sábado, 5 de mayo de 2018

CAROLA KEMPER: "Yo era la Dama Negra, fina y rea a la vez..."


Se llama Carolina María Fasulo Kemper, pero en la historia del rock argentino todos la conocen como Carola, a secas. Ella fue una de las poquísimas mujeres que se animó a hacer rock y blues en esos primeros setenta, siempre acompañada por su ex pareja, el genial pianista y tecladista Carlos Cutaia. Lo que se dice, una verdadera pionera.

Una noche de diciembre de 2016 nos encontramos en el Virasoro Bar de Palermo, en un concierto de la cantante de jazz Barbie Martínez, y nos salió esta nota. En ella desmenuzamos toda la carrera artística de Carola, desde su infancia, pasando por sus históricos álbumes Damas Negras (1974) y Rota Tierra Rota (1979), hasta la actualidad; en donde se encuentra inmersa en un nuevo proyecto llamado Almendrita, una versión musical en clave opera reggae del cuento de legendario Andersen, junto a su hija Carolina y otros músicos jóvenes y talentosos. Por otro lado, Carola prosigue con su actividad como crítica teatral en un programa de FM La Tribu.

ENTREVISTA> ¿Cómo fueron tus primeros acercamientos a la música?
Se dio en forma natural. Desde chica me gustó cantar. Pero más en el colegio, no tanto en mi casa. Como iba a un colegio inglés, ahí se le daba mucha atención a los deportes y a la música. Se hacían muchas actividades al respecto, y era común que te hicieran subir al escenario a cantar. En mi casa, mi mamá gustaba mucho de la Música Clásica, por ejemplo, Mozart, Beethoven… por lo que, para ella, mi inclinación por el rocanrol fue algo terrible… (risas) También me gustaba cantar bosanova, Chico Buarque… Toda esa música divina de los sesenta. Luego, además de las artes musicales, me dediqué a la danza y también al teatro.

¿Cómo fue largarse a cantar en ese primer rock argentino, en donde no era tan usual para una mujer subirse a un escenario?
Convengamos que el rock fue y es machista, pero también tiene un costado sensible, que se palpaba mucho en esos años, en donde me tocó vivir un momento muy hermoso. Estoy muy agradecida a la vida, sinceramente, porque nunca pensé que iba a ser tan lindo todo lo que me pasó. Yo era aún muy naif, no me daba cuenta de la trascendencia de la cosa. Cuando estaba por grabar mi primer disco, todo era muy espontaneo para mí, agarraba la guitarra y sacaba las canciones. Luego eso fue creciendo. Ahora, cuando quise ingresar como compositora a SADAIC, tuve que rendir dos veces el examen... Me rebotaban todas las letras que escribía, tipo “La loca alemana” y demás. Por eso tuve que escribir la letra de una zamba, para que me aprueben… (risas)

¿En “María Corazón”, el hit de ese primigenio Damas Negras, te hablabas a vos misma?
Realmente, es más para las bailarinas. Viste que en el baile ubicarse bien el coxis tiene una importancia fundamental. Una bailarina tiene que tener una gran disciplina, no ser afectada por casi nada, sino no podés bailar. Creo que ese fue uno de los temas que más gustó del disco. Además, tiene uno de los mejores solos de piano grabados por Carlos en mis discos. Era buenísimo.

“Isidora superstone…”
Claro, porque, además de bailar, un porrito, de vez en cuando, tampoco venía mal… (risas)


¿Cómo era trabajar con Carlos?
Siempre tuvo un gran manejo de las situaciones, desde muy joven. Le decían “El Conde”. Imponía respeto; fue y es un gran músico, y siempre supo llegar a donde se proponía en los términos compositivos e interpretativos, sabía decirle a todos otros músicos que era lo que quería y como. Todo el mundo le hacía caso, pero porque las cosas que proponía iban bien, funcionaban.

¿Cómo se te ocurrió la letra de “Blues de una vez más”?
Fue un momento muy fuerte de mi vida, de mucha inspiración. Claro, porque yo aún era una pendeja, obviamente, pero viste que cantar blues es como sentirse medio vieja, digamos… es como que viajé en el tiempo ahí. El blues es lo más… ¿Quién no toca un blues en medio de un ensayo? Como dice en la letra… “La máquina del blues…” es así, dejarse llevar por esa música que está siempre ahí, de una forma u otra.

¿A qué bluseros admirabas?
A Buddy Miles. Es más, de chica hasta me compré una batería, y aprendí mucho escuchando. Me encantaba Buddy Miles, lo que hacía él, su forma de tocar la batería y cantar.

¿Y “Avenida Libertador”?
Aunque no lo creas, ese tema me hizo trabajar en publicidad. Porque un publicitario muy famoso estaba deslumbrado por esa canción. Él vivía en Martínez, y viajaba todo el tiempo por Avenida Libertador. La letra surgió así porque soy una persona muy romántica… (risas) Quizás fue mi respuesta a “Avenida Rivadavia” de Javier Martínez… (más risas) Siempre me pareció fascinante el trabajo de Javier.

¿Y Spinetta te inspiró “Hadas de dónde”?
No. Lo único que me inspiró fue su libertad poética, el tomar determinadas palabras y darles vida, dejarlas volar. Pero yo ya tenía esa veta compositiva incorporada de entrada en mí, antes de conocerlo a él, cuando trabajó junto a Carlos en Pescado Rabioso.


¿Y cómo fuiste desarrollando ese tema tan largo?
A mí me decía “La dama negra”, porque me vestía de negro, y tenía una cosa bien british. El famoso vestido que aparece en la foto del disco, era color cobre, de seda, y me lo había hecho a medida y a mano una vestuarista espectacular, exclusivo para mí. Fue casi un acto de amor, y eso se nota en esa imagen tan fuerte, casi icónica, que sacamos en nuestra casa de San Telmo. Quedé en la memoria de los que tuvieron el disco como una mujer muy linda, rea pero también fina. El diseño de la tapa viene del diseño de una camisa de Juan Gatti, el famoso dibujante y creador de la mayoría de las tapas de rock de aquellos años. Nos había gustado tanto la tela de su camisa, que así quedó. Porque siempre estuve muy copada con lo dadá, con el juego, y así quedó la tapa… Como un juego. También estaba muy copada con el Tarot, y eso se nota en la letra de “El ermitaño (seductor)”, que es una letra de Tarot. Esa canción le copaba mucho a León Gieco, me acuerdo.

¿Y “Oh, gran lago”?
Lo hice en Córdoba, en una casita en la que habíamos ido a vivir con Carlos. Esos pueblitos típicos de montaña, en donde te dan leche de cabra. Todo era montaña y lagos. Nosotros vivíamos enfrente a un lago, y se lo dediqué a ese lago.

En ese tema hasta tenés un registro vocal diferente al del resto del disco…
Sí, porque en esos años estaba cantando muy bien. Antes, en una época muy temprano de mi vida, cuando salí de la escuela, había cantado en el coro de una iglesia, en donde había gente profesional, hasta del Teatro Colón. Yo era soprano, y en esa época hasta podía cantar La Flauta Mágica… Ahí conocí a un cantante con voz de bajo, y me casé con él. Un bajo y una soprano ligera, juntos. Fue un acto de amor disparatado, pero no duró mucho… (risas)

La Loca Alemana sí sos vos…
Sí, soy yo. Era como me imaginaba en un futuro, cuando fuera más grande. Es una fantasía psicodélica también. Y así como tenés psicodelia en esta canción, en “Noches de Ciudad” tenés un blues bien clásico, sin ninguna vuelta.

¿Por qué no pudiste tener continuidad como cantautora luego de ese primer disco?
Para mí no fue tan fácil, porque nosotros formamos una familia con Carlos, y yo tuve que trabajar en muchas otras actividades. Hacia comedias musicales, trabajaba con Tato Bores. Hice publicidades con Luis Puenzo. Siempre fue un poco así. Lo importante fue poder grabar y tocar en algunas oportunidades, aunque no fueran tan seguidas.

¿Y de dónde sale esa onda progresiva que tiene Rota Tierra Rota, el disco que hiciste a dúo con Carlos, CeCe Cutaia, en 1979?
Porque Carlos estudiaba muchísimo piano en esa época. Estábamos en otra atmosfera creativa, por eso tiene unos solos espectaculares de él. Tiene temas más largos, como “El dragón y la princesa”, bien de rock progresivo. Fue un material que compusimos a dúo, porque yo siempre pude cantar muy fluidamente al lado del piano. Por otro lado, a mí siempre me gustó el mundo fantástico y eso se nota en algunas de las letras de ese disco.

La canción “La gente quiere saber”, ¿estaba inspirada en lo que ocurría en el ámbito socio político de aquellos años del Proceso Militar?
Justamente, lo que nosotros no queríamos perder era ese espacio de la imaginación. Es como la película El Pianista (Roman Polanski, 2002), que transcurre en pleno nazismo. Entonces, en ese momento, lo mejor que podíamos hacer era seguir tocando el piano. Ni siquiera se podía hablar, porque hasta podías desaparecer.

Eso te inspira la letra que dice “La gente teme la verdad en esta tragedia”
Claro. En “Rosa Diamante”, exactamente. En ese momento, la posibilidad de cambiar el mundo, era apegarte a tus amigos. Algunos sobrevivieron, aunque también perdimos muchos amigos en aquellos años.



Y de “Luna Cruel”, uno de tus temas más celebrados en ese disco, ¿qué recordás?
Ese tema, aunque no lo creas, está inspirado en la época en que estudiaba literatura inglesa en el colegio, cuando tenía quince años. Porque en El viejo y el mar, de Hemingway, esa moraleja de “lograste todo, pero no te sirvió para nada”, me mató. Había una parte que explicaba que para los marineros la mar era femenina (a pesar de que en inglés, the sea no es ni masculino ni femenino), y la crueldad es la luna. Uno pensaría que the moon es “un amor”, pero Hemingway la piensa como muy cruel. Esas cuestiones literarias quedaron muy en mí, durante todos esos años.

Un gran tema de ese disco es “Rota Tierra Rota”.
Más que nada era esa sensación del puente. Eso era lo más importante. Hablaba de cuestiones energéticas, por eso de lo de “imantados corazones”. Era justo un momento de gran crecimiento musical y compositivo para Carlos, y mis letras estaban en un momento más fantástico, energético, casi cuántico. Por ahí andaba la poética de esa canción. Tiene que ver con lo ecológico, pero muy poco; no tanto como “Nena Miel”, un tema que he vuelto a hacer en mi proyecto actual. Ahí estaba hablando sobre el poder fuertísimo de la miel, algo en lo que sigo enganchada hasta hoy. Más que nada, “Rota tierra rota” tiene que ver con eso, con ese poder de la naturaleza.

¿Por eso lo de Rosa Diamante”?
También, parece un disco conceptual, pero tampoco fue algo intencional. En todo caso, la poética me surge de lo que está pasando, digamos. No es algo establecido adrede. No es que pensamos en hacer un disco para hablar de la ficción que surge en la naturaleza. Porque si no sería como imitar a Proust, quien ochenta años antes ya escribía sobre gente que sentía en el cuerpo “el brotar de la naturaleza”. No, no funciona así la inspiración. Si no que es un tiempo y un lugar, y en ese momento de mi dúo con Carlos, se me disparó para ese lado, bastante diferente a la lírica de Damas Negras.





¿Cuáles fueron las diferencias compositivas sustanciales entre ambos discos?
Yo tocaba la guitarra en Damas Negras, de ahí, la composición de las canciones fue hecha a partir de la viola. Eran temas más míos. En Rota Tierra Rota, mi función fue más la de cantante-poeta, y la composición la definía más Carlos. Por otra parte, Rota Tierra Rota tardó mucho más tiempo en grabarse que Damas Negras. Lo grabamos en un estudio que tenían Phonogram en la calle Belgrano, unos estudios hermosos que ya no existen más, y con unos músicos geniales, que nos acompañaron a Carlos y a mí: Ricardo Sanz (bajo), Julio Presas (guitarra) y Carlos Riganti (batería).

¿Cómo ves ambos discos a la distancia?
La verdad, me dan un orgullo total. Nunca pensé –mientras los grababa- que iban a envejecer tan bien, como los buenos vinos… (risas) No les cambiaría nada, me siento plenamente reflejada en esa mujer que fui cuando los grabó, y pienso que fueron momentos en los que pusimos todas las fichas a eso. No nos quedamos con ganas de nada.

Luego, ¿cómo siguió tu actividad artística?
A partir de los ochenta, empecé a trabajar junto a Fernanda Correa, una diseñadora de arte que trabajaba con Los Twist y con Fabiana Cantilo. Con ella filmé mi primer videoclip, de una propuesta musical punk que hice en Cemento, La Novia de Frankenstein, que fue premiado en el primer Festival del Arte Joven. A partir de ahí, me empecé a interesar mucho por la realización audiovisual. No solo por lo visual, sino como una forma más de lenguaje artístico. Me copé mucho con esa cosa fragmentaria que tenían esos primeros clips fabulosos de Prince o Madonna. Ahí se jugaba mucho con los efectos visuales. Por ejemplo, el video de La novia de Frankestein estaba solarizado. Efectos de vanguardia para esa época, porque en el cine argentino no existían. En esa época era muy under la cosa aún. Capaz que se juntaban 200 o 300 personas, y pasábamos los videos que hacíamos en el (Teatro) San Martín. Ahí fue en donde me seleccionaron en un Video Fest europeo. En ese festival conocí a realizadores daneses, italianos, franceses y alemanes… Ahí también empecé a ser conocida como Carola Kemper, que es mi apellido materno. Con la música recién arranqué de vuelta hace unos años. Porque me impactó bastante conocer a los realizadores audiovisuales daneses. Justamente, traduje un libro que me dieron en la Video Fest de Berlín, acerca de la historia de cómo empezaron a hacer arte audiovisual en Dinamarca. El video como arte es muy caprichoso, muy experimental. Una especie de cuadro abstracto en vivo. Así que empecé a estudiar en el Centro de Arte Ricardo Rojas, pero como no me sacaban mi libro en EUDEBA, decidí hacer una adaptación de un cuento de Andersen, una “Opera Reggae”, y así fui craneano mi última producción musical, Almendrita, en donde tuve la compañía de mi hija, Carolina Cutaia, quien estuvo estudiando percusión, y en el disco se toca todo, desde un yembé bahiano, pasando por un cajón peruano y muchas más percusiones. Con ella tocamos bastante, compartiendo los primeros años de los 2000, haciendo este proyecto.

¿Quiénes más te acompañan en este proyecto de Almendrita?
Martín Schavelzon, el bajista que toca conmigo, quien me ha dado una ayuda muy importante. Desde la tapa… También participaron Michael Fernández (guitarra) y Ada Rave (saxo tenor). Si no hubiera sido por el apoyo que ellos me dieron, y varias personas más, no hubiera hecho el disco, que finalmente se editó en 2015. Porque siempre hay que aunar fuerzas para que un proyecto musical pueda salir adelante. Ahora estoy en una etapa de mucho enamoramiento con el jazz. Tengo ganas de hacer un nuevo disco que tenga algunas canciones de grandes compositoras mujeres que admiro: María Ezquiaga, de Rosal; y Luciana Tagliapietra, que hizo su primer disco con Litto Nebbia, producida por el propio Litto y con él cantando en una canción también. O sea, me gustaría hacer un disco como intérprete de otros autores, quizás con un único tema mío.

¿A quién sentís como tus continuadoras en el rock?
Hay varias chicas que me mostraron afecto. Por ejemplo, Claudia Puyó, quien vino a abrazarme una vez, cuando todavía era re chiquitita. Y mirá que carrera que hizo luego.

¿Cómo llegaste a trabajar en La Tribu?
Gracias al periodista Ezequiel Abalos. Un gran amigo y difusor del rock argentino. Así comencé mi labor como critica de teatro. A mí me parece que el panorama cultural argentino es copado, y nos hace bien a nosotros mismos. Es bueno tener un perfil propio, sin ser ultranacionalista. No hace falta llegar a eso, para mantener y desarrollar nuestra propia identidad cultural. En cuanto a nuestro teatro, me parece que es una escena que está muy viva, que tiene mucha sorpresa, y que visualiza lo que no está pasando. Son escenas de cosas que nos pasan, porque la sociedad está cambiando todo el tiempo. Hay distintas expectativas y lugares para plantarse en la sociedad actual, y eso está muy bien mostrado en el teatro.

¿Cómo vez al rock actual?
Pocos y pocas artistas me parecen interesantes. Creo que la música te tiene que arrastrar, y no hay muchos artistas nuevos que compongan canciones u obras que arrastren al oyente, como sí ocurría más seguido antes. Si no te arrastra… Qué sé yo, también hay muchas cosas nuevas que son divertidas, y están dedicadas a una juventud actual, que ya se divierten con otras cosas. Hay mucha gente interesante, pero son los menos los que arrastran. Pero es algo que pasa en todas las artes, no es un fenómeno privativo de la música, pasa en la literatura, pasa en el cine, en el teatro, en la pintura.

¿A que otros músicos nuevos admirás?
Me gusta muchísimo El Cruce de los Unders, de Nahuel Briones; él es un artista que me admiro mucho. Nahuel me parece un visionario, un petite Spinetta… (risas) Él es uno de los pocos artistas argentinos que arrastran. Lo pasan poco en la radio, pero es un súper artista. Creo que hay un poco de sadismo en eso. Quizás sea porque estamos tan vendidos al extranjero, que nos creemos tan poco nosotros. Por qué no lo pasan más en la radio a él y a un montón de artistas argentinos más, en vez de tanta basura extranjera. En fin, son cosas que nunca entenderé. Los argentinos estamos algo distraídos de nuestra propia realidad. Por eso me gusta tanto la radio La Tribu FM, porque, a diferencia de otras emisoras, sí está al tanto de todo lo que pasa en la cultura argentina. Somos víctimas de una universidad muy mediocre de publicistas, -algunos, no digo todos, por supuesto- que no le da pelota a la difusión de lo nuestro. Ese desprecio nos detiene mucho a los artistas, nos deteriora mucho… Hay que tener una actitud artística muy garbage para hacer frente a eso…

¿Qué música te conmueve más en esta época?
Me gusta mucho el jazz, hay un montón de músicos actuales que me conmueven mucho. Son músicos muy sensibles, que están prendidos a sus instrumentos, tocan todos muy bien. Hay una infinidad de nuevos valores que te podría nombrar.

Para terminar, una pregunta que hacemos siempre: ¿Qué tema de otro te hubiera gustado componer a vos?
“Zona de promesas”, de Cerati. ¡Qué hermosa canción! (canta) “Mama sabe bien… perdí una batalla…” Muy buena letra y melodía: “Tarda en llegar, y al final, al final, hay recompensa…” Lo sintetiza muy bien todo. No hace falta agregar más nada, ¿no?

Emiliano Acevedo



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