sábado, 12 de mayo de 2018

KING CRIMSON, In the Court of the Crimson King: Una extraña obra maestra


La pregunta lógica sería: ¿Por qué una nota dedicada al primer álbum de King Crimson? Porque todos los que hacemos este blog siempre hemos sido chicos interesados en esta obra de arte del rock progresivo, desde la primera vez que vimos esa cara enorme y desencajada, gritándonos en la ídem. Luego llegaría la música. Esa música que constituía “una extraña obra maestra”, como aseveró el genial Pete Townshend. Y es que era violenta y extrañamente frágil, un mundo lleno de dolor, pero armonioso, melancólico, experimental e incluso romántico.

Ojo… De cualquier forma, tenemos en claro que a mucha la gente a la que este disco le importa un bledo. Es más: son muchísimos los que amparándose en la simplicidad o en el mero sinsentido de la razón común del rock más cuadrado se dijeron a sí mismos: “No hay que escuchar In the Court of the Crimson King, nunca jamás.” Esa gente es, para mí, la que mejor luce detrás de una valla de contención de un show de un artista pop y la que más sabe de canciones cuadradas y jingleras. Pero, por supuesto, no podría convivir con ellos por demasiado tiempo, al igual que tampoco con un grupo de japoneses venidos desde Yokohama con dos sintetizadores y veinte cajas de ritmos dispuestos a hacer música experimental y grabarla a través de un tubo.

El álbum me genera muchas sensaciones. Y es que la degustación o la meditación del placer de los primeros segundos de “21st. Century Squizoid Man” no se pueden comparar con casi ninguna otra experiencia en el rock de todas las eras. Una canción demoledora. Impacta de la misma forma que la magnífica tapa del disco –un verdadero símbolo del rock progresivo- dibujada por Barry Godber, un joven programador de computadoras que, paradójica y lamentablemente, murió de un infarto pocos meses después de la edición del álbum, negándonos la posibilidad de apreciar más trabajos tan impresionantes como este, su opus primero y final. El dibujo original, se dice, aun lo conserva encuadrado en su oficina Robert Fripp. Imposible imaginar lo que podría costar esa obra de arte en una posible subasta.

Volviendo al disco en sí, ya con escuchar esta aplastante apertura, nos damos cuenta de por qué In the Court… es quizás el disco más influyente de la historia del rock progresivo. Su impacto ha crecido en forma sostenida, al igual que su leyenda, a través de las décadas. Editado en octubre de 1969, es mayormente obra del multiinstrumentista Ian McDonald, quien aquí tocó flauta, flautín, madera, mellotrón, teclados e hizo coros. Un genio que abandonó King Crimson poco tiempo después de editado este disco, y luego fundó la banda AOR Foreigner, en las postrimerías de la década del 70. El propio McDonald recuerda: “Sin tratar de criticarlo –estoy orgulloso del disco- éramos simplemente unos pibes aprovechando los coletazos del Sgt. Pepper con la suficiente suerte de haber sido dejados libres en un estudio para producir nuestra propia música.”

¡Pero que pibes! El mencionado Ian McDonald más Robert Fripp (guitarras), Greg Lake (bajo y voz), Michael Giles (batería, percusión y coros), y Peter Sienfield (a cargo de la composición de las letras y de la iluminación en los shows). Un Dream Team de corta vida pero gran trascendencia en la historia de este camaleónico grupo, que luego se transformaría en la vía artística del genial y hermético Robert Fripp, quien se iría adueñando del destino, las decisiones, y el nombre de la banda rápidamente.

Ya sé, a esta altura, me dirás: “Para que me sirve tu nota, si ya tengo todo King Crimson en este IPod.”  O mejor, “tengo todos los discos de rock sinfónico que se grabaron, en este chip implantado en mi cerebro.” Nada de eso importa, ¿querés sentir realmente lo que es estar vivo? Apretá F5 y poné la púa en “I Talk to the Wind”, justo cuando suena el solo de flauta. O ese dueto de flauta y percsuion que acompaña a Lake. Si no se te pone la piel de pollo, chequéalo con tu medico, quizás seas fiambre.




A mí siempre me interesó King Crimson, es cierto. Cuando éramos adolescentes ya gastaba la cinta de los TDK en donde tenía grabado Red o Lark´s Tongues in Aspic; pero también porque quería protegerme de esa música que yo consideraba “grasa” o “sin sentido”. Saber que afuera había más gente igual a nosotros, que se sentaba a analizar las letras de Tales From Topographic Oceans o a cantar Thick as a Brick a los gritos, alumbrados solos por una vela, bajo los cielos plomizos de abril. ¿No sería acaso ese un mundo ideal? Una chica recitándonos un poema de Hammill al oído, como si nos conociéramos de toda la vida, o ver una película y comprarse otro libro. Eso era disfrutar del tiempo. Saber tocar un instrumento, un lujo.

Y en el medio, la música del Rey Carmesí. Indescifrable, demoledora. Porque inmediatamente después de la crítica terrible de “21st. Century Schizoid Man” contra el progreso deshumanizado, llegaba “I Talk to the Wind”, un tema casi pastoral, cálido y tranquilo, que contrasta enormemente con el sonido, el tono y la actitud de su predecesor. Casi una pausa, un amable intermezzo para el oyente, ya que se viene otra canción inquietante: “Epitaph”, con la mejor performance vocal de Greg Lake de toda su carrera, superior, incluso, a su labor en Emerson, Lake & Palmer. Un tema genial, inenarrable, conmovedor y único. Dijo de él, McDonald: “Aun con sus fallas, creo que es la mejor canción del álbum. Creo que logré un buen resultado con el mellotrón. La sección de clarinete bajo es linda, oscura y ambiental, pero quizás es una secuencia demasiado larga, con un algo flojo arreglo en Si Mayor del clarinete. Aparte de esto es la canción está muy bien estructurada y tocada, y la coda es fantástica.”

El lado dos del disco comenzaba con la guitarra Gibson Les Paul de Fripp, pasada a través de la reverberación, para el delicado y evocativo “Moonchild”. Un tema en el que la voz de Lake está ecualizada, luego de haber sido registrada con el micrófono pegado a su boca. Contiene un sutil mellotrón y varios cambios de acordes en el estribillo. En la parte final de la canción, Giles, Fripp y McDonald añadieron una improvisación totalmente libre, muy a la usanza de la época. Uno de los momentos más espontáneos y menos pensados de esta obra magistral. En la primera parte, cantada, se relata la historia de la niña luna. Locura, caos, anarquía, descontrol y calma en otra de las canciones más bellas e imaginativas de la historia del rock.

Un fantástico disco que se cierra con su canción homónima. En esta ocasión, King Crimson se adentra en un mundo fantástico, de cuento infantil, con brujas y el innombrable Rey Carmesí. Otra vez, mellotrón a diestra y siniestra, un ambiente sobrecogedor. Belleza, tanto en la parte instrumental como en la cantada, y una letra espectacular. Cuenta McDonald: “Esta canción también fue escrita por Pete y yo, y la banda tomó su nombre de allí. Mi solo de flauta es regular, pero al final funciona bien. El lado se cierra por otra media docena de coros algo insanos, con más locura de mellotrón y brillante percusión, antes de que todo sea tragado por un remolino y se termine.”

Final para el disco y para un estilo instrumental de King Crimson, que nunca más sonará como aquí. Por supuesto, nadie sabe que caminos hubiera seguido el grupo si el talentoso Ian McDonald se habría quedado. A propósito, el letrista Seinfield opina: “Puedo afirmar que realmente solo el primer álbum fue King Crimson. Los dos o tres álbumes que Robert y yo hicimos después fueron algo así como el dúo Fripp/Seinfield. Y luego de eso, ya fue la Robert Fripp Band”. Una hipótesis a la que se opone con vehemencia el propio Fripp: ”Mi personal perspectiva es, desde ya, absolutamente diferente a la de los otros miembros fundadores del grupo en 1969. Mi impresión es que ellos consideran a ese Crimson como el único real. Creo que es una visión simpática pero con la que no estoy para nada de acuerdo.”

Opiniones al margen, nos queda la tarea de corroborarlas escuchando este disco inmortal, así como casi toda la obra del magnífico Rey Carmesí, el monarca más prestigioso de la historia del rock progresivo.

Nacho Melgarejo


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