
Algunas
veces la vida nos da gratas sorpresas y ciertas noches insípidas se vuelven inolvidables.
Algo de eso les pasó a tres pibes de barrio, que una noche se colaron en el vip
del Soul
Café (Báez 246, en el barrio de Las Cañitas). Fue el miércoles 26 de
noviembre de 2003. Nunca más se lo iban a olvidar…
La noche había empezado mal. Tomás, uno de los tres afortunados, había planeado una cita a ciegas en ese cool local gastronómico, con dos suecas que estaban estudiando fotografía en Baires, pero las minas no tenían ni media onda. Sin embargo, Tomasito no se rendía, porque ya tenía bien marcada a su presa en este dueto de féminas nórdicas, y por eso les había dicho a dos amigos (Marce y el Gordo Carbone) que se jugaran su chance con la otra rubia. Lástima que estos dos pibes no eran capaces ni de levantar ni un papel del piso, como se dice en la lleca... Por eso el final fue previsible. “Sobre lacrado”, como también se llama a este tipo de situaciones. Así, mientras Tomás al fin podía disfrutar de la compañía agradable de su rubia, sus dos amigos se preguntaban, lisa y llanamente, qué carajo estaban haciendo allí... Porque no habían podido establecer ningún tipo de comunicación con la otra muchacha europea.
Así, la noche languidecía lentamente, hasta
que, de pronto, en una maniobra media extraña, Tommy le pregunta a un tipo que
cuidaba la entrada del vip, si iba a tocar alguna banda allí esa noche. “No sé. ¿Ustedes son de la banda?”, respondió
y repreguntó el mono. Y ante la tímida respuesta de los muchachos: “Sí”, el tipo les dijo: “Bueno, pasen”.
Y así entramos, nomas... Perdón, entraron. A saber: Marcelito, Tomás y el Gordo Carbone. Sí, tres dignos representantes del lumpen proletariado del conurbano bonaerense. Un habitante de Lanús City y dos del Morón Profundo, con más orto que cabeza, colándose en un lugar en el que no estaban invitados ni a los premios. Y junto a Matías entraba la sueca. La otra rubia hacía rato que se había ido, argumentando tener “jaqueca”.

La pregunta del urso de la puerta, acerca de si “eran de la banda” tenía una explicación, y rápidamente se enteraron el porqué. Es que en ese momento estaba tocando una banda de chicos jóvenes, con un cantante pelilargo, rubio y carilindo que se parecía a Franco Constanzo, el ex arquero de River. El reggae fusión que hacían sonaba blandito, tipo música funcional. Quizás por eso Charly los despidió con un irónico: “No se preocupen muchachos, ya van a triunfar...”

Sé que muchos se sorprenderán si les digo
que fue un show magnifico, ya que están acostumbrados a enterrar a García, deshaciéndose en diatribas que
examinan su decadente estado físico, mental y anímico. Ya sabemos que esta es
una de las costumbres máximas de nuestra bendita Argentina, en donde rara vez se
respeta a los ídolos, ya que los que preferimos ver prendidos fuego o a lo sumo
borrachos en alguna plaza. Pues bien, estimados señores, esa noche mágica de
noviembre del 03, García demostró que difícilmente pueda ser sepultado jamás. Y
es que, muchas veces, antes de ir a ver un concierto de García, los espectadores
se preguntaban: "¿Hoy Charly se pondrá las pilas?" Bueno, ese
miércoles se las puso. Y cómo...


La parte final del show en el Soul Café fue cien por ciento "stone" y así pudimos... Perdón, los presentes pudieron disfrutar de deliciosas versiones de "It's Only Rock And Roll", "Beast Of Burden" o "Honky Tonk Women". Ahí Charly se permitió jugar con las tonalidades de “Beast of Burden” y “El Día que Apagaron la Luz”, fundiéndolas como si fueran una única canción. El broche frenético llegó con una muy buena redención del clásico de Bob Dylan "Like A Rolling Stone", que hizo levantar a todo el mundo de sus asientos. Sería bueno en este momento marcar un paréntesis y aclarar que todos estos temas fueron cantados por Charly y su hijo en un inglés muy bueno y nada sanateado, aunque usted no lo crea.
Y así pasó... “Todo tiene un final, todo termina”,
y luego de una hora y media "el show de los sueños" finalizó. Charly
se quedó escuchando la grabación de la jam
en sus auriculares, junto a la mesa de sonido, antes de volver a su "Palermo Bagdad", mientras todos los presentes se
iban yendo del local. Un momento mágico que ya había pasado, quedando también grabado
en las retinas y el recuerdo de aquellos tres pibes...
Finalmente, días se siguieron escurriendo del almanaque, como siempre, y por fin la rubia se volvió a Suecia, luego de ver –junto a Tomás y Marce- a Spinetta ofreciendo un show solo con la guitarra acústica, en diciembre de 2003, a beneficio en un hospital neuropsiquiatrico de la calle Córdoba. Seguramente, la muchacha se fue de nuestro país sin enterarse que había visto en vivo a los dos más grandes próceres del rock local. Antes del final de ese mini romance, cuando aún hacía pocos minutos que se habían ido del Soul Café, y mientras aún Tomás gozaba del sabor en los labios que le habían dejado los besos de la fogosa blonda, Marcelo y el Gordo Carbone se quedaron junto a su amigo, ya en la madrugada del jueves, comentando el show de Charly en una panchería de Retiro.
Porque, después de todo, ¿quién les podría
robar ese recuerdo que ya llevaban en sus memorias y en el fondo de sus corazones?
Quizás nadie les volviese a creer este relato, diciendo que este show lo
soñaron y que nunca ocurrió. Y sin embargo, nada de eso importa…
Porque, como ya sabemos, a veces la amarga realidad se convierte en algo más hermoso que cualquier sueño. Asumiendo
que eso fue aquel concierto íntimo que García regaló ese mágico
miércoles; yo, simplemente, quisiera darle las gracias... Gracias a Charly por
tantos años de música, talento y magia. Y gracias también, porque no, a esos tres pibes, entre los
que por fin me incluyo, por protagonizar esta pequeña historia, esta ficción de
lo real, que hoy te conté...
Nacho Melgarejo
Nacho Melgarejo
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