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viernes, 3 de julio de 2020

CAMBIANDO EL PARADIGMA, entrevista a Diego Mizrahi



La cuarentena por la pandemia del Covid-19 supone un gran desafío de adaptación para muchas actividades y profesiones, una de ellas es la referida a los músicos, quienes en este momento de párate socio económico se ven impulsados a reinventarse o sucumbir. En esta nota, Diego Mizrahi nos cuenta cómo se las arregla para seguir generando nuevos proyectos en este contexto. Una charla abierta y sincera en la que el virtuoso guitarrista, docente, conductor y productor televisivo nos habla de su interesante visión del presente y futuro de este nuevo mundo.

ENTREVISTA> ¿Cómo estás pasando la cuarentena?
En verdad, me mantuve muy activo. Al principio la noticia de la cuarentena me pegó mal, me bajoneó y me dejó en una situación bastante vulnerable, principalmente, en lo económico. Me llevó unos días entender que esto venía para largo, entonces agarré y empecé a generar situaciones musicales y artísticas, desde todas las plataformas: Facebook, Instagram y YouTube. Empecé a hacer videítos. Primero, videos así nomás, dando clases, enseñando guitarra, y después empecé a generar videos con mejor contenido. Videos en los que me disfrazaba, me ponía una peluca, hacía payasadas… y me empezó a gustar. Una cosa llevó a la otra, y de tanto usar pelucas, de hacer diferentes personajes, todos relacionados con la música, inventé un programa para cable que se llama De la peluca, en donde soy un presentador musical pero con diferentes identidades. Todos los personajes van presentando videos de bandas. Fue algo que salió de casualidad, pero nunca dejé de hacer música y de presentar artistas a través de YouTube. Así grabé con un montón de gente de todas partes, hasta con gente que nunca vi ni voy a ver en persona.

¿Cuántos años hace que sos profesor de guitarra?
Más de treinta años. Toda la vida. Ahora tengo una escuela de música con varios profesores, así que dejé de dar clases hace unos años. Ellos son los que dan las clases bajo mis normativas.

¿Y ahora los profes de la escuela cómo se organizan en este contexto?
Las clases las dan por WhatsApp o por Skype. Esto recién empieza pero creo que es un cambio de paradigma que llegó para quedarse. Los lugares van a ser menos concurridos, menos multitudinarios y con transmisiones. O sea, las salas de teatro no van a poder hacer funciones con el 100% del público sino que va a ser un 30% y el resto todo streaming. Esto cambia para siempre. Nosotros, acá en el estudio, nos vamos poniendo a tiro de apoco con estas nuevas tecnologías y aprendiendo porque hay mucho para aprender. Mi programa va a seguir.

¿Qué ingresos tenés en la actualidad?
Nada… Estoy viviendo de ahorros. Yo tengo la productora de televisión, que produce no solo los míos sino también programas de otros. Pero como el trabajo también está frenado, debido a la cuarentena, hay muy pocas producciones y lo poco que hay apenas alcanza para pagar los sueldos. Así que hoy vivo de ahorros, de algún derecho de autor como compositor y espero que esto termine pronto.

¿Y cuáles son tus proyectos a futuro?
Siempre estoy en algo. Justo ahora estoy con un lindo proyecto que es de folklore, y voy a ir lanzando de a un tema por mes. Va a tener carnavalitos, versiones de temas, y está producido por Pampa Records. Ahí me di el gusto de tocar la viola, nada más. El material está casi todo terminado. Por otro lado, estoy empezando a cocinar un nuevo disco, la continuación de Delay, mi último álbum físico. Estoy haciendo los demos muy lentamente. A fin del año pasado también saqué Primera Toma, que es un disco de jams sessions [Nominado en la categoría “Mejor Álbum Banda de Sonido de Cine y TV” de los Premios Gardel 2020], que está en Spotify. También voy a sacar otro disco de música de películas. Bueno, en fin, yo nunca paro de grabar…

¿Va a salir en disco físico?
Noooo… Ya fue. Eso es para los nostálgicos. El disco físico pasó a la historia. Me da bronca pero no queda otra. Hay que adecuarse a las nuevas tendencias y estar a tiro con lo que se viene, porque vos sacás un disco, invertís un capital, y después nadie te lo compra porque no tiene en dónde escucharlo. Ni yo tengo en dónde escucharlo, ¿entendés? Es algo del pasado. Quien quiera puede gastarse $2000 o $3000 en un vinilo pero tenés todo en Spotify…

Claro, pero es que el ritual de poner un disco es inigualable…
Sí, pero es de otra época. Lamentablemente, para los nostálgicos como yo que nos gusta tener un álbum en CD, eso quedó desfasado… Es lo que hay, es lo que se viene, y se viene mucho más ahora porque se empiezan a haber shows u obras de teatro con venta anticipada de entradas por streaming, sin público. O sea, hay todo un cambio de paradigma muy grande y uno tiene que estar a tiro con eso.

¿Y cómo ves el futuro del rock en Argentina?
Hay mucha y muy linda oferta pero el público no responde. Hay oferta pero no hay demanda. Yo veo bandas nuevas todo el tiempo en los programas que hacemos (Mete Púa y Puro Heavy), veo grupos sin parar y hay muchos realmente muy buenos pero no hay público. El público va a lo conocido, a lo seguro. Al público le cuesta descubrir cosas nuevas. En algún momento dado, va a haber que hacer un volantazo y replantearse qué hacemos con tanta oferta musical. Yo no lo sé, es muy difícil… quizás segmentar sea una opción. Va a haber que encontrarle la vuelta y más ahora con la cuarentena… olvídate.

¿Qué te gusta escuchar?
Yo siempre escucho jazz, a full. Me gusta Miles Davis, Coltrane, Charlie Parker… Después escucho mucho a los crooners: Frank Sinatra, Tony Bennett, Michael Bublé… Yo sé que está mal decir que escucho a Bublé, pero no me importa porque me encanta… Escucho de todo un poco. Jamie Callum, John Mayer…

Y Satriani, a full…
Sí… claro, eso nunca se olvida…

Emiliano Acevedo



martes, 18 de abril de 2017

LA DISCIPLINA DEL EXPLOSIVO SENTIMIENTO, entrevista a Diego Mizrahi

Como tantos otros músicos, a los que hemos tenido el placer de entrevistar en los últimos meses, el protagonista de esta nota comenzó -en su infancia- tocando folklore. Primero, con instrumentos autóctonos, como el pingullo, el sikus, la quena, el bombo legüero… Hasta que un día conoció la guitarra, y fue amor eterno a primera vista… Esos serían los primeros años de la laureada carrera de Diego Mizrahi, un multifacético músico que, además de gran instrumentista y compositor, se destaca por su labor didáctica, docente y como conductor de un prestigioso programa musical de TV dedicado a difusión y practica musical, un verdadero hallazgo, que –desde hace más de 10 años- le viene dando prestigio a nivel local e internacional.

Su CV nos dice que, a lo largo de los años, ha editado muchos libros, métodos de enseñanza, videos, CDs, dando centenares de clínicas de guitarra… Sin dudas, la suya es una vida dedicada y apasionada. Desde sus primeros experimentos rudimentarios, conectando la guitarra al parlante del Winco; pasando por todas, y cada una, de las clases de guitarra a la que asistió, su laborioso paso por los conservatorios y su llegada al M.I. (Musicians Institute) en EEUU. Luego llegarían los tiempos de su propia banda blusera: La Mizrahi Blues Band, para después sí lanzarse como solista, redondeando una interesantísima serie de discos: Pampalucha, Music from the Pampas (2002), Songs Of The Rings (2003), 18 Kilates (2004), Boomerang (2007) y Básico (2010). Dueño de una técnica envidiable y un virtuosismo sutil y pirotécnico para la guitarra, Diego también es un gran conversador, y por eso es un placer poder charlar con él, como lo hice en este reportaje realizado en su oficina, en su escuela de música situada en Palermo, un lunes al mediodía, en donde repasamos varias anécdotas de su carrera, sus proyectos, influencias, gustos y demás yerbas.

ENTREVISTA> ¿Por qué elegiste tocar la guitarra?
En verdad, la guitarra me eligió a mí, no yo a ella. Yo tuve la suerte de tener una madre que era artista plástica – en la época en que yo iba a la Escuela Primaria, de mañana-, que me impulsó para que yo hiciera algo ligado al arte, justamente ella había encontrado una escuela integral de arte, que integraba el teatro con la danza, la música, la literatura; era el Instituto Vocacional de Arte Labardén. En esa época yo vivía en Barracas y mi vieja nos mandó a mis hermanas y a mí a que estudiáramos en este Instituto, en la calle Garay, en Constitución. De esta forma, se podría decir que no tuve otra opción, y así empecé a hacer arte desde muy chiquito. A los 8 años cayó a mis manos mi primera guitarra porque en el Instituto también enseñaban guitarra. Al principio, estudiaba folklore, una música que amaba y sigo amando hoy. Me acuerdo, siendo chiquito, de subirme a una tarima y dar recitales para los chicos del barrio, era como que ya estaba en mí esa vocación… Para cuando entré a mi adolescencia, medio que dejé de tocar la guitarra porque ya estaba en otro plan, salir, conocer chicas, y demás… Pero ahí me di cuenta de que una buena manera de conseguir chicas era tocando la guitarra, y por eso volví… Y así, desde los 14, 15 años, no paré más de tocar. Luego, mi formación musical estuvo ligada a mi paso por Conservatorios, además de hacer todo tipo de cursos vinculados a la guitarra, los que existían y los que no existían, también… Amaba estudiar, era un estudiante crónico de la música, y me pasaba 8, 10 horas por día tocando sin parar…

¿Y que pasó, con tu vocación artística, cuando saliste de la secundaria?
Eso fue todo un tema, porque, más allá del apoyo de mi madre, pesaba mucho también el mandato familiar para que me decidiera a empezar una carrera universitaria. Ahí, medio que se me complicó, porque tenía mis dudas; a mí me gustaba mucho la carrera de Arquitectura, más que nada por su proceso creativo. De cualquier forma, decidí anotarme en el Conservatorio Manuel de Falla, para probar, a ver si eso era lo que quería hacer, y ni lo dudé… Al primer mes ya me di cuenta que eso era lo mío, sin ninguna duda…

En relación a tu formación, te diferencias de otros guitarristas que –a pesar de haber comenzado igual que vos, en lo relativo a su aproximación al instrumento-, no se les hubiese pasado por la cabeza seguir estudiando en el conservatorio…
Sí, como vos decís, hay gente que tiene una facilidad innata, y les sale mas en forma más natural, ese no es mi caso. Yo no era bueno tocando, no tenía la facilidad innata que tienen otros que agarran el instrumento –por primera vez- y la descosen. Yo tocaba mal, tenía mucho oído –eso sí- pero no tenía el virtuosismo, la destreza; y por eso tuve que luchar fuertemente contra eso, pero siempre desde el lugar del disfrute. Yo disfruté mucho todo el proceso educativo musical que tuve, mi formación. Fueron años de tocar horas y horas y horas, a veces, hasta 12 por día; mientras hacia la carrera…

El Conservatorio también era un ambiente bastante rígido en lo musical, ¿no?
Totalmente. Ahí no se aceptaba que se tocaran cosas que no estuvieran incluidas en el programa, así que olvidate de hacer blues, rock, o cualquier música de ese estilo. Por suerte, después me enteré que se iniciaba una carrera nueva que era el Conservatorio de música Popular (de Avellaneda), me anoté y estuve en la primera camada. Ahí había un nivel académico espectacular, con unos profesores de un primerísimo nivel. Ese lugar me abrió la cabeza.

Pero cuando te anotaste en el Manuel de Falla, vos que querías ser, ¿maestro de música o concertista?
Y… A pesar de que –en algún momento- evalué esa posibilidad (incluso, la de hacer dirección orquestal), yo sabía que era muy complicado, porque ser concertista es una carrera de mierda, verdaderamente; ya que tenés que tener muchísima disciplina, tocando todo el día, todos los días, sin descanso, y al haber tan poco espacio, es una carrera salvajemente competitiva. Por eso, no quería hacer eso, a pesar que –debido a la formación clásica que estaba teniendo- cada vez me estaba interesando más por la música clásica. Además, tené en cuenta que el periodo clásico en el que se empiezan a escribir obras para guitarra empieza en el siglo XVIII, con los autores españoles; de ahí para atrás, no hay nada, tan sólo adaptaciones de los compositores clásicos –tipo Bach- a la guitarra, pero no obras originales compuestas espacialmente para el instrumento. Con lo cual, no hay muchos conciertos. Fijate en una agenda del Teatro Colón y vas a ver que hay pocos guitarristas. Eso me frenaba, no quería ser un erudito que tocara 20 mil horas por día, para dar un concierto cada tanto, dar clases en el Conservatorio y chau. Eso iba a ser muy frustrante para mí, y además, bueno, me gustaba el rock…

¿Terminaste el Conservatorio?
No. Llegué hasta sexto año y dije “basta, no lo aguanto más…”. Y me fui, buscando seguir formándome en otros lugares.

AMPLIFICADORES HUMEANTES

¿De donde sale tu interés por la música rock?
Por los Beatles, paralelamente también empecé a escuchar Pescado Rabioso, Deep Purple, Yes… Antes de eso, para mí, el rock era “Lunita Tucumana”, “Zamba del Olvido”, los temas folklóricos que hacía. No sabía aun que existía una cosa llamada “rock”. Cuando escuché a los Beatles, por primera vez a los 12 años, me estalló la cabeza. Luego, seguí escuchando mucho rock británico: Genesis, Jethro Tull, Led Zeppelin… Después de muchos años, cuando empiezo a tocar, descubrí la música negra y me meto con todo en esa, y comienzo a escuchar mucho blues… Luego, a mediados de los 80, pasé por muchas bandas, como todo adolescente.

¿Ya tenias guitarristas preferidos como tus referentes?
Un mouton: Ritchie Blackmore, Jimmy Page, Steve Howe, Pat Metheny... Después empecé a escuchar a Eric Clapton y de ahí, sin escalas, pasé a Johnny Winter y me quemó la cabeza. A los 17, 18 años, cuando descubrí a Winter, dije: “Esto quiero para mí”. Ahí formé lo que pasó a ser, para mí, la santísima trinidad: BB King, Eric Clapton y Johnny Winter. Después, como todos, me mandé a escuchar a Van Halen, Joe Satriani –que es mi máximo referente en la guitarra-, Steve Vai… Con Hendrix me pasó que lo descubrí en dos etapas, al principio –cuando era chico-, lo escuchaba y su música me parecía espantosa, desafinada, abominable; hasta que lo volví a escuchar de grande, lo entendí, y ahí sí me di cuenta de que Jimi Hendrix es lo más grande que hay en la guitarra, lejos. Es el tipo que inventó la guitarra eléctrica. A mí me gustan los guitarristas que tienen sentimientos, que con su música transmiten eso. No me gustan los guitarristas aburridos o los que no dicen nada. Por ejemplo, cuando era chico estaba fascinado con el virtuosismo del trío de Al Di Meola, John McLaughin y Paco De Lucia. Al Di Meola y McLaughin no me gustan, me parecen dos violeros fríos, cuya música no me dice nada; pero Paco De Lucia es un tipo que me vuelve loco, parece como que tuviera fuego en las venas. El que más me gusta, como te decía antes, es Joe Satriani. Cada vez que saca un disco, estoy esperándolo para ir corriendo a comprarlo y escuchar, analizar que está haciendo….

¿Qué sentiste cuando lo conociste en persona?
Eso fue tocar el cielo con las manos…


¿Cómo se dio ese encuentro?
Porque la gente de (la productora) PopArt se copó y le hicieron escuchar a él mi material para que le diera el okay, y así fue… Imaginate lo que fue para mí abrir para Satriani, para ese maestro…

¿Cómo siguió tu formación musical después de estudiar en el Conservatorio de Música Popular de Avellaneda?
Después busqué una formación en jazz, para eso me puse a estudiar con Daniel Pellegrini. Antes, de pibe, a los 14, 15 años había ido a estudiar con Walter Malosetti, un genio, y aprendí mucho ahí, todos los conceptos de jazz. Tomaba clases particulares –muy entretenidas- con Walter, y capaz que te daba clases que duraban 10 minutos como otras 3 horas. Ahí hice el método Berkley. Después fui a estudiar con Guillermo Palazzolo, quien me preguntó si había hecho el método. Cuando se lo mostré me dijo que lo había hecho para el orto… En total terminé haciendo tres veces al método Berkley. Después estudié con Lito Epumer –un gran maestro-, también un par de clases con Francisco Rivero –un genio total-, y después tomé una decisión importante en mi vida que fue la de irme a estudiar a Los Angeles, en el Musicians Institute. Esa sería una experiencia que cambió mi vida porque me abrió la cabeza en muchos sentidos. Estudiando en el Institute sentía que estaba en el lugar en donde sucedían las cosas a nivel mundial. Imaginate que era re común estar sentado en el auditorio y que al lado tuyo estuviera Steve Vai, o Al Di Meola… Es una experiencia que jamás olvidaré.

¿Qué sucedió cuando terminaste esos estudios?
No los completé, yo nunca completo nada… (risas) No, en realidad, pasó que me estaba quedando sin plata; así que conseguí un laburo tocando salsa con el piano en un lugar de música latina, eso lo hice un tiempito; y luego me salió la posibilidad de irme a tocar a Las Vegas e instalarme ahí. Pero no quise porque yo había ido a EEUU a estudiar música y no a terminar tocando top forty en Las Vegas, así que decidí estudiar lo máximo posible el tiempo que me quedaba para luego pegarme la vuelta a Argentina, porque –además- había empezado a extrañar. A mí me cuesta mucho estar lejos de mi gente, de mi lugar…

Entonces, viniste y formás tu proyecto musical acá…
Sí, me vine e hice mi propia banda. Bueno, en realidad, antes de eso, apenas regresé viví una experiencia, que no muchos saben y que yo pocas veces conté… En esa época, principios de los 90, yo estaba enloquecido mal con el rap y el hip hop, y justo se da la casualidad que conozco a un rapero argentino, que había nacido en Nueva York, y le propongo hacer un dúo de rap, con mi viola eléctrica bien marcada. Entonces, empezamos a tocar, hacíamos un dúo tipo Run DMC, y pegamos un contrato muy groso con la productora Abraxas, pero, yo me doy cuenta de que era un invento, porque nos iban a hacer un producto masticable, descartable, exprimiéndonos al máximo para luego desecharnos, sin que ganáramos ni un centavo.... Me acuerdo que teníamos reuniones con los directivos de la productora, reuniones no artísticas, en donde sólo se hablaba del vestuario que íbamos a usar o las coreografías, mientras que yo lo quería era tocar la guitarra… Hasta que un día nos dicen que querían que armemos una banda con todos tipos carilindos, en donde no importaran si tocaban o no. Ahí renunció al proyecto y pedí que me devolvieran el contrato, no quise seguir. Tuve un quilombo legal bastante grande, pero lo pudimos solucionar; y luego que yo me abro, los directivos de la productora agarran a Jazzy Mel, y él tomó ese lugar en ese delirio que habían ideado para nosotros…

ALMA BLUSERA

Ahí encaras, sí, el proyecto de tu banda, la Mizrahi Blues Band…
Sí, ese fue un paso intermedio hasta llegar a mi carrera solista. Yo tenía entonces 26, 27 años, y ahí me doy cuenta de que la música que mejor me calzaba era el blues, me había vuelto un fanático total del genero, y por eso decido armar una banda de blues original, no de raíz; yo no quería hacer ni blues de Chicago, de Missisippi o Texas, si no blues, a secas… Y capaz que de ahí, mixturaba, y salía rap, funk o temas jazzeros. Sin dudas, fue una etapa muy creativa de mi carrera, 10 años a full, con mucho laburo, hicimos muchos shows, giras (nacionales e internacionales) –incluso, tocando en EEUU, con el hermano de Jimi Hendrix-, grabamos algunos discos, participamos también del primer compilado, la primera colección de rock nacional que se vendió, y me acuerdo que hasta cambié el auto con la guita que hicimos con la venta del primer CD en el que aparecimos nosotros, que había vendido 250.000 copias. Estábamos en el mainstream del rock nacional de ese momento.

Aparte, coincidió con el momento de auge del blues en Argentina…
Tal cual, y fue de pedo, porque no era así cuando empezamos el proyecto. Con esa banda, en un momento dado, decidimos abandonar un poco el circuito de shows locales e inicial una carrera en EEUU. Ahora no sé si esa fue una decisión acertada porque acá nos estaba yendo muy bien pero lo descuidamos, y allá –cuando nos empezaba a ir bien, luego de muchos shows, también lo abandonamos. Con lo cual, por supuesto, quedaron muchas cosas por hacer, pero, en un momento dado, me dieron ganas de hacer rock instrumental, así que decido largarme como solista, suspendiendo lo de la banda. Yo siempre soy un tipo muy inquieto dispuesto a embarcarme en nuevos proyectos musicales. Siempre hay algún loco que me pregunta cuando se vuelve a juntar La Mizrahi Blues Band, pero no, ya fue. Pasó mucho tiempo y volvernos a juntar seria lucrar. Para mí, por lo general, las reuniones de los grupos están vinculadas al negocio, y se dan cuando se acaban las ideas, y a mí, por suerte, todo el tiempo me fluyen nuevas ideas acerca de lo que quiero hacer.

VAMOS QUE VENIMOS: LUZ, CAMARA… ¡MIZRAHI!

En paralelo a tu lanzamiento como solista, también comenzás como conductor de TV, ¿no?
Ese fue un punto de quiebre. Cuando aparece la posibilidad de hacer el programa, les propuse a los integrantes de La Mizrahi Blues Band –a su última formación-, unos pibes súper talentosos y virtuosos que luego hicieron muy buena carrera, que fueran la banda estable de mi programa, pero me dijeron que no. Yo no entendía nada… Así que mandé todo al carajo, armé una banda de músicos sesionistas, y como yo no cantaba, empezamos a hacer temas instrumentales; así, una cosa llevó a la otra, luego empecé a viajar por todos lados, con la guitarra, dando clínicas del instrumento por toda Latinoamérica… Entonces, cuando tuve varios temas compuestos, me armé un disco solista para probar. Con los dos primeros discos que grabé como solista me fue bárbaro, el tercero no tanto, pero fue porque ya la venta de CD había muerto, prácticamente…

Te debe haber sorprendido la posterior repercusión del programa…
Sí, y el proyecto, en verdad, se originó de pura casualidad, y me pasó por pajero, porque me gustan mucho las mujeres… Recuerdo que me habían invitado a la inauguración del canal (Music Country), y yo no quería ir porque, en ese momento dado, no salía, no tocaba, quería quedarme en casa con mi familia. Pero un periodista (Ezequiel Abalos) me insistió un montón para que fuera a la fiesta de inauguración, y yo me seguía negando, hasta que me dijo que al lado inauguraba el Canal Venus, en donde iban a estar un montón de minas, y cuando escuché eso dije: “¡Vamos!”. Me acuerdo que esa inauguración fue un lugar en Puerto Madero, creo que El Divino. Fui derecho a Venus, y me rebotaron… Entonces dije, “bueno, vamos a Music Country…”, y así fue. Ahí me surge la idea de hacer el programa, y así, una cosa llevó a la otra, y a la otra… Y se terminó haciendo una bola de nieve impresionante.

¿Lo de tu programa de TV, lo fuiste aminorando porque te cansaste?
Sí, en un momento dado, me cansé. La televisión te destruye. Cuando terminé el ciclo en 2007, estaba totalmente enajenado, loco. Necesitaba una larga temporada de descanso, y así fue. Paramos 3, 4 años y ahora volvimos con todo. Desde hace unos meses, estoy en un programa de media hora, con una propuesta muy interesante, muy polenta. Me asocié a una productora y está bueno. Pero la tele te morfa, te chupa… Es muy estresante.

Igual, en tu espacio vos tenías total libertad, ¿no?
Sí, porque no es un programa “estilo Canal 13”. Es un programa con un nicho muy segmentado que funciona muy bien dentro de eso pero no sale de ahí. Entonces no es tan nocivo como estar en un canal de aire. No obstante, me quemó el cerebro porque terminé siendo el productor de mi propio programa, y eso era una locura. Había mucha gente laburando, mucha guita puesta en juego… Conducía, lo dirigía y producía. Ahora ya no es más así, porque me asocié con Gustavo Brukman, un gran músico y batero que se dedica a la televisión y tiene una productora muy copada. Entonces ambos unimos esfuerzos desde la música y desde la televisión porque perseguimos objetivos muy parecidos y funcionamos bien. Este es el único formato, de este tipo de programa, que existe, existió y existirá en la televisión. ¡Ya Llevamos 10 años en el aire!

¿Qué es lo más fructífero que te da el trabajar en la TV?
Todo. Dejando de lado la vorágine, el resto es ganancia. Es una experiencia reconfortable y placentera porque la principal excusa del programa era tocar con mis ídolos. Yo, a través del programa, me di el gusto de zapar con todos. El otro día vino Lito Nebbia y para mí fue increíble haber tocado con el padre del rock, el tipo que escribió esos temas fundacionales que yo escuchaba cuando era chiquito.

Y en el mismo sentido, ¿te pasó de saber de chicos a los que tu programa inspiró a que se decidieran a estudiar música?
Sí, todo el tiempo. Hay un feedback muy lindo. Además, el programa está teniendo un rating tremendo -siempre teniendo en cuenta de que hablamos del cable y que este es un producto segmentado-, quiero decir, que el programa lo miren 400 mil personas por mes es una cifra contundente, es un promedio de 100 mil personas por emisión. Además, ahora el programa está online también, y lo podés ver cuando quieras

DE AHORA EN MÁS, LO ESENCIAL

¿Cómo fue grabar el último disco (Básico, 2010), cómo se te ocurrió largarte a cantar, y enfocarte en esa temática asociada a lo masculino, al hombre común?
Fue un álbum muy marcado por las perdidas que sufrí de dos mujeres muy importantes en mi vida. Una fue mi vieja –que falleció en medio del proceso del disco-, y la otra está relacionada con mi mujer de toda la vida, de la que me separé. Era mi necesidad de querer contar esto que sentía en primera persona, y no que venga otro a contarlo. Por eso, hice el gran esfuerzo de cantar yo. Hoy por hoy siento que progresé mucho, no como cantante, sino cantando. Porque yo soy un violero que se acompaña con la voz, no un cantante. Ahora soy afinado, cosa que antes no era. Porque tuve que lucharla mucho para lograrlo, porque yo produje muy buenos cantantes, y tengo el oído muy afinado. Por eso, cuando me escuchaba en vivo, por dentro me decía: “Diego, sos un hijo de puta. Desafinás como la concha de tu hermana…” (risas) Por ahí la gente no se daba cuenta, pero yo no me la bancaba. Ahora siento que estoy cantando mucho mejor. Además, creo que mi próximo disco, que ya estoy haciendo, va a ser explosivo y creo que va a ser mi mejor disco en años. Estoy trabajando con un productor que se llama José Moyano, que es re grosso y entendió mi música.

¿Por qué considerás que tu próximo disco será explosivo?
Por la composición, por lo arreglos, porque es un disco donde voy a ser yo 100 % desde la guitarra, las melodías, las letras, la voz… Algunas de las letras son más poéticas que otras, más directas. Va a ser un disco tremendo, totalmente auto referencial, moderno, fresco, virtuoso, guitarrero, y que espero tener listo antes de fin de año.

¿Qué discos o artistas que estés escuchando ahora, recomendarías?
A mí me gusta de todo. Por ejemplo, Nirvana, y lo que vino después, sus desprendimientos: Foo Fighters, Sound Garden… Ahora estoy escuchando mucho a Sinatra, él es mi artista de cabecera, lo escucho todo el día. El nuevo disco de Jaime Cullum, un pianista de jazz que me encanta. Es difícil que yo vuelva para atrás, no tengo esa cosa melancólica, de regresar y ponerme a escuchar discos que escuchaba en otros momentos. Lo que no significa que no tenga discos que he gastado. Por ejemplo, al de disco de Norah Jones - Feels Like Home (2004), me cansé de escucharlo, y lo sigo poniendo siempre porque es un disco que me relaja mucho. Escucho mucho también el Quinteto de Miles Davis. Los discos de Satriani, de Hendrix los vuelvo a escuchar, nunca me cansan. Qué se yo, un montón, seguro que debe haber muchos más que ahora no me acuerdo…

¿Y que te gusta del rock nacional?
Spinetta es uno de los que más me gusta, de chico escuchaba mucho Pescado Rabioso; después me copé mucho con Spinetta Jade y lo que hizo después. De Charly me gustó mucho La Maquina de Hacer Pájaros, Serú Giran… Antes, también me había copado con Manal y los grupos de la primera época del rock nacional. Pero no necesariamente uno tiene que ir a los 60 o 70, aunque de esas décadas escuché y me gusta todo. En los 80 me gustaban Soda Stereo, Virus... Y ahora me gusta un banda nueva que se llama Ella Es Tan Cargosa, el nuevo disco de Chucky De Ipola, el disco solista de (Andrés) Ciro, y lo que sigue haciendo Andrés Calamaro, que es un gran compositor popular.

Sabemos que te gusta leer biografías. ¿Eso te inspira en el momento de la composición?
En realidad es algo que tengo que superar, porque, aunque es verdad que leo mucho y tengo mucha imaginación, en el momento de escribir una canción me cuesta. No me es fácil encontrar las palabras para ese momento justo. Entonces, las letras todavía son un padecimiento, las sufro. Después, cuando las escucho, me gustan, pero aun siento que esa es una pared que tengo que romper.

¿Cómo es tu proceso compositivo en sí?
Mi método se basa en hacer demos con la guitarra criolla, agarrar el celular, lo grabo y lo canto; y ya está: “toma 1”. Sigo así hasta que llego a 200 (grabaciones), más o menos, como me pasó ahora, que tengo 200 grabadas, entonces llega un momento cuando de esas 200 saco, digamos, cuatro y hago un tema. Así es como compongo. Después, otra es: tengo una idea por un lado, y otra por el otro, si se juntan, bien; si no, de cada una de esas ideas saco un tema. En definitiva, compongo cuando estoy inspirado. Después viene todo lo que se refiere a arreglos y orquestación.

¿Cuándo te das cuenta de que un tema no va a ser instrumental sino cantado?
Hay temas en que está clarísimo que son instrumentales y otros que están ahí, están en el medio… Es difícil. Pero ahora, justamente, tengo la cabeza puesta en un disco de canciones, y todo lo que me surge va por el lado de las canciones. Ya, en algún momento, volveré a sacar un disco instrumental como solista.

¿Y qué criterios adoptas a la hora de elegir un tema de otro para versionar?
Para los covers, yo generalmente elijo temas que estén en las antípodas de mis gustos, que no tengan nada que ver conmigo. Entonces, ahí el gran desafío es hacer “que sea mío”, apropiármelo, que alguien lo escuche, escuche mi guitarra, y reconozca que es mi sonido. así me pasó con el bolero “Bésame Mucho”, ahora mismo estoy haciendo el tema “La Distancia”, de Roberto Carlos, que lo escuchas, y con los arreglos que le pongo, termina pareciendo un tema mío. Laburo mucho el tema de la versión, elijo nota por nota. Por ejemplo, si el tema, en su melodía, tiene un SI, elijo muy bien en que parte de la guitarra tocarlo, porque no es lo mismo el SI de la segunda cuerda que el de la tercera o el de la cuarta; la altura es la misma, pero el timbre es distinto, así como son distintos el sonido y el sustain. Laburo mucho la melodía, y hasta me puedo pasar meses, hasta que encuentro de que manera interpretarla y que suene como algo personal.

¿Qué otros proyectos tenés o querés hacer en un mediano plazo?
Bueno, la televisión que me morfa la vida, me consume mucho tiempo… Pienso seguir tocando muchísimo como ahora. Continuar con mis giras internacionales, hacer una gira en el verano por la Costa (el verano pasado hice 40 shows). También, quiero seguir jugando al tenis, corriendo dos o tres veces por semana… Mi meta es hacer un disco por año, porque tengo mucha música acumulada que quiero plasmar porque ese va a ser el legado que uno va a dejar de por vida.

(Entrevista realizada en noviembre de 2011)


Fotografía: Estudio Farbone

Emiliano Acevedo



sábado, 24 de septiembre de 2016

NIRVANA, A 25 AÑOS DE NEVERMIND: Con olor a álbum clásico...




¿Qué sucede cuando nos convertimos en lo que más odiamos?

Después de veinticinco años de la edición de Nevermind -algo así como el último grito de rebeldía en el rock- la respuesta a esa pregunta podría ser intentar volarnos la cabeza de un tiro como Kurt Cobain…, pero eso sería simplificar el mensaje, llevar su esencia a la más mínima expresión, despojarla de sentido. Y eso no es lo que interesa de este disco de Nirvana y sus trece agudísimas paginas musicales, todas, viñetas representativas de un momento desesperante para una generación que había quedado guacha a la vera del camino.

“Post punk” le decían algunos, “la música de la Generación X”, otros; “grunge” fue finalmente el nombre que se le terminó dando a este movimiento musical surgido en la gélida ciudad de Seattle, que re formateó el sonido de la música joven en la primera mitad de los 90. Ese fue el movimiento que representó la voz de los que no tenían nombre, los adolescentes desesperados, neuróticos y deprimidos; los outsiders. Sí, está más que claro que luego el juguete se averío y esta movida fue deglutida por la industria musical, que terminaría creando despreciables avatares, copias que no tenían demasiado que ver con la fiebre inicial, con ese grito de desgarramiento, con esa patada en los huevos que nadie vio llegar… 

Entonces sí, los outsiders se volvieron cool y usar camisas leñadoras dos talles más grandes, sacos apolillados y pantalones sucios, rotos y viejos (más las siempre presentes zapatillas de lona) empezaron a ser “lo más”. Si hasta los diseñadores más caretas copiaron el estilo, y estrellas advenedizas del rock como Sheryl Crow, Metallica (con su Load) y Bryan Adams cambiaron su imagen -y sus composiciones- para hacerlas parecidas al sonido sucio de Seattle, para tratar de camuflar con dolor ajeno auto infligido sus ansias de llenarse los bolsillos. 

Sin embargo, para ese entonces, el máximo factótum de este estilo, el fundador –quizá anticipándose lo que iba a pasar y harto de sus demonios internos-, ya hacía más de un año que se había pegado un mortal disparo con su escopeta. 

Pero hoy que nos importa si fue simplemente una batalla ganada –la última-, antes de perder la guerra, lo que sí nos interesa es reflexionar sobre Nevermind, a 25 años exactos transcurridos desde su lanzamiento, aquel lejano martes 24 de septiembre de 1991. De eso trataremos de hablar en esta nota conmemorativa, en donde, además, incluimos las opiniones de algunos músicos amigos, que tuvieron la amabilidad de contarnos lo que significó para ellos este disco.

SIN FIN, SIN NOMBRE

Compañero Asma: “Fue el disco que me ayudó a retornar a la canción, lo enganché justo recién salido en Francia y lo compré al toque, saqué los temas enseguida y todo… Después no los fui a ver a Vélez porque estaba muy de moda, no me arrepiento. Alto respeto por Kurt siempre.”

Gabriel Pedernera (Baterista de Eruca Sativa): “Nevermind fue para mí un disco tremendamente importante, desde el momento en que lo escuché (que no entendí nada) hasta el día de hoy, que lo pongo y me parece increíble, tan lleno de poder y de energía, me parece que no solo es un disco bellísimo en todos los sentidos, sino que también marcó algo muy importante en la historia del rock, de la música, porque en ese momento fue una declaración fuertísima, desde todos los aspectos, desde lo que transmite la música y lo que dice Cobain, hasta como suena y de qué forma están ordenadas las canciones. Me parece una Biblia, es un disco perfecto.”

Exacto, la definición de Pedernera es excelente para entender lo que producía la escucha de esta obra. Seguro, muchos hoy treintañeros (como los que escribimos este blog) difícilmente hayan olvidado lo que fue escuchar (a los 15 años) esos primeros acordes de “Smells Like Teen Spirit”, esa sensación desatada de sentirse vivo y tener ganas de mandar todo al carajo… Y si a eso le sumamos el riff inigualable de “Come As You Are”, el estribillo perfecto y desenfrenado de “Lithium” y la nostalgia de “Polly"; sin lugar a dudas que el combo era perfecto. La forma corrosiva de cantar de Cobain, sus riffs lacerantes de guitarra y esas letras turbias, llenas de dolor y odio; eran poco menos que extraordinarias. En sus líricas, Cobain expresaba tanto su furia como su descontento, que se sumaba al continuo (e imparable) odio a sí mismo.

Pero Nevermind, además de ser un disco repleto de canciones perfectas, fue el estandarte para muchos que sintieron que los pobres llegaban al poder, mientras idolatraban las imágenes -luego reproducidas una y mil veces en revistas, posters y videos- de esos tres tipos desalineados que se animaban a desbancar de los rankings a Michael Jackson, Madonna y demás popes del pop, algo otrora impensado para los ejecutivos de cualquier discográfica. Y es que el encanto de las canciones de Nirvana residía en esa tensión permanente entre las partes suaves y fuertes que se creaba al pasar de las estrofas a los estribillos: contención y agresión. La música de Cobain mezclaba su fanatismo por el pop con su esencia under, el costado melodioso de The Who con el sonido crudo y punk heredado de los Sex Pistols, esa forma de componer, y la estructura de sus canciones, formadas de estrofas tranquilas y estribillos que luego explotan a grito pelado y distorsión, ya lo había desarrollado Pixies con anterioridad pero fue con Nevermind cuando se masificó el rock alternativo, llegando hasta lugares impensados poco tiempo atrás.

A mediados de junio de 1991 el disco estaba terminado de grabar en manos del productor Butch Vig, pero las mezclas no gustaban a los ejecutivos de la discográfica. Recordemos que Nirvana había firmado contrato con DGC, una pequeña filial del mega sello Geffen Records, que por aquel entonces tenía como estrella a los Guns N’ Roses, y que ya tenía en su haber el disco debut del grupo de Cobain, intitulado Bleach (1989), editado por el sello independiente Sub Pop. Por eso, para lograr mayor potencia en las mezclas finales, se contrató a Andy Wallace, lo cual fue fundamental para lograr que el sonido final del álbum fuera tan potente como accesible.

Porque, a pesar de haber firmado contrato con una multinacional, el principal ingreso de la banda eran los shows en vivo, por eso, de movida nomas antes de su edición, los integrantes de Nirvana comenzaron a tocar los temas nuevos, y como el de mayor aceptación fue “Smells Like Teen Spirit”, se desestimó la idea original de la banda de editar como primer corte “Lithium”. Sin embargo, al momento de la edición, las expectativas sobre el número de ventas seguían siendo bastante modestas de parte de la compañía.

Nadie se imaginó lo que se venía, lo cierto fue que a partir de Nevermind la banda no paró de crecer en forma meteórica, llegando a vender miles (millones) de discos. Esta tendencia imparable empezó a hacerse más que notoria cuando en enero de 1992 el disco de Nirvana desbancó al álbum de Michael Jackson Dangerous del número uno de la Billboard. MTV no se cansaba de rotar sus videos y la prensa colocó a Nirvana a la cabeza del movimiento grunge junto a Pearl Jam, pasando de tocar en tabernas a llenar estadios, ser cabeza de cartel de mega festivales y a emprender caóticas giras mundiales… Ya para noviembre de 1992 no existía persona sobre el planeta que no habría escuchado pronunciar el nombre de Kurt Cobain.

LA LLAMA DESATADA

Andrés Ruiz: “A Nevermind lo empiezo a sentir años más tarde como un disco ruptura. Cuando salió no había ninguna casa que no lo tenga en su discoteca familiar. Más tarde aparecerían Get a Grip de Aerosmith y Magos Espadas y Rosas de Rata Blanca, o ver el Álbum Negro de Metallica junto a Luis Miguel... Yo en esa época escuchaba mucho heavy metal y no le di mucha bola, aunque "Smells Like Teen Spirit" me parecía una canción brillante... Años más tarde lo redescubrí junto con los otros discos de la banda y fue un punto de partida para entender los 90, pero ya en los 2000.”

Ivana Berenstein: “En el momento en que salió, yo estaba en otra, entonces no lo escuché mucho, pero sí escuché algunas canciones porque estaban muy presentes. Creo que lo que hacía (Cobain) tenía una personalidad, una intensidad y originalidad bastante particular. Destaco, especialmente el grado de intensidad de su música. Puso todo, hasta su vida, en juego… Me parece que innovó, inventó un estilo creativo nuevo, más allá de que no sea el tipo de música que me pongo a escuchar ni que me hace sentir identificada.”

Tras el lanzamiento del álbum, los críticos de música de varios periódicos y revistas dieron buenas críticas a Nevermind, y así comenzaron a subirse a la carroza, a elogiar a aquello de lo que poco conocían. El mismo Cobain se quejaría más tarde de los intentos de los periodistas de rock de intentar descifrar lo que cantaba y por extraer el significado de sus letras: "¿Por qué mierda los periodistas insisten en venir con una mediocre evaluación freudiana de mis letras cuando en el 90% de las ocasiones no las han trascrito correctamente?"

Y así con el éxito de su propuesta, Kurt pasó de dormir en el asiento trasero de su coche a comprarse una mansión en las afueras de Washington DC., transformándose en lo que más aborrecía: un rock star. La fama, los medios y los millones no eran el objetivo por el cual se había involucrado en el mundo de la música. Luego llegarían sus declaraciones amargas y desesperadas, su furia y desinterés extremo, que se harían evidentes en shows y presentaciones en las que se mostraba ajeno a todo lo que le acontecía, hastiado. Siempre sumergido en un vaivén anímico imparable en donde el consumo de heroína, junto a su aparente dolor crónico de estómago, lo arrastraría una depresión de la cual ya no había regreso.

Nirvana editaría en 1993 In Utero, y más tarde su celebrado (y póstumo) MTV Unplugged (en 1994), pero nada impediría que Kurt Cobain –luego de varios intentos de suicidio frustrados- en algún momento de la tarde del martes 5 de abril de 1994, se encerrara en el altillo de su casa, luego arrastrara una silla hacia la ventana, se sentara, (quizá) tomara drogas por última vez, para después, sí, disparar directo a su cabeza, poniéndole punto final a su corta vida y, consecuentemente, a una de las bandas más celebradas en la historia del rock. Su cuerpo sería recién encontrado el viernes 8, tres días después.

Vive rápido y deja un cadáver joven… Con tan solo 27 años, como tantos otros, Cobain pasaba a formar parte de “ese estúpido club” de los mártires del rock –que tanto odiaba-, dejando como testamento grandes canciones y un eterno interrogante, acerca de cuanto más de su maravillosa música nos podría haber brindado de haber seguido con vida.

LEGADO

Diego Mizrahi: “Los 90, para mí, fue una década rarísima, me pasó que no encontraba mi lugar. Con respecto a Nirvana y el movimiento grunge, no los entendía. Los escuchaba, hacía el esfuerzo, pero no los entendía. En ese momento estaba muy metido con el jazz, con la música fusión… Luego, pasó el tiempo y les empecé a prestar atención y descubrí que Nirvana era una banda de la puta madre que los parió… Me di cuenta de que los tipos tenían unas melodías bárbaras, Kurt Cobain tenía unas melodías con una simpleza increíble y una deformidad impresionante en esas guitarras… Los escucho ahora y digo “qué lo parió, qué adelantados que estuvieron estos tipos en su momento…” Creo que dejaron un legado impresionante, casi como si fueran los Beatles de los 90…”

Treinta millones de discos vendidos de Nevermind en todo el mundo parece ser una herencia pesada, inapelable. Pero, ¿alcanza con ese dato estadístico, frío y vacuo? Como siempre, al final la historia la siguen escribiendo los que ganan y dice que Cobain perdió la batalla, que su propio éxito fue tan intenso e inmanejable que se volvió catastrófico para su pobre psiquis y lo llevo a quitarse la vida (o a ser asesinado, como varios de sus fanáticos creen). En los libros quedará escrito que Kurt Cobain fue un talentoso compositor de un repertorio de canciones que lo catapultaron a la cima, haciéndolo explotar por los aires; porque siempre fue, es y será preferible “prenderse fuego antes que desvanecerse” (Neil Young, dixit).

Y de la escena grunge, ¿hoy quién se acuerda? Tan solo continúan los nombres omnipresentes de Pearl Jam o Foo Fighters (éstos últimos, con velados reproches varios por hacer música “complaciente”); figuras que basan su peso específico en los restos de su pasado glorioso más que en su presente. Lo que nadie podrá decir, lo que no queda impreso en ningún lado, es algo que pasa todo el tiempo, incluso ahora mismo, en algún lugar perdido del mundo, y que son las sensaciones desencadenadas durante ese segundo previo a que la cinta toque el cabezal, la púa el disco, el láser el CD; todos y cada uno de los momentos en que un pibe escucha por primera vez un disco, un clásico como Nevermind, y su vida cambia para siempre…

Emiliano Acevedo y Leandro Ruano