sábado, 23 de enero de 2016

ÁNIMA BENDITA: Luis Alberto Spinetta



Ilustración: Ariel Tenorio (http://ccelrock.blogspot.com.ar)
Ir a ver a un show de Spinetta era como concurrir a una ceremonia, un rito. Todos los que alguna vez fueron a verlo en vivo lo saben. Yo recuerdo especialmente un concierto que dio al aire libre en Palermo, en el verano de 1996. Se presentaban Los Socios del Desierto y ahí Luis iba a ofrecer un repertorio en su mayoría inédito, porque aún no había salido el disco de este nuevo power trío. Me acuerdo que, de tan temprano que fui, hasta vi la prueba de sonido. Allí, un Spinetta en bermudas probaba el volumen del sonido y mostraba un poquito las canciones que cantaría más tarde, a la noche. Mientras tanto, varias personas –incrédulas o no-, ajenas a tan magno evento, pasaban caminando por el parque, y lo saludaban. Como de costumbre, alguien le decía: “Flaco, ¡tocá Muchacha…!”; y él amagaba cantarla: “Muchacha…”, para después agregar: “No, esa no la canto ni en pedo…”

Ese era Luis, un tipo sencillo, simple; bien alejado del rockstar pomelomizado o de los delirios del show business. Por eso no era raro de que siempre fuera Spinetta alguien con el que te gustaba identificarte. Lo sentías cercano. Si hasta podías delirar pensando que era un tío lejano o un hermano mayor cuando tiraba la frase "¡¿Y para esto me operé?!", describiendo con humor lo que significaba realizar un esfuerzo en vano. Por otro lado, escuchando sus discos uno podía aprehender (y aprender, también) bastante de su esencia artística, a partir de su poesía e iluminaciones. Era un artista con todas las letras, único; indescifrable. Un tipo que mutó todo el tiempo, y que hizo casi todo bien. Quizás, el único artista que se le parezca (a nivel internacional, y salvando las distancias) sea David Bowie, otro camaleón que se paseó con soltura por innumerables estilos. Sin embargo, lo de Luis no tiene parangón, y está más allá de cualquier comparación caprichosa. Por eso uno se sentía parte de una elite escuchando sus álbumes. Hiciese el estilo que fuera (la psicodelia de Spinettalandia, el jazz rock de A 18´ del Sol, o el rock pesado de Pescado), la suya, no era una música para cualquiera, aunque, a veces, hubiese escrito muchos temas exitosos que sonaban en la radio.

Los discos de Spinetta se digerían de a poco, degustándolos como un buen vino, apreciando nuevas maravillas musicales y líricas en cada escucha sucesiva. Así, uno se daba porte de ser fan acérrimo de su música, como diciendo: “Sí, yo escucho a Spinetta…”; aunque él (como cantó en “No Seas Fanática”) odiaba los fanatismos. Todos te van a decir lo mismo: “La primera vez que lo escuché, me cambio la vida…”, o cosas parecidas; y parece verso, pero algo de eso hay. En mi caso, la primera vez se dio escuchando “Poseído del Alba”, mortal canción incluida en el segundo disco de Pescado Rabioso. Yo no la escuché ahí sino en un compilado de vinilo (hecho pelota) de mi hermano llamado Alternativa, que traía varios temas de los pioneros del rock de acá. Me acuerdo de escuchar esa letra increíble que decía “Hoy te quiero proponer, que mires en tu mar, mar cerebral…”; y no entender nada. ¿De dónde salía tanta belleza, tanta fuerza? Yo ya había escuchado temas de Almendra en la radio, pero nada se comparó a ese momento único, en que la voz del Flaco empezó a salir por los parlantes de mi Grundig valvular. Fue un mazazo, lo reconozco. Después, lo de siempre: tratar de conseguir todas las demás canciones (y discos) de ese marciano; hasta que un día te encontrabas con un tema de Invisible llamado “Jugo de Lúcuma”, que te partía el cerebro: “Jugo de lúcuma, chorreando en mí. Patas de mueble de bronce, caminan ya…”; antes de terminar preguntándote “¿Qué será lúcuma?”.

Para los que tenemos más de 35 años -y crecimos entre los 80 (plena época casetera) y los 90 (auge del CD)- tratar de completar la discografía de un artista preferido, durante esos años pre Internet, era algo bastante complicado. En resumen, los discos que más te interesaban los comprabas originales; y los que no podías conseguir, alguien te los grababa en un casete. Por supuesto, en el caso de Spinetta, con tantos álbumes ya editados, era inevitable morir en esa disyuntiva, porque, aunque hoy parezca increíble, varios de sus mejores álbumes -como Artaud, Alma de Diamante, Kamikaze o El Valle Interior- tardaron años en ser reeditados en CD. Entonces, te los tenías que grabar en un TDK negrito de 60 o 90 minutos, no había otra. Y así terminabas escuchando, por ejemplo, la extraordinaria “Cantata de Puentes Amarillos” en una cinta ruidosa que amplificaba la fritura del vinilo original -de donde te habían grabado el casete-. Más tarde, la cinta se rompía de tanto escucharla -o el disco terminaba más rayado que la camiseta de Los Andes-, mientras que Luis siempre estaba allí, omnipresente en la fantasía popular rockera argentina.

Bravura, dignidad, admiración… Él siempre fue el emblema, el tipo a imitar. Como esa vez que se puso un guardapolvo blanco y cantó para los maestros que acampaban en protesta frente al Congreso, o esa otra oportunidad en Parque Chacabuco, en otro show, cuando donó su cachet a una institución educativa; para después cambiar la letra de “Despiértate Nena”, diciendo: “Y así verás, lo bueno y dulce que es educar…” Maestro y símbolo, y, por supuesto, divismo: cero. Y ahora que estoy acá escribiendo esto que vos estás leyendo, me parece verlo de nuevo, tocando con Los Socios, con esa potencia rock indestructible. Sus conciertos se volvían un ritual, por eso era fácil encontrar caras familiares entre los asistentes, de tanto verlas, de show en show. Por eso tenías la plena seguridad de que en un momento determinado alguien (el eterno desconocido de siempre) iba a gritar: “¡Flaco, no te mueras nuncaaa…!” (como si eso fuera a pasar alguna vez…); o, también, antes de tocar “Tony”: “Flaco, que Dios te bendiga…” Y siempre habría veteranos que te contaban viejas anécdotas como la de esa vez que subió a tocar con unos guantes verdes, o la otra (durante un concierto de Almendra) cuando se olvidó la guitarra (¡y tuvo que volver a su casa a buscarla…!), o cuando salió al escenario vestido de humanoide…

Y algo de eso había, porque si no era extraterrestre, casi… Sino uno no explicaría la magnitud de semejante obra. Ya lo sabrán -y el que no, se embroma, escucha y aprende-, ni hace falta que te lo diga, pero su discografía es casi toda imperdible, y hasta en sus poquísimos álbumes “discutidos”, como (su disco en inglés) Solo el Amor Puede Sostener o Fuego Gris, hay hermosas canciones que merecen ser escuchadas. Por otra parte, como tantos otros, reconozco también haberme encerrado muchas veces a tratar de descifrar varias de las tapas de sus discos, como esa demencia violenta e impresionante de colores que es la de Desatormentándonos o el collage de Téster de Violencia, en donde se veía la cabeza de Luis iluminada de rojo, luego de haber sido “sacrificada” en algún extraño ritual vudú… Por supuesto, al final, te terminaban gustando todas: desde la del arlequín del primer disco de Almendra hasta su versión computadorizada, 20 años después, (a partir de una vieja PC Amiga) en Don Lucero; pasando por los “patacones” de la portada de Silver Sorgo. Pero para tapas, me quedo con la de Artaud, con esa extraña simbiosis de verde y amarillo, y su forma deforme que no entraba en las bateas; una tapa caprichosa y difícil; pero irresistible, al igual que el contenido musical del disco (más tarde, considerado por muchos como el mejor de la historia del rock argentino).

Aun hoy no pasa un día sin que me resuene alguna de sus canciones, en la distancia; como me pasó aquel lejano 21 de septiembre de 1998, cuando fui a ver un show que dio con León Gieco en Costanera Sur; en donde el viento movía las hojas y te acercaba el sonido distante, a medida que uno iba llegando al escenario, caminando por la calle Vera Peñaloza. Después, llegaría momento del pogo, mientras Luis -junto a Marcelo Torres y el inolvidable Tuerto Wirtz- te partía el bocho con “Sucia Estrella”, “Estás acá” o “Piluso y Coquito”, para terminar con la inmortal “Rutas Argentinas”, en donde todos los pibes cantábamos como locos (y uno sentía que ahí cerquita, arriba del escenario, Luis nos miraba y se reía…) Locura por doquier, y mucho ¡rock! Aun éramos jóvenes y nos comíamos el mundo. ¡Emoción plena! Y ahora que lo pienso me doy cuenta de que solo una vez lo vi debajo de un escenario (en 2003), pero no me animé a saludarlo. Él había ido a ver un show de su hijo Dante, y estaba ahí nomás, a pasitos míos, en el hall del ND Ateneo. Qué sé yo porque, pero no atiné a nada… Quizás, no quería molestarlo con mis cholulismos baratos. Así que, simplemente, lo miré, y me miró (¿Se habrá dado cuenta de cuánto lo admiro?). Pero no le pude decir ni “hola”, ni darle la mano. Luego me arrepentí muchísimo, por muchísimo tiempo. Ahora ya no importa, porque él está acá, en este mismo instante, y seguirá estando: vos ya sabés...

Emiliano Acevedo 


jueves, 21 de enero de 2016

THE EAGLES, Hotel California: ¿Habitaciones infernales? Cómo no...



Editado en diciembre de 1976, Hotel California fue un álbum paradigmático de la llamada Década del Yo. Y no solo por la inclusión de la canción homónima, con la que abre el disco, a esta altura uno de los mayores clásicos de la historia del rock. Este era un tema melodioso, lánguido, y una muestra más del mejor pop de la FM californiana. Pero algo tenebroso se escondía en su letra, a la que varios cultos cristianos describieron como “satánica”. Por supuesto, ya sea que se estuviera a favor o en contra, todo el mundo se preguntaba acerca del significado de la letra de esta canción de The Eagles. Porque aunque no debe ser demasiado agradable quedarse encerrado para siempre en ese hotel, también puede suponerse que este podría no ser más que el relato de un tipo medio paranoico que hace rato que no duerme. Entonces, ¿podríamos decir que “Hotel California” no es más que una fantasía cocainómana? 

Por lo pronto, este álbum fue grabado en una época delirante y llena de excesos, y describía un lugar propicio para el hedonismo: la California de fines de los 70. Recordemos que esos fueron también los años en que artistas emigrados de Inglaterra, como Peter Frampton y los Fleetwood Mac, sorpresivamente, empezaron a vender discos como pan caliente. Por otro lado, aún estaba muy difundida la idea de que “la cocaína no hacía mal”. Claro, una extraña aseveración que duró hasta los primeros años de los 80, cuando muchos artistas otrora exitosos (como la linda Stevie Nicks de Fleetwood Mac) terminaron internados en rehabilitación y/o con un agujero en el tabique nasal… 

Volviendo a “Hotel California”, esta era una canción guitarrera per se, que empezaba con una introducción basada en el contrapunto de guitarras acústicas, a cargo de los dos guitar heroes de la banda: Don Felder y Joe Walsh. Luego de esta intro, aparece la voz de Don Henley (también batería y percusión), más el acompañamiento de Glenn Frey (voz y guitarra rítmica) y Randy Meismer (bajo y coros). Sin dudas, muy alta la musicalidad de este quinteto que sonaba tan ajustado como preciso.

Porque si hay algo que se nota a lo largo de todo el disco, producido por Bill Szymezyk es su perfección sonora, cristalina y accesible a cualquier oído. Y como si esto fuera poco, los cinco Eagles también eran capaces de hacer hermosas armonías vocales, como ocurría en “New Kid in Town” o “Try and Love Again”. Incluso, en el final del álbum (“The Last Resort”), el grupo lograba redondear una canción de tono épico, que complementaba la pretensión musical de otras piezas como la balada “Wasted Time”, que también incluía una compleja coda instrumental con cuerdas y todo.

Incluso el hit “Hotel California” incluía uno de los momentos más recordados del álbum, con su memorable final, en donde Felder y Walsh realizaban un espadeo eléctrico de guitarras, sacándose chispas. Sí, una coda majestuosa; que siempre era, inevitablemente, pisada por el locutor de turno, cuando pasaban la canción en la radio. Sin dudas, ese final en fade es uno de los excesos instrumentales mejor resueltos de la historia del rock, con ese perfecto contrapunto interminable de solos y escalas, que van subiendo en su tonalidad hasta llegar al infinito y más allá... 


Curiosamente, a pesar de su perfección, se cuenta que la banda tuvo un problema cuando estaba grabando la canción en los Criteria Studios de Miami: les fue imposible recrear la coda de guitarras gemelas y la intro acústica con Don Felder tocando la guitarra de doce cuerdas. Entonces, aterrorizado, Felder llamó a su casera en Los Angeles para que buscara el demo que tenía en el estudio y así poder escucharlo por teléfono y ver como lo había hecho. 

¿CULTO SATÁNICO?

Como habíamos dicho al principio, siempre se dijo que “Hotel California” hablaba de la experiencia con las drogas pesadas o del culto a Satanás. Para colmo, incluso, corrió el rumor de que cuando sacaron la foto para la contratapa del álbum -en donde aparecen los integrantes de la banda, rodeados de un montón de gente, en el lobby de un hotel- en la parte superior de la imagen se veía (medio borrosa, eso sí) a una criatura “monstruosa”, asomada por entre los barrotes de uno de los balcones. Se decía que no se sabía quién o qué era eso, porque no había nadie ahí cuando se sacó la fotografía. Finalmente, se aclaró que solamente era una planta... Por supuesto, el baterista y cantante Don Henley, se desligó totalmente del supuesto mote de “satanistas” que les querían poner, diciendo que el más grande éxito del grupo “(no tenía) nada que ver con eso. Solo éramos chicos de clase media del Medio Oeste y esa canción no fue más que nuestra interpretación de la vida de clase alta en Los Angeles”.

En fin, más allá de toda esta confusión, esta anécdota satánica le vino como anillo al dedo para promocionar el single y aumentar la mística de este clásico álbum de los Eagles. Y es que el grupo estaba en su mejor época. Justo un año antes habían editado su primer Grandes Éxitos -a la postre, uno de los discos más vendidos de la historia del rock-, que recopilaba sus primeros cuatro años de trayectoria; y la situación no podría ser más que propicia para la edición de otro bombazo de ventas.

Y Hotel California no defraudaría estas expectativas ya que cortó tres singles súper exitosos (“Hotel California”, “New Kid in Town” y “Life in The Fast Line”), más otras cinco canciones que también se volverían clásicos de la banda; para terminar vendiendo la friolera de 16.826.000 copias del álbum (contabilizadas hasta 2004) sólo en el mercado norteamericano.

Emiliano Acevedo


miércoles, 20 de enero de 2016

ROCK POCHOCLERO: Las Bandas Sonoras de Cameron Crowe



Sin dudas, la vida de Cameron Crowe ha estado desde siempre marcada por sus tres pasiones principales: el cine, la escritura y la música. Ayer un periodista adolescente de rock, hoy un director de cine fino e imaginativo. Pasado y presente de un ex niño prodigio que dejó de lado los planes de su madre posesiva, para que se convirtiera en abogado, en pos de perseguir sus sueños...

Crowe
nació el 13 de julio de 1957 en Palm Springs, California. Poco después se muda con su familia a San Diego, en donde pasará la mayor parte de su infancia y adolescencia. Su padre era el propietario de una empresa de telefonía y su madre profesora de psicología y sociología en la universidad local, así como terapeuta familiar y activista por los derechos de los granjeros. Siendo el menor de tres hermanos, y pensando que Cameron podría llegar a convertirse en un niño prodigio, su madre incentivó su formación educativa y cultural, desde la más tierna edad. Por eso lo hizo saltear el jardín de infantes y dos grados en la escuela primaria, para que fuera el alumno más joven en asistir a la secundaria de San Diego. Como se ve en Almost Famous (Casi Famosos), su madre no le permitía escuchar música rock en su casa (“porque las letras hablaban de drogas y sexo promiscuo”).

Sin embargo, Crowe se las arregló para eludir esta prohibición ayudado por su hermana Cindy que compraba discos, escondiéndolos debajo de su cama, para luego pasárselos a Cameron antes de irse a estudiar a la universidad. Además, siendo aún un niño, Crowe participó de un concurso en la radio ganando entradas para ver a Iron Butterfly. Ese sería su primer concierto. Posteriormente, sus aspiraciones musicales lo llevaran a formar una banda llamada The Masked Hamster. A pesar de esto, las imposiciones maternas para que logre la excelencia académica lo transforman en lo que llamaríamos un nerd. Por eso y, en parte, para compensar su total carencia de contactos sociales con chicos de su edad, Crowe empieza a escribir notas para el periódico escolar, y a los 13 años ya colaboraba en varias publicaciones under redactando reseñas de discos. Para esa época comienza a cartearse con el legendario crítico de rock Lester Bangs, quien había escrito para Rolling Stone y se había convertido en el editor de la revista Creem. Así, gracias a su relación con Bangs, y los buenos consejos que éste le da, Crowe comienza a enviar sus artículos a publicaciones variadas como la propia Creem, Penthouse, Playboy, Crawdaddy, Music World, Circus y el periódico Los Angeles Times. 


Luego de terminar el secundario, a la edad de 15 años, en 1972, Crowe conoce al editor de Rolling Stone, Ben Fong-Torres, durante un viaje a Los Angeles. Este lo convoca para que se una al staff de la revista. De esta manera, Crowe se hará conocido dentro del mundillo del rock por sus famosas entrevistas a figuras influyentes como Bob Dylan, David Bowie, Rod Stewart, Elton John, Todd Rundgren, Neil Young, Eric Clapton, Peter Frampton y Led Zeppelin; entre varios etcéteras. Hasta la fecha, Crowe continúa siendo, el colaborador más joven que haya tenido Rolling Stone en toda su historia. Cuando la publicación decide mudar sus oficinas de la Costa Oeste a Nueva York en 1977, Crowe prefiere quedarse en California, debido a su creciente interés por empezar a trabajar en la industria cinematográfica. Persiguiendo su sueño, participa como actor en un film de 1978 llamado American Hot Wax, pero enseguida decide dedicarse a la redacción de guiones, sin dejar de colaborar en Rolling Stone como redactor freelance.


En 1979, con 22 años de edad, Crowe se muda al sur de California para escribir un libro basado en sus experiencias estudiantiles. El resultado fue Fast Times at Ridgemont High: A True Story (1981), una historia que retrataba de manera excelente como los adolescentes estaban mucho más interesados en el levante que en las cuestiones académicas. La novela fue todo un éxito, y por eso Universal Pictures compra los derechos para realizar la película, contratando a Crowe como guionista. Estrenado en 1982, el film (dirigido por Amy Heckerling)
Fast Times at Ridgemont High (aquí conocido como Picardías estudiantiles) será uno de los más vistos del año. La película estuvo a tono con la moda de principios de los 80, de producciones que trataban sobre adolescentes problemáticos y sus aventuras en la secundaria. Por eso, rápidamente se convirtió en clásico de culto y la carta de presentación para varias jóvenes estrellas como Sean Penn, Jennifer Jason Leigh, Judge Reinhold, Forest Whitaker, Nicolas Cage y Eric Stoltz. Entre ellos se destacaba la actuación de Penn, en el papel de un adorable surfista pelilargo, despistado y porrero, que hacía todo tipo de travesuras menos estudiar. La película, a pesar de su cómica trama, incluía también temáticas que daban cuenta del tedio de la escuela secundaria, las complicadas relaciones entre los chicos y sus padres y el despertar sexual; retratando también cuestiones urticantes como el embarazo adolescente y el aborto.

En lo que respecta a lo musical, la banda sonora de Fast Times at Ridgemont High era un compilado de temas rock y new wave de fines de los 70; incluyendo 19 canciones, algunas de las cuales fueron escritas especialmente para la película como “Fast Times (The Best Years of Our Lives)” de Billy Squire; así como otros temas de pesos pesados de la época como las Go-Go's, Oingo Boingo, Quarterflash, el dúo formado por (los ex Eagles) Don Henley y Joe Walsh, Graham Nash, Jackson Browne, Sammy Hagar, Jimmy Buffet, Donna Summer y Stevie Nicks.

En 1982 fallece su mentor Lester Bangs, víctima de una sobredosis accidental de Valium. En ese mismo año Cameron comienza a salir con Nancy Wilson, integrante de la legendaria banda canadiense Heart. La pareja se casaría en 1986 y luego, en el año 2000, se convierten en felices padres de mellizos. Antes de esto, en 1983, Crowe decide abandonar la Rolling Stone para concentrarse en su carrera cinematográfica. Sin embargo, continuara escribiendo notas en publicaciones y en ediciones de discos para Led Zeppelin, Peter Frampton, Lynyrd Skynyrd, incluso ganando una nominación para el Grammy por su trabajo en el triple álbum que repasaba la carrera de Bob Dylan, una recopilación de 1985 para la cual se le pidió a Crowe que escribiera los textos del libro interno.

Luego del éxito de Fast Times at Ridgemont High, Crowe escribió el guion de The Wild Life una pseudo secuela de aquella. Mientras que el primer film mostraba las vidas de sus locos protagonistas en el secundario, The Wild Life buscó trazar las vidas de diferentes jóvenes universitarios que vivían en un complejo de departamentos. Este film fue considerado de calidad inferior a su predecesor y fracasó. A pesar de este fallo, el director y productor James L. Brooks lo incentiva a ponerse detrás de las cámaras. Así, en 1989, con la producción de Brooks, Crowe hace su debut como director llevando a la pantalla otro de sus guiones originales intitulado Say Anything (Digan lo que quieran). La película estaba protagonizada por John Cusack y narraba los intentos de un introvertido joven por conquistar a la chica más linda del instituto. A pesar de seguir en la senda del cine juvenil, Say Anything tuvo una recepción fría por parte de los críticos, pero se ganó la aprobación del público que, a la larga, la convertiría en un éxito del video y la TV por cable.

En su primer trabajo juntos, Cameron Crowe y su esposa Nancy Wilson, junto a Danny Bramson y Jerry Greenberg, se encargaron de compilar la banda sonora de Say Anything. Nancy escribió, junto a Richard Gibbs y Anne Dudley, la canción principal de la película, y su primer trabajo como solista por fuera de Heart: “All for Love”. También se utilizó la música de Living Colour con una versión en vivo inédita de “Cult of Personality”. Otros que forman parte de esta memorable banda sonora son Red Hot Chili Peppers, Cheap Trick, Joe Satriani, Depeche Mode, Fishbone y The Replacements. Sin embargo, la canción más recordada del film es, sin dudas, “In Your Eyes” de Peter Gabriel; por aparecer en la famosa escena en que Cusack levanta un grabador por sobre su cabeza para hacérsela escuchar a su chica.


En sintonía con el auge del grunge, la segunda película de Crowe, Singles (Solteros), realizada en 1992, centrará su argumento en Seattle. La historia trataba sobre las relaciones sentimentales de seis amigos veinteañeros del lugar y fue protagonizado por Matt Dillon, Kyra Sedgwick, Campbell Scott y Bridget Fonda. También tenía una pequeña aparición en el film Pearl Jam, una banda que empezaba a sonar bastante por aquellos tiempos. Singles se convierte en un éxito por su banda sonora, que incluye temas de grupos grunge de la escena de Seattle como los propios Pearl Jam más Alice In Chains, Soundgarden, Mother Love Bone y Mudhoney. También contenía un cover del clásico de Zeppelin “Battle of Evermore”, por Lovemongers y un tema de Jimi Hendrix; así como una selección de canciones de otros artistas de la época que no provenían de Seattle, como The Smashing Pumpkins o Paul Westerberg (ex líder de The Replacements) quién interpretaba el tema central de la película, “Dyslexic Heart”.

El siguiente proyecto de Crowe será la exitosa
Jerry Maguire, protagonizada por Tom Cruise, Renee Zellweger y Cuba Gooding Jr. Estrenado en 1996, este film llegó a obtener una nominación al Oscar como Mejor Película del Año. Su trama cuenta la vida de un poderoso agente deportivo (interpretado por Tom Cruise) que cae en desgracia al ser despedido por su agencia de representantes y debe re inventarse, aferrándose a la única representación que le queda: un jugador de fútbol americano mediocre (Cuba Gooding Jr). Con esta historia Crowe deja de ser un director representativo de los temas de su generación para enfocarse en otra temática que, en apariencia, no tenía mucho que ver con sus trabajos anteriores. Sin embargo, nuevamente, la banda sonora está llena de música rock y es notable. Para su realización colaboran nuevamente con Crowe, Danny Bramson y Nancy Wilson, quién escribió “We Meet Again”, la canción principal de la película. La banda sonora compila también temas de Bruce Springsteen (quien aporta “Secret Garden”), Paul McCartney (con dos temas de su primer álbum solista: “Singalong Junk” y “Momma Miss America”), Rickie Lee Jones, The Who, Neil Young, Bob Dylan, Aimee Mann, Nancy Wilson y Elvis Presley.

Y así llegamos a la película que muchos consideran como la mejor de toda su trayectoria como director: Almost Famous (Casi Famosos, estrenada en septiembre de 2000). El film fue la culminación de un trabajo de diez años, en el cual Crowe se empeñó en escribir una historia (semi autobiográfica) que diera cuenta de sus experiencias como redactor adolescente en Rolling Stone. La película sería un éxito total de crítica y público y le hizo ganar su primer premio Oscar por Mejor Guion Original y el Globo de Oro a la Mejor Comedia. El film captaba el amor del director hacía la música rock, así como la vertiginosa expectativa, y posterior desengaño que vivió Crowe en los días en que se aproximó a la excitante escena rockera de la década del 70.

La trama de Casi Famosos se centra en la vida de un incipiente periodista quinceañero que miente su edad para lograr que Rolling Stone le asigne una nota para cubrir la gira de un grupo que está a la puerta del estrellato: Stillwater (una banda que en la ficción reúne a chicos malos, y salvajes, al estilo de Led Zeppelin, los Allman Brothers, los Eagles y Lynyrd Skynyrd). Para poder realizar la nota, este chico tímido y apasionado por la música rock, se ratea del colegio y se va de gira con el grupo. En el ínterin, William Miller (el alter ego de Crowe) tiene un encontronazo con el guitarrista líder de Stillwater, Russell, quién se autoproclama como “dios de oro”; comenzando una relación amistosa que quiebra el límite que el joven cronista intenta realizar entre el fanatismo y su vocación periodística.

Crowe y Patrick Fugit, protagonista de Almost Famous.

Precisamente, durante su labor como periodista, Crowe se hizo muy amigo de Peter Frampton, la súper estrella de los 70; cuando Comes Alive!, el mayor éxito de este guitarrista británico, se vendía como pan caliente. Luego de batir todos los records, la carrera de Frampton fue declinando, pero Crowe siguió perteneciendo a su entorno cercano, redactando las notas de los sobres internos en los discos del cantautor. Muchos años después, Frampton formaría parte de la pre producción de Almost Famous, en calidad de asesor creativo y técnico. La labor de Frampton fue crucial porque se concentró en darle “autenticidad” a la historia. Para empezar, procuró que la banda tuviera los equipos e instrumentos correctos. Además, junto con Crowe y Nancy Wilson, compuso los temas originales de Stillwater. Otras de las tareas del músico fueron las de enseñar a los actores como pararse en el escenario, tomar el micrófono y realizar la mímica en los instrumentos para parecer una banda “real”. Frampton también aparece en una escena personificando al manager de Humble Pie, la banda que integró antes de lanzarse como solista. Y es que la película está llena de guiños hacía los amantes de la época dorada del rock. Referencias múltiples que abarcan a Bad Company, Zeppelin, Bowie, el accidente de avión de Lynyrd Skynyrd, las drogas, las groupies, el papel de las compañías discográficas y los managers, y la disyuntiva eterna entre arte y/o comercio, entre ser leal al amor hacía la música o “venderse”. 


Como decíamos, gran parte del guión está inspirado en la primera nota importante escrita por Crowe en Rolling Stone sobre la gira de los Allman Brothers, mientras que la frase “soy el dios dorado” fue dicha por Robert Plant en una de sus juergas con Led Zeppelin, en un hotel de Los Angeles. Aunque, en verdad, el personaje del guitarrista Russell estaba en su mayor parte inspirado en la figura de Glenn Frey, de los Eagles. También en lo que respecta a su banda sonora, Almost Famous es un nostálgico viaje por el rock de los 70, y un homenaje a varios de esos grupos y solistas que forman parte de la historia grande del género: Led Zeppelin (una banda famosa por rehusarse a incluir su música en películas, que aceptó que Crowe usara “That's the Way” luego de ver la primera edición del film) Elton John, Rod Stewart, The Who, Beach Boys, Yes y Simon & Garfunkel. También se utilizó la versión de David Bowie, del clásico de Lou Reed, “Waiting for the Man” y temas de Allman Brothers Band, Clarence Carter, Lynyrd Skynyrd, Thunderclap Newman, Todd Rundgren, Deep Purple y Cat Stevens.


En 2001, Crowe realizó Vanilla Sky, la remake estadounidense de Abre tus Ojos, exitoso thriller español de Alejandro Amenábar. Esta versión fue protagonizada por Tom Cruise, Cameron Díaz y Penélope Cruz. Al contrario de lo que había ocurrido con Almost Famous, Vanilla Sky fue destrozada por la crítica. Siguiendo con los estertores de la maravillosa banda sonora de su película anterior, Crowe vuelve a dar cuenta de su amor por los clásicos del rock en la música elegida para Vanilla Sky. Para eso colabora de nuevo con Danny Bramson, compilando una ecléctica selección de canciones, en un abanico que abarca desde Paul McCartney a R.E.M. En efecto, Sir. Paul compuso la hermosa canción (luego nominada al Oscar) que da título al film. Por su parte, Cameron Díaz se da el gusto de cantar en “I Fall Apart”, bajo el seudónimo de Julianna Gianni. El resto de la música elegida fueron temas de Radiohead, The Monkees, Afrika Bambaataa, Nancy Wilson, The Chemical Brothers, Bob Dylan, Jeff Buckley, Sigur Rós, The Chemical Brothers; entre los que se destacaron los clásicos “Solsbury Hill” de Peter Gabriel y “Can We Still Be Friends?” de Todd Rundgren.


Luego de la controversial Vanilla Sky, en su siguiente film, Elizabethtown (2005), el papel de la música es muy importante, ya que funciona como la voz interior de la historia, la guía espiritual o la musa secreta que moviliza la vida del personaje principal, interpretado por Orlando Bloom. Esta es la historia de un fracasado diseñador de calzado deportivo, el cual conoce a una extraña (y adorable) azafata, interpretada por Kirsten Dunst, que le sugiere hacer un viaje (musicalizado por la propia Dunst) recorriendo en auto los Estados Unidos para encontrarse a sí mismo. Como la película, la banda sonora de Elizabethtown fue una labor de amor inmensa, que incluía más de 30 canciones. El tema principal del filme fue “Square One”, compuesto por Tom Petty, un viejo amigo de Crowe, el cual recibió una nominación al Grammy. Otros artistas que aportaron su música al filme fueron My Morning Jacket, Ryan Adams, Elton John, The Hollies, Lindsey Buckingham y The Temptations, por nombrar sólo unos pocos. También se hace presente en Elizabethtown el rock de los 70, en una de sus escenas más apoteósicas y graciosas, con una versión del monumental clásico de Lynyrd Skynyrd, “Freebird”.

A fines de 2010, Cameron Crowe se divorció de Nancy Wilson. El matrimonio finalizó luego de 24 años de matrimonio aunque, en verdad, Crowe y Wilson estaban separados desde junio de 2008. Luego de eso, Crowe se encargó de la filmación de
Pearl Jam Twenty, una película documental que repasaba los 20 años de la banda de Seattle e iba acompañada de un libro y la banda sonora en CD. Lamentablemente, sus dos últimas ficciones, Un Zoológico en Casa (2011) y Aloha (2015), más allá de sus esperables referencias a la cultura pop y el rock de los últimos 60 años, estuvieron muy lejos de la calidad de los mejores trabajos de Crowe. Seguramente, en un futuro no muy lejano, llegaran nuevos filmes de este director que amalgamó en su obra, casi como ninguno, ese matrimonio pecaminoso de cine y rock.

E. A.