lunes, 9 de octubre de 2017

GUALICHO TURBIO, Gato Negro: Alta Fidelidad por los blues



Con otro dibujo de comic blanco y negro de los años treinta, cortesía del genial artista gráfico Nico Foti, se presenta uno de los álbumes menos tradicionales que puedan encontrarse en el rock argentino de la actualidad: Gato Negro, la segunda producción de Gualicho Turbio. Tan poco convencional es su música, que muchos aún se preguntan de dónde salió este inusual power trio blusero formado por Zelmar Garín, un hombre orquesta que toca bombo, redoblante, guitarra, kazoo y además canta; Juanjo Harervack, uno de los frontman más personales del rock, en voz y maracas; y la armónica sin par de Hernán Balbuena. Y como si esto fuera poco, están acompañados por esa musa y sacerdotisa, además de espectacular cantante, que se llama Bárbara Aguirre.

Y es que Gualicho no es una simple banda. Cada vez que toca hace exorcismos sonoros para sus fieles seguidores, que cada vez son más. Fiestas paganas en la que la música es una mera excusa para dar rienda suelta a la esencia de la danza, en mágicos rituales en donde priman los ritmos negros, bailar y escuchar, agitarse durante toda la noche, como posesos. Su primer vinilo homónimo apareció a finales de 2015, editado por el sello artesanal de rock experimental Noseso Records. Si aquella primera obra era imperdible, podemos decir que este Gato Negro (co-producido por Carlos Acconcia) es aún mejor, y así y todo, nos estaríamos quedando cortos. En su continua búsqueda sonora, Gualicho utilizó para la grabación los ambientes naturales de un estudio de Florida, a través de sus diferentes espacios; los efectos utilizados fueron analógicos, armados y tocados desde pedales y re-amplificación, lo que generó un sonido orgánico y áspero. Y es que la búsqueda poética y blusera del grupo ronda en lo mundano desde la conexión urbana con lo mágico ritual. Sin dudas, un álbum inusual, que tuvimos la suerte de escuchar antes de su publicación, y en esta nota te contamos que nos pareció.

Así que vayamos a este futuro LP: ¿Qué hay de nuevo en estos surcos?

El brazo cae, la púa empieza a recorrerlo.

Como no podía ser de otra manera, este álbum empieza con una paradoja: un canto de libertad, pero que da cuenta de todas las trabas que el sistema te pone en el camino, a modo de toscas piedras. Eso es “Estando acá”, una road movie hecha canción. Un racconto vertiginoso de lo que pasó después de Cromañón, y una sentencia para todas las bandas emergentes que luchan por seguir adelante, a pesar de los inconvenientes con los que tienen que luchar para hacer rock desde el under y la autogestión: “Estando acá, hay que luchar, la estupidez no va a ganar. No tengas miedo, hay que luchar, la libertad no es un juego…”

Luego de esa introducción, el disco sigue embebido en furibundos riffs que se van intercalando con voces bañadas en reverberación. Es el turno de la denuncia a los indeseables. A los de siempre, a los enemigos del rock: la cana, los Blue Meanies, los protagonistas del añejo “Blues del Terror Azul”, incluido en aquel clásico álbum de Claudio Gabis y la Pesada. Y es eso lo que encontramos, justamente, en esta “Los Hombres de Azul”, la segunda canción del álbum: la cachiporra que reprime las manifestaciones, el celular que espera al salir del show. Y de eso se da cuenta en esta, la segunda canción del álbum: “Solo quiero caminar, sin temor a los vallados, ni en los palos que nos dan…” Otra canción en la que notamos que Gualicho Turbio es una máquina blusera, cada vez más y mejor aceitada.

Riffs hipnóticos de guitarra fuzz, cortesía de Zelmar Garín. Cuando suenan estos boogies oxidados, parece que estamos ante outtakes del Exile On Main Street stoniano, sacados de la bodega de Keith Richards en su casa de Nellcote, Francia. Pero no, estos son los Gualicho Turbio en su esencia misma, pibes del Conurbano Bonaerense, que han curtido mucha calle durante años, y ahora plasman eso en sus geniales canciones. Esa misma magia lirica se hace presente en la demoledora “El Brujo”, una historia atrapante, repleto de mágicas intuiciones y presagios, un ritmo machacante, encantador y climas musicales cambiantes. Que los Gualicho saben contar historias se nota en “(Desde que me mordió) Serpiente”, en dónde un embrujo de amor, convierte a un pobre mortal en un ser desesperado y perdido, en este boogie demoledor, imperdible, con una de las mejores performances vocales de Harervack, quien dialoga con un Garín intrigante y perturbador.

Por su parte, en “Sin Mí” se luce la increíble Bárbara Aguirre, cuya hermosa voz protagoniza este soul monumental, de lujo;  con el formidable Sergio Merce, invitado especial en saxos alto y tenor. Una historia en la que se cuenta la vida de una femme fatale. Un exquisito tema que produce adicción; sin dudas, uno de los mejores momentos del disco.

En la senda del Billy Bond más lisérgico, “Ácidas Tardes en Atalaya” es un bluesazo aterrador, y su resultado es poco menos que espeluznante. La cámara acentúa la psicodelia y el efecto “caverna” logrando uno de los momentos más singulares que se puedan escuchar en este disco nada convencional. Con sus versos casi telegrafiados, en donde un vagabundo, embebido en acido, como si estuviera en la continuación de una “Avellaneda Blues”, fuera descubriendo (y describiendo) el paisaje que contempla en sus habituales paseos por el Barrio Atalaya, en La Matanza. Pánico y locura en el oeste del Conurbano Bonaerense. El resultado es difícil de describir pero es de una extrañeza admirable.

Por su parte, escuchando la metafórica y alienada canción “Gato Negro”, uno se pregunta: ¿De dónde salen esos riff maravillosos? Porque la mágica comunicación telepática que llevan a cabo la guitarra de Zelmar y la armónica de Hernán penetra la sesera del oyente de forma súbita y contundente. Este tema, sin dudas, es uno de los más extremos y encantadores de toda la producción. En donde las liricas se potencian llegando hasta niveles insospechados. Mientras suena una música machacante e irresistible, la voz de Juanjo se entrelaza con la de Garín, pasando de la primera a la tercera persona, volviendo en el estribillo a la segunda persona, para terminar el relato en la primera: “Un Gato Negro, soy…”, como diciendo: “esto me pasó a mí”. Aquí, el protagonista asume como propia la infortunada vida de un felino en la ciudad.

En “La Montaña” hay sonido garagero, y una hermosa historia hecha canción. Otra road movie, de redención. Un relato en el que se habla de tomar la ruta para huir de la ciudad, para ir a buscar esas “flores miles, que nos van a salvar, en la montaña”. Este es otro tema de climas variados, psicodélicos, volados, letárgicos. Sonidos que pasan de una dimensión a otra. Una canción que se entrelaza con la estimulante e irresistible “Lucifer y la Gitana”, otro blues machacante de amores brujos, una hermosa página musical de letra singular e inesperada.


“Buey” encarna la herencia blusera y rural de un Led Zeppelin III (y a todos los bluseros a los que les robaron estos descarados ingleses…) Una canción en la que se relata la triste vida de un hombre que trabaja como un buey (quizás, un jornalero o un triste obrero asalariado en la ciudad), matándose por “los centavos que el señor le da”. Suerte de buey… En “Desierto” nos encontramos con un ambiente pleno de bluegrass, de resonancias campiranas, en donde el sonido inconfundible del banjo de Zelmar Garín viaja al galope, espoleando a todos nuestros muertos. Una canción sobrecogedora, en donde las voces de los músicos se conjugan en forma magistral e hipnótica. Sumado a esta constante aparición de voces inusitadas, las melodías se entrelazan en forma de himno, ascendiendo hasta el infinito, en donde el tema va llegando a su clímax. Con todo esto en movimiento, no es tan descabellado aseverar que Gualicho Turbio está indagando, tal vez sin proponérselo, el estilo space folk.

A pesar de que en un principio este material va a ser publicado en forma digital, el plan de Gualicho Turbio, por supuesto, es editar Gato Negro en vinilo (lo mismo que hicieron con su primer opus, hace dos años), y esta producción es ideal para ese formato. Si hasta parece que en varios temas resuena de fondo la fritura de la pasta, dando vuelta en la bandeja, mientras una vítrola nos reproduce los sucios surcos que la púa va recorriendo en ese plástico negro. Y es que este es otro disco imperdible de Gualicho, una producción que no se parece a nada en la actualidad del rock argentino, que recoge las influencias del impresionante background que traen en la mochila estos increíbles músicos, pero procesándolas en una forma singular, única. En este sentido su inventiva estética, sumada a la variedad de e imaginación de las letras, le garantizan al grupo una autonomía y autenticidad que muy pocos tienen. 


Originalidad sin par. Ese parece ser el legado de obras como ésta, cuando el rock mainstream aparece aletargado entre festivales pagados por multinacionales, descargas on line de archivos de baja calidad sonora, streamings rutinarios y cierta apatía en los oyentes. Es difícil saber que se viene en el rock argentino. En cualquier caso, esperemos que el futuro nos depare algo más que esto, algo más de creatividad y arrojo, de ganas de romper con los estribillos jingleros y las formulas repetidas hasta el cansancio. Por eso, sin dudas, en este contexto, grupos como Gualicho Turbio, si no existieran habría que inventarlos. En músicos como éstos, aún existe la posibilidad de que haya un rock que valga la pena escuchar en este país. Amen, bro…

Ahora me parece ver el brazo del tocadiscos llegar al final de su recorrido de este camino en espiral. Y aquí, en el final del disco. Y aquí, en el final del disco. Y aquí, en el final del disco. El brazo se levanta. Click.

(La presentación en vivo de Gato Negro será el  viernes 10 de noviembre, a las 23.30hs, en El Emergente Bar Club, Francisco Acuña de Figueroa 1030 (CABA). Entrada $ 200. Anticipadas con descarga gratuita del disco $ 150. (Desde el 02/10 hasta el 08/11), a la venta a través de www.nosesorecords.com)

Emiliano Acevedo



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