jueves, 15 de febrero de 2018

ANDRÉS CALAMARO, Nadie sale vivo de aquí: El discazo que usted aún no escuchó...


Nadie Sale Vivo de Aquí (1989), cuarta producción solista de Andres Calamaro, quizás sea, (¿por qué no?), el mejor disco de toda su carrera (aunque no sea, ni por las tapas, el más popular). Un álbum que coincidió con el derrumbe del gobierno alfonsinista y la hiperinflación, y como anticipo del inminente auto exilio del cantautor, quién decidiría a fines de ese año radicarse, por varias temporadas, en España.

Atiborrado de canciones brillantes, Nadie Sale Vivo de Aquí, con ese título derivado de una frase de Jim Morrison, nos mostraba una faceta de Calamaro bien songwriter, más cercana a un Tom Waits porteño, acompañado de músicos bien rockeros y polifacéticos como Ariel Rot (guitarra, coros) –con quién luego lideraría Los Rodríguez, el grupo hispano argentino más famoso del mundo-, Gringui Herrera (guitarra, coros), Ricky González (batería), el “Alemán” Alejandro Schanzenbach (bajo) y Jordi Polanuer (saxo).

Así nos podíamos encontrar en este álbum con temas grandiosos como el explosivo rock de 1.31 minutos “Nadie Sale Vivo de Aquí”, o “Pero Sin Sangre”, “Con la Soga al Cuello” (con Vicentico de invitado), las rancheras “No Tengo Tiempo” y “Adiós, Amigos, Adiós”, el rockabilly “Señoritas” (con Gabriel Carámbula en guitarra, Vicentico y el inefable Luciano Jr. haciendo coros), “Ni Hablar”, “No me Vuelvas la Espalda por Eso” o la agridulce “Dos Romeos”, con un recitado a la Lou Reed.

Dos puntos altos del disco eran “Vietnam”, un temazo dividido en dos partes que incluía la participación de Gustavo Cerati, en voz y guitarra, más Fito Páez en piano; y “Señal que te he Perdido”, casi un hit oculto dentro de la carrera calamaresca.

A propósito de la grabación del álbum, nos cuenta Alejandro Schanzenbach: “Con respecto a Nadie Sale Vivo de Aquí, ese disco se grabó en plena época de hiperinflación. Había mucha locura, veníamos tocando mucho, y cuando fuimos al estudio nadie sabía que era lo que íbamos a hacer, ni siquiera Calamaro… Así que nos encerramos en (los estudios) Panda, y así salió ese disco fresco, simple y profundo. Era una época de cambio para todos. Muchas giras, mucha música, y mucho de todo… Éramos una Banda –así en mayúscula-, porque, si bien había una cabeza visible, todos trabajábamos en equipo, y por eso salieron esos dos discos (el anterior Por Mirarte y este). Creo, en rigor de verdad, que si hubiésemos firmado todo lo que hicimos, casi todos los temas tenían participación de todos nosotros. Pero la realidad es otra, casi siempre, y así uno va creciendo y aprendiendo de las trampas que tiene la música, acerca de lo que uno gana y lo que tendría que ganar, lo que se esconde, lo que te dan y lo que no…”


Volviendo a su repertorio, sin dudas, la canción de este álbum que más perduraría en la memoria popular sería la mencionada “Pasemos a Otro Tema”. Lo curioso eran sus características sui generis que la convertían en una canción de desamor alegre. Algo que nos hacía intuir que este tema continuaba la aquella tradición iniciada por los Beatles, los especialistas en hacer temas alegres con letras tristes: “¿O acaso no era así “I´m Down”, una canción en donde la letra era un bajón total, pero, (mientras tanto) las cabezas de estropajo no dejaban de agitarse?”, como, una vez, señaló, en forma acertada, Alex Kapranos, el cantante de Franz Ferdinand.

Así es “Pasemos a Otro Tema”: una melodía imposible de dejar de cantar, ya sea que estemos en una tribuna, bajo la ducha, acomodando mercaderías en un depósito o enfrente de este monitor, mientras escribo esta nota que vos estas leyendo ahora. Una canción redonda, que con en 2.23 minutos te cautiva, dejándote con ganas de más. Su letra mágica empieza, de una, con el inolvidable “Pasemos a otro tema, no quiero hablar de eso /La casa está vacía y fría / La ropa en el pasillo me da la razón/ Ella me abandonó... ” Para seguir: “Está todo guardado / Hay cosas con candado /Hay cosas que abandono para siempre / Y hay un lugar vacío / Es el que había pensado / Sólo para los dos”. Luego de escuchar estos versos, ¿cómo no pensar en todas las rupturas amorosas del artista que los escribió o, mejor, en cada uno de los desgarramientos que sufre cualquier mortal ante esta situación: El fin de un proyecto en común y/o una relación? : “Ella es tan formal / Que nunca me va a perdonar...”

Sí, mejor no hablar de eso, y seguir recorriendo la irresistible letra de este tema, en el que Calamaro -pasando de la primera a la segunda persona-, en el puente, hasta se anima a incluir referencias a la Formula 1 (“Fue por el Efecto Suelo...”) y a su admirado Miguel (“... y una frase del Abuelo / El lugar se cubrió de pedazos de cristal”), y a toda su inmensa poesía, esa que hablaba de aquellos “pedazos rotos del gran espejo interior”. No queda mucho más que decir de esta canción, tan solo recomendarles que la escuchen, si aún no lo hicieron. Fíjense que no tiene introducción ni solo de guitarra. ¡Y ni falta que hace! Tan solo lo justo y necesario, más hubiese sido totlamente al dope.


Según los cánones de la música rock que define que es y que no es un álbum clásico, Nadie sale vivo de aquí no es un disco perfecto y, sin embargo, es una obra maestra. Y es que en sus imperfecciones, en sus múltiples y torrenciales direcciones habita el mejor rock libre, el que fluye con naturalidad, el que te atrapa por las tripas y te las pone del revés, el que te corta la respiración. Un Calamaro brillante y en lo alto de la suma de sus poderes. Eso es este disco, y no es poco. Así que le damos Play de una…

E.A.


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