yo ya estaba tocando en Riff. Puede ser que yo no fuera tan famoso como otros a los que sí nombró y de los que se llenó la boca hablando pero a mí ni me tuvo en cuenta, ¿entendés?  Igual, no le tengo bronca. Pero eso de la Pesada del rock and roll, ¿qué es? Para mí los pesados son los delincuentes, los policías, los que andan armados y todo eso.

Pero vos estabas en la tapa del primer disco del grupo, ese en donde el Bondo tenía escrito en la cara los nombres de los músicos que participaban en la banda…

Ahí estaba todo el ambiente del rock, claro. Pero cuando vi aparecer jeringas, salí corriendo. Y como te comenté, cuando me llamaron de La Joven Guardia me fui y empecé a ganar bastante plata con ellos. Después Roque tuvo un viraje medio político y me abrí. Me fui a Inglaterra con la plata que habíamos ganado cuando fuimos a tocar en el carnaval de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia. Eran como 2000 o 3000 dólares, toda una fortuna para la época. Me fui porque con los gobiernos militares se descajetó todo, un desastre. Con 20 años, me rajé porque vivir acá y hacer la música que me gustaba era muy difícil. Me fui con un montón de ilusiones pensando que allá la iba a pegar pero volví totalmente descontento…

Pero con muchas experiencias…

Claro. Porque allá pude ver tocar a Uriah Heep, King Crimson, los Faces, y todo lo que te puedas imaginar. Aprendí cómo suena una banda en vivo, cómo cumple el horario, la lista de temas. Aprendí como era tocar en serio.

FOTO: Martín Dark Soul

Te profesionalizaste.

Exactamente, aprendí a ser un músico profesional. Volví, al tiempo me encontré con Pappo, y después con [el representante] Mundy [Epifanio], por supuesto con Michel [Peyronel] y Boff, e hicimos una banda profesional. Esa fue la química de Riff y que además sonaba mejor que nadie. Así empezó el rock en Argentina porque si bien tenés los antecedentes de Manal y otros grupos, ese trío se inclinaba hacia el jazz y el blues. Yo respeto esos estilos pero no eran lo mismo que Riff. También, estuvo Vox Dei pero no duró, enseguida se metieron en el asunto religioso y todo eso. Yo respeto mucho a Willy Quiroga pero siguen haciendo La Biblia, y no sé si seguirán yendo a misa los domingos. En fin, lo que pasa es que acá hubo una confusión cuando empezó el rock. Casi todos pensaban que tocar bien era meter muchas notas y, en realidad, tocar bien no es tocar bien individualmente. Esa es una actitud egoísta. Lo que tiene que sonar bien es la banda. Eso y alegrar a la gente que te va a ver. Que uno no tiene que lucirse personalmente lo aprendí en Inglaterra. Por supuesto, Pappo era una excepción porque cuando apareció fue como un plato volador lleno de extraterrestres.

Tanto vos como Michel plantean que cuando parecía que a la banda le iba a ir bien, Pappo apretaba el Panic Button y desarmaba a Riff…

No era que la desarmaba. El tema era que a él no le gustaba que Riff tuviera más convocatoria que Pappo´s Blues. Hay que reconocer que Riff se hizo conocido por la chapa de Pappo. Pero tuvimos un montón de hits en el primer disco [1980], aunque suena horrible porque no hubo nadie que nos quisiera grabar como era debido. Pappo era muy resistido en ese momento. En resumen, si bien el disco suena mal, cosechamos un montón de éxitos y seguimos adelante, al margen del trato que el gobierno militar había hecho con los músicos para que hicieran música suave. De ahí viene esa denominación “rock nacional” y todo eso. Por ejemplo, si íbamos a tocar a San Miguel, la policía acordonaba la estación de tren y no dejaba bajar a la gente. Pero la gente se iba hasta la estación siguiente y venía caminando para vernos. Llegamos a tener el record de 199 personas detenidas durante un show en Obras. Pero no habían hecho nada malo, lo que hicieron fue ponerse en las vías y parar un tren para subirse. Si bien eso no estaba dentro de lo que se podía hacer en ese contexto, nunca tuvimos ni heridos, y mucho menos, muertos en nuestros conciertos. Gastábamos mucha plata en seguridad y el espectáculo siempre estuvo sobre el escenario, sin banderas que no dejaran ver a los que estaban atrás y sin bengalas o fuegos artificiales. Con Riff el espectáculo siempre estuvo arriba del escenario, no abajo. Lamentablemente, después sucedió el accidente de Pappo en 2005 y yo, que bebía como uno, comencé a tomar alcohol como tres cosacos a la vez, hasta que me di cuenta que eso detenía el dolor. Así que paré. Respeto mucho a la Asociación de Alcohólicos Anónimos pero paré solo porque me di cuenta que tomar no me servía para sacarme la tristeza de haber perdido a Pappo. Par ese momento, ya había formado Viticus y ya llevamos 20 años tocando con un estilo propio, con varios discos y sonando muy bien.

¿Qué significó Pappo para vos?

Fue mi mejor amigo y mi peor enemigo. Vos nombraste lo del panic button, el tema de escaparle al éxito. Lo que pasa es que el gran éxito genera muchas responsabilidades. Por ejemplo, te voy a contar una anécdota que no sé si está en el libro, supongo que sí. Una vez me llamó desde California. Por supuesto, no existían los celulares. Me contó que la noche anterior había estado en una fiesta sensacional con muchos artistas famosos, actores, actrices, músicos, en una casa terrible con una gran pileta. En ese momento hacía siete años que Pappo no tomaba alcohol. Entonces me dijo que había pasado un mozo y agarró un whisky; Y que más tarde pasó otro, y agarró otro whisky. Mientras hablada yo pensaba ¿qué iba a salir de todo eso? Continúo contándome que se acercó a la pileta, que estaba surcada por puentes por donde la gente pasaba, y que todos empezaron a nadar. Y que había siete u ocho pendejas desnudas tiradas en el agua. Le dije: “¡Qué bueno! ¿Y vos que hiciste?”. “Yo me puse en bolas y me tiré también”, me dijo. Imaginate a un tipo como él, de más de 40 años en ese momento… Imaginate como lo habrán sacado de esa fiesta inolvidable. En eso me pregunta: “Víctor, ¿qué hago?”. “Volvete ya”, le dije. Lo bueno de Pappo era que no tenía filtros. En una situación como esa, a todos nos hubiera gustado tirarnos en bolas a la pileta con las pendejas pero sabés que no lo podés hacer. Él iba y lo hacía. Siempre admiré esa parte de él y nunca me reí tanto con otra persona como con Pappo.

¿Qué fue lo primero que te llamó la atención de la música argentina?

Lo que me hizo dar cuenta de que había rock acá fueron Los Gatos con “La Balsa”. Así que fui corriendo a comprarme el simple. En realidad, lo que más vendió fue el riff de bajo de Alfredo Toth, un gran amigo, y el tema, por supuesto. Luego todo lo que pusieron en la película esa [Tango Feroz] fue una farsa total.  A Tanguito, lo conocí. Era un tipo que vivía en otro mundo…

¿Cómo te llevás con el rock actual, escuchás algo?

El rock ya ha pasado su mejor momento. Eso no quiere decir que haya desaparecido. Pero ni siquiera en el norte hay novedad. Todo lo maneja el sistema, que se dio cuenta que era mucho más  barato traer un disc jockey porque además la música pasa a un segundo plano cuando a cada asistente le regalás una pastilla de éxtasis. Al sistema le resultó mucho más barato solo traer a dos personas, la bandeja ya estaba en el lugar, y así se puso de moda la música electrónica. Yo sé que son épocas, la música va cambiando con las modas. Me acuerdo que en una época hubo un gran momento de la cumbia que luego se acabó. En ese momento los Wawancó tenían mucho éxito, el cantante se llamaba Hernán Rojas y era buenísimo. Alguna vez, esperando un avión, hemos viajado con ellos y los tipos tocaban muy bien. Nada que ver con algunos que hay ahora, gente como L-Gante, de los que no quiero hablar porque no valen la pena. Creo que lo que hacen es simplemente un invento del populismo pero eso no tiene nada de música, las letras son cada vez más ordinarias. Para mí el rock siempre fue como una rebelión contra el sistema y todo eso. Sin embargo, rescato a gente como WOS porque tiene una buena banda por detrás. Entonces ahí te das cuenta que cuando un tipo hace las cosas bien y tiene buenos músicos, es otra cosa. A mí los que van con una computadora nomás no me gustan… Eso ya lo vi hace mucho, sé que esa onda de la música y pastillas viene de afuera. Es más, me acuerdo que una vez uno me convido una pastillita de esas y al rato yo también estaba bailando como loco entre toda la gente… (risas) O sea lo respeto pero no es lo mío. En Inglaterra o Estados Unidos también pasa, cualquiera en un laboratorio hace esas mierdas y después termina muriendo mucha gente. En el libro digo que no le recomiendo absolutamente a nadie que tome ninguna droga. Volviendo a eso que me preguntabas al principio acerca de si me gusta el rock actual, te cuento que durante dos años fui jurado de Rock del País y vi muy buenas bandas de todos los estilos. Desde bandas pop como Soda Stereo a estilos mucho más heavy. Muchas buenas bandas no están en ningún lado porque el sistema agarra pibes que no tocan bien y que solo aspiran a ser famosos y los terminan usando hasta que no le sirven más. Claro, hay excepciones, no podemos generalizar pero  el nivel cultural, económico y social de la Argentina en los últimos 20 años ha involucionado de una forma terrible.

¿Cuáles son tus proyectos?

Más que proyectos tengo realidades. Tengo una banda nueva. Ahora estoy con Alejandro Soto en la batería y dos hermanos que se llaman Los Leones, que hacían country rock, porque [Gabriel] Carámbula se abrió de lo que veníamos haciendo, igual seguimos siendo amigos, no hay ningún problema. Con Soto y Los Leones estamos ensayando a pleno para salir con todo a las pistas. Aunque es un proyecto nuevo suena realmente muy bien, porque Los Leones, aparte de tocar la guitarra, cantan muy bien y le estamos dando mucha importancia a las voces. Eso es algo poco común en el rock, no hay muchas bandas que canten bien, y nosotros queremos tratar de lograrlo.

¿Cómo hacés para estar tan bien? Se te ve intacto a tus 74 años.

Por supuesto que en el libro no quise hacer ninguna apología acerca de lo que es la droga. Aún, conociendo y probando de todo, siempre he tenido límites porque a las jeringas –salvo que sean vacunas- siempre les hui porque rompen a la gente, son terribles. En realidad, si vos comes un poco menos pero comes y dormís y tenés límites, la podés pasar bien.

Me acuerdo la puesta en escena que hicieron con Riff en el programa de televisión de Sandro en 1990… parecía Mad Max…

Sí, dentro de lo normal, dentro del subdesarrollo, por supuesto, porque había un Fiat 600 prendido fuego. El público estaba entusiasmado. Sandro, como el gran artista que era, se hizo esperar como una hora y media. Si bien lo acompañamos haciendo playback para mí fue un honor. Para su cuadro hizo poner tambores de aceite con fuego y salió con un tapado exótico de chinchillas. Él tenía que ser más heavy que nosotros y matarnos el punto, y lo logró. Está bien. Yo lo entendí, lástima que exageró mucho…

Tus discos solistas están buenísimos y son materiales que pasaron medio desapercibidos.

Sí, totalmente, muchas gracias. Vos sabes qué grabé tres discos y ahora los reeditó RGS Music. Algo que le agradezco mucho al disquero Andrés Galante que es el CEO del sello. Porque esos eran discos que yo oía a veces acá en casa con algún amigo y seguía tan conforme con ellos como cuando los grabé. Me gusta mucho el bombo sonando fuerte y la ecualización que tienen.

¿Vos tocaste con Luis Gambolini, el famoso baterista de comienzos de los 70?

Sí, por supuesto. Con Gambolini nos encontrábamos y venía a mi casa a escuchar Grand Funk, una banda norteamericana que duró poco. Luego tocamos en un show con Edelmiro Molinari, en donde nos llamamos Color Humano, y salimos los dos corriendo de ahí. Pero tengo entendido que Luis se fue inmediatamente a Suecia. Ojalá le haya ido bien porque era muy buen baterista.

¿Nunca te pusiste a pensar que cerca estuviste de formar parte de Bad Company?

Sí, hasta Paul Rodgers, después de tocar un buen rato, dijo “He fits in a way”, como diciendo que encajaba de alguna manera. Pero el baterista Simon Kirke tocaba mal y no me podía prender con él. Por otro lado, estaban esas cosas de las que no te das cuenta cuando sos muy chico como que los tipos pusieron un bajista norteamericano porque querían entrar al mercado de los Estados Unidos. Son cuestiones geopolíticas de las que uno no se daba cuenta pero está bien, son movidas estratégicas, inteligentes, que sé yo. Y además, en aquel momento, cuando estaba viviendo en Inglaterra, acá había gobiernos militares, algo muy mal visto allá. Así que bueno, es historia. De cierta forma me alegro porque no sé si hoy estaría vivo de haber seguido tocando allá. Me di cuenta que era muy difícil entrar en ese medio, siempre iba a ser un extranjero. Tampoco me sentí nada bien cuando por un corto tiempo aspiré heroína. Así que pensé, “si tengo que tomar esto para sentirme bien acá, mejor me vuelvo a mi país”. A mí nunca me gustó depender de ninguna sustancia. Ese es el tipo de decisiones de las que estoy contento porque sigo haciendo lo que me gusta aceptando mis limitaciones pero cada vez un poco mejor y me siento íntegro, lucido.

¿Y qué bajistas tenés de ídolos?

Mirá, en un momento Jack Bruce me inspiró mucho, el de Aerosmith [Tom Hamilton] también, pero después me di cuenta que no soy un virtuoso para nada pero estoy más orgulloso de haber creado un estilo que de tocar bien. Pero ¿sabés qué? Donde subo a tocar, cambia todo y suena bien. Toco con púa, porque me gusta más cómo suena, define mejor, y soy [de bajo] Fender. Con púa es más rockero. Además tenés más agudos que hacen percusión. Soy de la idea que la base no tiene por qué lucirse, la base tiene que ser poderosa. Y bueno, en aquel momento, y con unos buenos arreglos de guitarra, ya estaba. Y acá casi nadie hizo eso, y con Riff sí lo hicimos.

FOTO: Germán Adrasti

Hay una pregunta que hago siempre y me gustaría hacerte: ¿Qué tema de otro te hubiese gustado componer?

De acá me gusta “Sucio y desprolijo”. Hice una versión que a mí me gusta más que la original de Pappo. Obviamente, se la admiro porque es un riff que podría haberse hecho la semana pasada. Es totalmente actual. Sin embargo, googleá la versión que hicimos con Viticus. Y después qué sé yo, voy a exagerar, pero claro que me hubiera gustado haber hecho algo como “Hotel California”. Aunque no sea, justamente, el estilo que hago, me encanta. Ese es de esos temas que suenan como si lo hubieran hecho hace tres días, además la letra de “Hotel California” es una de las mejores de todas las épocas. Por supuesto, también me hubiera gustado componer otros temas más, algunos de AC/DC, en fin.

Un mérito que le encuentro al libro es que no es una autobiografía lavada, como hay varias que salen al mercado editorial, que terminan resultando fantasiosas.

Mirá, lo que te puedo asegurar es que todo lo del libro es muy sincero. Es real. Me hago cargo de todo lo que hice y no se lo recomiendo a nadie. Es como un libro de autoayuda pero al revés. No recomiendo a nadie que haga todo lo que hice o que pase por todo lo que pasé. Salió una crítica en Clarín que me dio gracia porque decía que yo había inventado un nuevo estilo literario que se podía llamar “realismo trágico”, lo cual significaba que empezabas a leer algo espeluznante y después de tres líneas te salía una mueca de una pequeña sonrisa y terminabas a las carcajadas. Y eso es porque me siento orgulloso de haber podido contar, una vez superadas, todas cosas horribles que me pasaron, haber podido relatarlas con sentido del humor porque eso es lo bueno para entretener y divertir a la gente. Ya tenemos tantos problemas encima.

Emiliano Acevedo




lunes, 8 de mayo de 2023

ANTI - ACADEMIA DE ROCK, entrevista a Emiliano Scaricaciottoli



En 2022, el sello Clara Beter Ediciones lanzó Contra la moderación. Del Rock mayúsculo a la bifurcación de senderos, un trabajo que apoya sus bases en la investigación y en el análisis para ofrecer un conjunto de ensayos de crítica política de la cultura.

El libro incluye once capítulos en los que se analizan problemáticas que atraviesan al rock en la actualidad y a través de diversas vías propone seguir discutiendo a este género musical cuya importancia a nivel social y cultural no ha perdido vigencia.

Este volumen fue compilado por el licenciado y profesor en Letras Emiliano Scaricaciottoli, quien forma parte del Seminario Permanente de Estudios sobre Rock Argentino Contemporáneo (SPERAC), un espacio académico nacido hacia fines de 2018 como una propuesta de indagación y abordaje, de intercambio y discusión sobre los que nos apasiona, el rock.

Así, les presentamos la interesantísima charla que mantuvimos con Scaricaciottoli sobre este nuevo material.

ENTREVISTA> Este libro completa una trilogía, ¿no?

Sí, el primero fue Las Letras de Rock en la Argentina que publicamos, en 2014, con Oscar Blanco por Editorial Colihue. Ese primer trabajo, cuyo recorte abarca de 1983 a 2001, fue producto de algunos seminarios que estábamos dando, también, acá en [la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en] Puán para la carrera de Letras pero viene de un recorrido de investigación que se inició en el año 2006. Ese libro rompió con lo que se venía haciendo en crítica cultural de rock que era más un análisis sociológico y periodístico. Nosotros, en cambio, la encaramos desde un punto de vista literario y ensayístico.

El segundo libro, La Campana de la División, salió por Clara Beter bastante tiempo después, a fines de 2020 o comienzos del 2021, con el afán de continuar aquel trabajo que había llegado hasta el 2001, y tomando como punto de inflexión ese año por lo que significaba el Siglo XX, nos propusimos observar el período que va hasta el 2015 aproximadamente, y la llegada del Macrismo.

Este trabajo se hizo con parte del equipo de investigación que habíamos conformado con Oscar en aquel momento y con otros investigadores independientes con los que había trabajado en algún momento. En el proceso de elaboración de ese libro, propongo hacer un seminario permanente de estudios sobre rock que tenga una pata en publicación y que pueda hacer actividades de educación, de extensión también. Así se forma el SPERAC. Algo parecido al proyecto que vengo llevando adelante con el GIHMA [Grupo de Investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal Argentino], desde hace 10 años. Son proyectos que tiene varias patas: publicación, escritura asidua, trabajo interdisciplinario. La única diferencia es que en el SPERAC toda la gente que participa salió de la carrera de Letras, o ha pasado por mis aulas como docentes, o hemos hecho otros proyectos juntos en algún momento. Así que ahí se crea el SPERAC, a fines de 2017, comienzos de 2018, cuando empiezo a cranear La Campana… después de aquel libro iniciático que hicimos con Oscar. Contra la moderación, abarca del 2015 los últimos 5 años que es algo que no suelo hacer porque creo que hay que tener cierta distancia con el objeto de estudio.

¿Cómo se fue gestando este trabajo?

El grupo de investigación, la segunda camada del SPERAC, arranca a escribir a fines de 2019 y, lamentablemente, enseguida sobrevino la pandemia pero no frenamos nunca, lo cual fue algo muy sano y alocado al mismo tiempo. Es decir, seguíamos reuniéndonos virtualmente y auto gestionándonos. Hasta ese momento funcionábamos dentro de ámbitos académicos pero no hacia afuera. El SPERAC, como tal, empieza a tener redes en el 2021 por eso, también, sale este libro, que para mí es superior al resto de la saga, y el más traumático, el más jodido, el más peleado como escuela de escritura porque siempre digo que nuestro espacio es una escuela de escritura.

Y un verdadero proceso de aprendizaje, también…

Sí, aunque ahora nadie quiere aprender nada. O sea, la gente tiene como una especie de reduccionismo a la miseria, ¿no? Nadie quiere formar parte de ningún espacio. Mientras menos identificación haya, mejor.  Y aparte todo el mundo quiere ser vanguardia, en ese sentido. Para mí la única escuela de escritura que hay son todos los grandes maestros con los que he aprendido, a muchos los nombro en el libro. De la vieja camada: Nicolás Rosa, David Viñas, el propio Horacio González. De la nueva, mis contemporáneos: Laura Estrin, el propio Oscar Blanco, Christian Ferrer, Néstor Perlongher, también. Es decir, tipos que forman parte de esa generación que uno siente más cerca… Me formé con esa camada de escritores de la [revista] Cerdos & Peces entre la que había ensayistas de la puta madre, ¿no? El propio Enrique Symns, aún con cierta distancia en todo sentido. La irreverencia de esa generación, y de esa revista en particular, para mí fue mucho más fuerte que Expreso Imaginario, Pelo, etc. Creo que esas Cerdos & Peces marcaron. Habría que mirar esa revista como un punto de inflexión porque eso, también, forma parte de la historia del ensayo o de la crítica cultural que uno quiere.

Sería escribir para que duela, una escritura que no complace…

Es una escritura chota. Habrá quien encuentre placer en la escritura, para mí la escritura refiere a todo lo contrario. Laura Estrin, ensayista y poeta argentina, una gran amiga y maestra dice: “La vida es una mierda, escribir te hace un poquitito más feliz…” Aún en el dolor de escribir.

Sumado a esto, se me ocurre que debe haber sido difícil escribir  durante la pandemia…

Fue tortuoso. Pero cuando empezó la época del aire libre nos empezamos a juntar en terrazas para terminar de darle la vuelta de tuerca. Finalmente, después de mucho transitar, salió en septiembre de 2022. La editorial Clara Beter apostó a que se publicara este libro y le puso mucho el cuerpo y el bolsillo, también. Este material tiene ilustraciones de Tamarah Heyob que es una tatuadora francesa, fotografías de Andrea Meikop.

La tapa del libro es muy potente visualmente…

Sí. La ilustración de tapa, que hizo el ilustrador Faka Giglio, es Charly cayendo con otros. Está muy buena. O sea, fijate que está cayendo con Pappo, con Palo Pandolfo, con Pity, con Juanse… está cayendo con otros porque es como la gran caída de las referencias, el ocaso de los ídolos. Una escena que, al menos yo, observo. Considero que, si bien el rock no está agotado, la bifurcación de senderos a la que refiere el título del libro como concepción sobre el rock contemporáneo, tampoco sé si es rock. Creo que el rock está mixturado con otras músicas y con otras expresiones que han mutado en otra cosa.

¿Cómo es eso?

Creo que, a veces, es forzado llamar rock a algunas poéticas. Es decir, con el afán que no muera, mantenemos la denominación para que siga vivo. Tenés el cadáver ahí, y vos decís “pero suena igual, suena bárbaro”. Sí, pero ¿cuánto hace que lo tenés con electroshock y enchufado a 220 para que no muera? Hay expresiones, por ejemplo, que están en este libro dentro del rock, que para mí, claramente, no lo son y no es que no lo son por una concepción nostálgica o conservadora sino porque quieren ser otra cosa. Como el trap, por ejemplo, que quiere ocupar espacios del rock pero siendo otra cosa.

En este libro se celebra la división sin dejar de alertar al mismo tiempo que esa división, esa fragmentación, esa atomización gigantesca, no genera colectivos de identificación, genera colectivos de miedo, de abroquelamiento, en algunos casos de corrección política, en otros, de arrojo, sí, esto es interesante pero son ganados por el mainstream rápidamente. Entonces, desconfío un poco de que cualquier cosa que se atribuya el mote de rock, lo sea. También, desconfío del vejestorio que dice “rock es Bowie”, rock es esa imagen de Keith Richards tomándose una birra en el balcón, que me encanta pero tampoco quiero quedarme con eso. Así que estamos en un momento de división de aguas.

¿Cómo diagramaron el libro? ¿Cómo fueron delimitando los objetos de estudio?

En el libro anterior lo que habíamos sostenido era que no se podía mapear al rock argentino en la contemporaneidad y por eso, habíamos trabajado con autores o en con la categoría de autor. En este, había que tratar de meterse con los “géneros” que nosotros denominamos poéticas o cajas. Entonces se pensó en una lista de géneros que se desprendieron del rock. Y a partir de eso se planteó una consigna muy básica que fue tomar una caja y ver qué es lo que pasa dentro de ella, tomar un género y ver qué es lo que sucedió en los últimos cinco años con su historia, su genética, con su ADN, los linajes, las facciones que se van dando y cómo se llega al presente.

Hay trabajos de escritura colectiva, también…

Sí, hay trabajos a cuatro manos, como en el GIHMA, por eso tardamos en terminar el libro. Obviamente, había algunos investigadores que ya venían con ciertas ganas de trabajar con un género en particular y, como siempre decimos, tenemos que tener estómago amplio y laxo. Acá no producimos por una noción de gusto. Nosotros nos metemos adentro de una caja y trabajamos con eso: ir a recitales, transitarlos, patearlos, escuchar muchísimo, leer muchísimo, meterse. En principio, cada uno trató de elegir el género que más le interesaba para poder abordarlo. Después, a partir de ahí, obviamente, quedaron muchos géneros afuera. Por ejemplo, la música electrónica, que estaba muy agenciada con el rock y que vendrá en algún próximo capítulo. Hay varias cajas mayúsculas que quedaron afuera. Pero la gran mayoría que están acá está bien que estén. Y eso fue lo más genuino. Uno podría decir que hay cajas que están agonizando: como el blues, el punk… No, se pueden construir en nichos pero no están agonizando.

¿Cómo sería?

Si algo estuviera agonizando habría que pensar en el rock en general pero no. Tampoco hay ningún género o subgénero o poética dentro del rock que esté descollando. Lo que está claro es que todos se abrazan al trap como si fuera un salvavidas en medio del océano para poder sobrevivir. Y a mí me parece un grave error porque borra las veredas y construye la fantasía de un imaginario comunitario que se auto protege, de cuidado, de la demonización a Cromañón, de la demonización a las “cuevas”. Mirá, el 13 de julio pasado, que fue el Día Internacional del Rock, nos invitaron a una charla en el espacio cultural Jungla, en Capital Federal, y si hay algo que sostengo es que Cemento fue vital. Cemento y Arlequines fueron espacios importantísimos para mi configuración identitaria, para mis peleas identitarias, para vivir lo alternativo entre fines de los 80 y comienzos de los 90. Yo me formé ahí. Reivindico las cuevas. No las cuevas porque éramos menos. Las cuevas porque vos en una misma noche en Cemento veías tocar a Hermética, a Todos Tus Muertos, y capaz que tenías a [Francisco] Bochatón haciendo algo y más tarde, no sé, aparecía Fabiana Cantilo. Todo en la misma noche.

O en el Roxy…

En el Roxy, ¡sí! O sea, lo que falta hoy es circuito. El circuito actual lo construyen las grandes marcas. Entonces, se perdió la ritualidad porque se perdió el cuerpo. Lo tecnovisual perdió el cuerpo. Y ese es el gran problema del presente, ya no sólo del Rock sino a todo nivel. Hoy en día pensar una banda en ausencia del cuerpo, pensar un recital en ausencia del cuerpo, es un problema. Lo vimos durante la pandemia. Eso fue el streaming que, al mismo tiempo, implicó una solución para muchas bandas que murieron en el camino y para muchos músicos. Pienso en los músicos que perdimos. En Willy Crook, en Palo Pandolfo, en Pato Larralde, en Rino Raffanelli… Y otros antes, como en el caso de Gabo Ferro. Y eran tipos que estaban en un momento de una madurez interesante… El mismo Bin Valencia, el baterista de Almafuerte. Y bueno, así va cayendo, también, una generación que estaba en cierto zenit.

Me gustó una frase que dijiste en la presentación del libro: “Escribimos, pero no porque estamos aburridos”. ¿Contra quién es eso? ¿Contra el periodismo especializado?

No, es contra del efecto de cientificidad. Contra los boludos que ganan becas y hacen seminarios de posgrado en las universidades y meten al rock porque están aburridos. Después hay un periodismo berreta. Hay un sector FSOC berreta que le saca jugo a la piedra para hacer un nicho. Nosotros no hacemos esto para llenar líneas del currículum vitae. Eso es lo que la gente no entiende. ¿Sabés lo que nos cuesta explicar la propuesta? Para el “académico”, el rock debería ser un objeto de estudio distanciado, que hay que analizarlo, que hay que desmembrarlo, desmenuzarlo, ¿no? Lo puede ver con frialdad, no se involucra. Vive en esa distancia, en esa proxemia permanente. El periodista especializado está necesitado del enciclopedismo, lo sabe todo, lo conoce todo… Es Pierre Menard, ¿no? O sea, no olvida nada. Y con eso le basta. Con todo mi respeto a grandes maestros como Alfredo Rosso, Claudio Kleiman, ellos no hacen lo mismo que nosotros. No es que estamos aburridos del periodismo y entonces dijimos, “bueno, vamos a hacerlo nosotros”. Escribir es un ejercicio de la pulsión de vida y de muerte al mismo tiempo. Entonces, no es para hacer un seminario y una beca o para crear un espacio de reivindicación dentro de la universidad. Yo reivindico a la facultad que crea el under. En una época la facultad era el under. Ahora la facultad es un espacio alejado de la calle y lleno de clichés. Cuando estaba hablando de eso, me estaba refiriendo a la cultura de la cancelación, a estos sectores políticamente correctos a los que les conviene ahora… El [libro] Charly Queer. ¿Qué boludez es esa? ¡Por favor! A cómo ciertos sectores, de esa vanguardia progre, necesitan levantar a alguien, a algún muerto, a alguno de los que se están muriendo, de los que están cayendo para decir: “pero este queda vivo, este era sano, loco”. ¿Sano de qué? Eso del rock con profilaxis a mí me da por el quinto forro de las pelotas. Pero bueno, a eso me refería.

¿Cómo dialogan entre sí los capítulos del libro?

A veces, hiper vinculándose porque cuando uno habla del punk, del hardcore punk, o del metal cristiano, por ejemplo, hay zonas de diálogo. A veces son ejes: el cuerpo, la muerte, el baile. Ejes a través de los cuales los capítulos van dialogando entre sí. Y a veces no sé si hay diálogo. Creo que son como mantras, por eso todos los ensayos tienen una imagen de ingreso y una imagen de salida realizadas por Tamarah Heyob. Y más que dialogando, a veces, están discutiendo. Cada capítulo está armando un rancho, ¿viste? Yo te decía lo de las veredas… Bueno, cada capítulo está armando una vereda. No voy a decir que todos los capítulos están ecualizados. No creo que pase eso. Creo que cada capítulo es una guerra, una gramática de la guerra diferente. Cada uno mantuvo una guerra con sus propios demonios como escritor y una guerra al mismo tiempo contra lo que te dicen que es el género. Cada uno la fue llevando y viviendo en su propio cuerpo, también, en su propia escritura. Hay escrituras que son un poco más livianas y otras que son más violentas, más verborragicas.

Es muy superadora la idea que el libro plantea sobre cómo se reconfigura el rock a partir de ahora y no se queda solo en la premisa que ha muerto…

La idea es ver cómo se vuelve a escribir permanentemente, cómo se vuelve a llenar ese axioma rock. Qué se descarta, qué se suma, qué se sostiene, permanentemente. Creo que es una acción vertiginosa. El rock más que ir hacia adelante va, fuertemente, en picada. Y en ese “ir en picada”, a veces, como decía Simon Reynolds, retromaníacamente mira por el espejo retrovisor y dice: “uy, mira todo lo que nos perdimos…”, y reescribe lo que ya pasó como si fuera una verdad. Me parece que estamos viviendo un momento en el que nos gusta mucho el pasado, me incluyo. No creo que sea un error mirar el pasado para pensar el presente, al contrario. El error es ganar siempre el futuro sin mirar el pasado. Solo ser vanguardia porque creo que muchas vanguardias están atrás. Eso es algo lindo que permite este libro: Hacer un recorrido por bandas o por autores que de repente no tuvieron el lugar dentro de la historia de sus géneros. En ese sentido, fueron bastardeados o ninguneados por la propia crítica musical, por la propia sociología de la música. Entonces, en el libro, se habla muy poco de Charly, de Juanse, de Iorio. ¿Por qué? Porque una política que tiene el SPERAC es la del parricidio. Es decir, desprenderse de las grandes referencias. Si no matamos a los padres, simbólicamente, quedamos fagocitados detrás de su historia. Hoy en día, pasa que escuchamos un montón de bandas o artistas que suenan o quieren sonar igual. Un gran referente en el plano de la producción musical, Alejandro Taranto, dice algo que considero vital: desapareció la figura del productor. Hoy, el productor no es músico si no que es un CEO de una compañía musical. Entonces al desaparecer los grandes productores desaparecieron las grandes diferencias, también. Es decir, que al escuchar un álbum uno pueda darse cuenta la mano de qué productor está por detrás. Bueno, me parece que esa generación que es la generación de los productores se fue perdiendo y al irse perdiendo, también, se va agotando cierto frenesí que tenía el rock.

También veo otra tendencia que consiste en apuntar al single, en busca del éxito inmediato, y no a la obra.

Esto que señalás es brillante. ¿Quién escucha hoy un disco de punta a punta? ¿Qué banda piensa en la obra? Podríamos decir que una banda como Divididos piensa en una obra pero piensa en su obra entera. Dentro del rock siempre estuvo la idea de “pegarla” que era que pasen tus temas en la radio, y después te hacían una nota o salía algo sobre vos en otro medio. Pero lo que “pegaba” era el disco. Los discos eran lo que marcaban un antes y un después. Cuando pienso en  2001, pienso en discos como Jessico de Babasónicos; Efecto Tequila de Lethal Silver Sorgo de Spinetta; Intoxicados con ¡Buen Día!… Estoy pensando en discos puntuales que marcaron época y ahora estamos pensando en canciones. Bueno, eso tiene que ver con la tendencia actual: la playlist.

Sí, un poco lo que me decías del rock subiéndose al terreno del trap…

Claro. En el libro, el ensayo de Celeste Semcoff marca este punto. De ese capítulo, mi conclusión es que el trap no forma parte del rock, forma parte de una tendencia hegemónica e irreversible sin duda. Ahora, ¿por qué el rock ha buscado o, en todo caso, sigue buscando en el trap cierta trascendencia? Vos fijate que estamos, también, en la época de la vuelta de grandes bandas. O sea, desde Lebón y compañía a bandas que se volvieron a juntar para ver cómo rascar la olla. Por ejemplo, lo que pasó con Riff fue un bochorno. Bueno, y antes de eso, lo de Los Violadores que, en un sentido, terminó siendo un poquito bochornoso, también. Me parece que es como no poder dejar atrás lo que se fue. En mi caso, que escribo sobre rock pero me especialicé puntualmente en el heavy metal, celebro que Almafuerte no se haya vuelto a juntar y no se junte nunca más. Eso es lo más sano que les puede pasar a los músicos. Al Tano Marciello, por ejemplo, que es para mí el mejor guitarrista que tuvo nuestro país en los últimos 25 años, le hizo bien la separación de Almafuerte porque puedo mostrar su música, mostrarse él y, por otro lado, despegarse de la decadencia de Iorio, también. Hay bandas que, sanamente, se separaron como le pasó a Attaque y que frenaron a tiempo. Frenar a tiempo o de manera abrupta pero frenar y asumir que duró lo que tenía que durar y está bien que así sea.

Y, como decíamos antes, el fenómeno de David Lebón funciona porque es mainstream. Le dieron un Gardel de Oro a un disco de reversiones y eso…

Claro, es un refrito pero estamos en la época del refrito. Estamos en una época donde se dice que ya se hizo todo. Después está la crítica a aquellas bandas que hacen siempre lo mismo. Pero, si lo pensás, son bandas que no se traicionan no que hacen siempre lo mismo, que encontraron el deseo ahí y no se traicionan como pasa con la 25, con Ojos Locos… Algo de esto dicen Daniel Talio y Celeste Semcoff en un ensayo de este libro. Hay bandas que no tienen por qué correrse de su propia historia. Cuando no te da la nafta o no tenés qué decir, empieza el refrito. Nebbia lo hizo hace un par de años. Ahora se celebran los 25 años de tal disco, los 30 años de tal cosa… 85 mil veces La Biblia, de Vox Dei. Pero eso aunque tenga actualidad no es algo novedoso. La novedad es lo que no se vio en su momento porque el mainstream o las productoras no lo permitieron o porque para los ojos de la cultura no era conveniente. Por ejemplo, hay bandas que murieron tempranamente y que hoy, lamentablemente, no se pueden juntar con todos sus integrantes. Por ejemplo, en Todos Tus Muertos se murió Gamexane y no lograron la reunión de una gran banda que en su momento fue fundamental para toda una generación pero creo que tenían un techo al que todavía no habían llegado y se cortó ahí. Entonces, es bueno volver a aquellas bandas que fueron vitales en una época. Otro ejemplo son Los Encargados. Ahora salió un libro lindo, de la editorial Vademécum, sobre Don Cornelio y La Zona que fue una banda que murió para que naciera algo que para mí fue superior, Los Visitantes.

Me vienen a la mente grupos como Los Pillos, banda de culto.

De culto, claro, pero de culto que no están en la historia mayúscula del rock argentino. Olvidate. Ahí vos te das cuenta y decís “esto no puede ser”. También, hay un cierto ensimismamiento de editoriales que respeto pero de las que me distancio como el Gourmet Musical, que quieren todo, todo lo nichean, viste. Todo tiene su historia, ahora todos abren y clausuran todo. Eso es trabajar con lo mainstream, excepto algunos libros interesantes que salieron como el de Gito Minore sobre la faceta electrónica de Cerati. Ahí está el hueco. Me parece interesante sacar el Cerati de Soda y empezar a pensar en ese artista que cruzaba la cordillera de un lado para el otro y que formaba espacios desde otros circuitos, en su agenciamiento con Melero y de ahí en adelante toda una proto historia. También, lo que hace [Norberto] Cambiasso con los dos libros de Vendiendo Inglaterra por una libra. Porque eso es pensar o mover el ojo hacia un lugar que no estaba trabajado, y avanzar hacia ahí. Con Oscar hicimos eso. Dijimos: “che, el rock argentino hasta el 83 está híper laburado. Miguel Grinberg, [Carlos] Polimeni, Fanjul, Pujol, miles. Pensemos del 83 en adelante en aquellas bandas que no están tan trabajadas” Justamente, tengo una obsesión con los 90 porque me parece que, sobre todo la segunda mitad hasta el 2001, un montón de bandas quedaron trabadas y no pudieron superar la profunda crisis que tuvo lugar en ese año.

Hay una parte del libro que habla de tango…

Sí, aparece en el capítulo que escribe Carla Daniela Benisz porque habla sobre orquestas. Pero no solamente de tango. Ahí se aborda a La Delio Valdéz, La Fernández Fierro, Las Taradas, una orquesta de señoritas. O sea, también, porque volvió el bolero o el tango al rock como el folclore, en el caso de Los Mutantes del Paraná, por ejemplo. Entonces hay bandas que se conforman a partir de la noción de orquesta. Hace tiempo que el rock rehabilita al tango aun con productos que detesto como Bajofondo. Todo lo que Santaolalla toca, es para destruirlo. En esos  productos, el rock rehabilitó y renovó, también, la escena. Porque hay muchos tangueros que vienen del palo del rock, como Cucuza Castiello aunque no, necesariamente, hagan rock. El tango se rockerizó, si lo querés ver así. Eso es celebrado pero me parece que es un periodo que ya está agotado. Me parece que después la orquesta se forma dentro de un espacio latinoamericano, a escala continental como La Pequeña Orquesta Reincidentes que es la banda fundamental que trabaja Carla Daniela Benisz en ese ensayo que está muy bien.

¿Qué viene después de este libro? Porque vos dijiste, esto es una trilogía, termina acá… ¿Y qué vendría después? Porque el SPERAC va a seguir.

Sí. El grupo del seminario va a seguir y va a seguir la escritura que es vital para que el grupo continúe vivo y para que avance. Sin embargo, me parece que todo espacio de escritura necesita oxígeno y en estos últimos años, sobre todo del 2014 para acá, he publicado mucho y muy vertiginosamente. Así que creo que viene un momento de respiro, de amplio respiro para poder leer el presente, también para poder ver hacia dónde van los movimientos y para ver, efectivamente, si estas tesis que nosotros venimos sosteniendo se comprueban o no. Creo que uno tiene que desmentirse permanentemente, y cuando digo desmentirse me refiero a poner en crisis aquello que ha sostenido en un momento determinado para no creársela y quedar como un estúpido diciendo “soy vanguardista”. No, no. Creo que hay que re visionar. Si Contra la moderación revisa las tesis de La campana de la división y La campana de la división revisa las tesis que habíamos pensado con Oscar Blanco en aquel 2006-2007 cuando empezamos a escribir sobre las letras del rock en la Argentina, me parece que en la contemporaneidad hay que oxigenarse. Esa velocidad de la que hablábamos antes, hay que frenarla, dejar pasar unos años en los que la escena, también, se pueda reordenar para ver hacia dónde va. Creo que hoy ella está muy viciada por ciertas tendencias y me parece que más que nunca hay que volver para atrás y ver en esas historias del rock argentino qué es lo que quedó. Hay un gran libro de rock sinfónico argentino, que salió por Disconario, que es una editorial por la que he publicado. Ese libro que hicieron Miguel Ángel Dente y Daniel Ferrero me pareció una gema. Miguel hace un trabajo de dirección genética, de mirar para atrás. Creo que hay que hacer ese tipo de laburo. A mí no me sale, yo necesito intervenir. De todas formas, creo que hay que volver a esas bandas que fueron vitales para una época, para crear una escena pero que por otro lado, no tuvieron prensa ni eco. Es decir que, adelantados cinco pasos de su presente, se agotaron. En algunos casos, se extinguieron y en otros casos, mutaron a otra cosa. Me parece que hay que volver al origen y desde el origen pensar aquello no leído para construir desde ahí. Creo que la fuerza del SPERAC para leer su propio presente se agotó y ahora, hay que tomar una distancia muy larga. Con lo cual si volvemos a intervenir/escribir dentro de un par de años, tiene que ser a partir de los agujeros del pasado que la cultura no quiso o no pudo leer.

Emiliano Acevedo