| Foto: Nora Lezano |
Dialogar
con Guillermo Piccolini
puede ser fascinante. Nos encontramos en un bar de Congreso y charlamos un par
de horas sobre algo que nos apasiona: la música. En su caso, el arte de hacer
canciones, la contemplación poética y la inspiración en todas sus formas. Como
cantautor, Picco ha recorrido largos caminos hasta aquí, desarrollando una obra
extensa y suculenta plasmada en varios proyectos, tanto en forma grupal como
solista. Ojalá les guste el texto que viene a continuación que es una pequeña
muestra de todo eso.
ENTREVISTA> ¿Qué estás haciendo ahora?
Ahora estoy terminando un álbum nuevo. Hay temas que van saliendo, que corresponden a la parte que ya está hecha. Porque no tenía sentido esperar a que estuviera todo listo y sacar un disco entero en los tiempos que corren. Ya no funciona así.
¿Ya no funciona sacar un disco entero? ¿Hay que sacar singles?
Son todos singles, pero siempre fueron todos singles en el pop, en la música folclórica y en el tango. Efectivamente, cuando un artista compone a lo largo de dos años, lo más normal es que las composiciones tengan una unidad, un hilo conductor. Entonces agrupás esas canciones en un álbum. Yo estoy haciendo un álbum que me parece que va a tener un sentido. Pero en medio del proceso pasan cosas. Por ejemplo, conocí a Pablo Dacal, nos llevamos bien, nos juntamos a ensayar y terminamos diciendo: "Che, grabémoslo." Son cosas que pasan fuera de programa y están buenísimas. Porque también me pongo a cantar una canción de Willy Crook con los Funky Torinos. Willy la cantaba con guitarra, pero nosotros, ahora que él no está, la hacemos con Patán [Vidal] en piano y voz, y termina siendo una versión completamente distinta. Y me gusta, la voy a grabar, me gusta trabajar sobre eso. Son proyectos anexos, no forman parte de un álbum. Pero al mismo tiempo son canciones que canto yo, que hago yo, aunque algunas no sean mías. Vamos a ver cómo queda el disco, la verdad es que me gustan las canciones, son más abiertas.
Ah, no es tan de raíz folclórica como Futuro Imperfecto, tu primer solista…
No es tan así, pero tiene mucho elementos folclóricos. Aquel disco estaba pensado que iba a ser como el primero de Dylan. Pero luego le pusimos algunos detalles y así se armó un poquito más. Este es un poco más orquestado. Como que psicológicamente me di permiso de poder tocar un sintetizador si se me antoja, algo que en el disco anterior tenía prohibido. Es interesante trabajar con un concepto. No abrir muchos juegos.
¿Cuándo y cómo te surgieron estas nuevas canciones?
Tengo muchas ideas viejas muy buenas que nunca puedo terminar. Es como una maldición. No terminan de cuajar en una canción. Y otras que por ahí son más normales, tienen más fuerza.
¿En tus canciones viene primero la melodía y después la letra o eso va mutando?
No sé. Pasa de cualquier manera.
Porque vos sos medio poeta también…
Es muy raro que haga algo con la letra primero. Eso es más raro, a veces lo hago, pero la canción a veces viene y ya cuenta de lo que quiere hablar. Ya viene con un sentido, palabras incorporadas… salen solas.
Y vos tenés la facilidad de combinar letras con situaciones cómicas…
Sí, no sé, eso pasa un poco a mi pesar, es como un viejo gusto por el disparate. Por ahí a mí hasta me parece normal pero no es tan normal. Mi gusto por el disparate creo que está bien, el gusto por el sonido disparatado, por la palabra disparatada…
¿Eso viene de tu infancia?
No sé, por ahí fue una cosa más artística de cuando era chico, que me gustaban los surrealistas, lo dadá. Por ahí viene de ahí, porque ellos usaban mucho el humor. Y después, cuando era adolescente, me gustaban mucho Los Twist, Virus, Los Redondos, aunque ellos no usaban tanto el humor. Pero después aterricé en España y armamos Los Toreros Muertos. Pachuco Cadáver y Venus también tienen sus cosas humorísticas. Siempre hay algo de eso. No sé cómo se ve de afuera, pero yo noto un hilo conductor en mis canciones. No noto una gran diferencia con lo que hacemos en Pachuco y lo que hago hoy. Si bien Pachuco es ambient rock…
Ese material se siente bien anclado en una etapa determinada de la música: fines de los 80, principios de los 90…
Es como el post punk, qué sé yo. El principio de lo indie…
Lo que hacés ahora es más atemporal.
Pero yo siempre estuve del lado de la canción. Por más que me gustaba el disparate y la música rara, música concreta o música de vanguardia, de escuela europea o la new wave de Nueva York, los Residents… Por ejemplo los Residents es un grupo que a mí me gusta muchísimo. Yo puedo poner Eskimo, esos discos largos, pero normalmente elijo Dog Stab! o Commercial Album, álbumes que tienen canciones. Siempre prefiero la canción en definitiva. Yo busco meterme dentro de la canción, pegarme a una tradición. Una música que se note que es de acá.
Es como volver a tus raíces. Vos empezaste tocando folklore.
Sí, de niño. Me acuerdo en el colegio en los actos del 9 de julio había que hacer un número y la maestra nos ponía a mi amigo Daniel y a mí para que tocásemos la guitarra.
¿Y cuándo te atrapó el rock, el pop?
Es que de repente aparecieron los Beatles y eso fue una revelación. Porque la música beat también sonaba en la radio: “Salta pequeña langosta”, “Yo en mi casa y ella en el bar” y otros temas. Escuchabas en la radio ese estilo de música beat en castellano, como se llamaba en esa época. Pero de repente se me aparecen los Beatles, con esa manera de gritar en su primer disco, que a mí de niño se me presentó como una auténtica revelación.
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| Foto: Nora Lezano |
¿Vos pediste el disco o tus padres ya lo escuchaban?
Lo escuché en lo de una tía. Mis viejos escuchaban otros discos. Mi papá escuchaba bastante música, después dejó de escuchar. Pero sí, tenía un par de discos de María Elena Walsh que ponía mucho, Palito Ortega y demás. Que era poco. Sino podías escuchar lo que pasaban en la radio y de rock no había casi ningún programa, muy poco se pasaba. Yo era chico en esa época, no escuchaba la radio, pero bueno, podías acceder a unos discos. Por eso a mí todavía me preguntan: "¿Pero no escuchaste tal disco?" No sé, no, porque nadie de mi entorno lo tenía. Capaz que ibas de visita a la casa de alguien para escuchar tal disco que se había comprado. O venía alguno con dos o tres discos a la tuya, y eran una revelación. Yo recuerdo cuando me vinieron de visita con discos de Nina Hagen y Magazine y me volaron la cabeza. Eso pasó cuando era más grande, a los 17 años. No lo podía creer. O sino escuchar por primera vez a los B-52s. Los músicos que me gustan siempre tuvieron un componente epifánico. Me pasa con Vinicio Capossela, por ejemplo, que es un músico italiano que gusta mucho. Me pasó cuando descubrí al Cuchi Leguizamón. Entonces esa escasez, que es un poco lo que hablaba antes de limitar los medios para hacer algo, te hace pensar más y eso por ahí está bien. Limitar los medios es interesante porque no es importante escuchar toda la música de los artistas.
No. Es imposible…
Sí, y me parece reiterativo. A mí me encanta escuchar a los Beatles, pero si los ponés vos, porque yo no lo voy a poner casi nunca. Yo los escucho desde que tengo seis años, quiero escuchar cosas nuevas, cosas que no escuché del todo, no sé, lo nuevo.
¿Y qué escuchás ahora?
Escucho poca música. Mucho folclore y tango en forma aleatoria. Cosas viejas. Me gusta la chanson francesa. No tanto el francés, pero sí como construyen el tipo de canción que hacen. Gainsbourg me gusta muchísimo. El otro día fui al parque y me traje un disco por dos mangos de Michel Sardou, que también tiene uno o dos temas de Gainsbourg. Me encanta ese disco, los arreglos, la elegancia, el cariño que hay puesto en eso. Cada nota de cada instrumento. Son tipos que pensaban que notas iban a poner en cada parte de la canción. Hay un cariño puesto ahí que yo hoy lo agradezco, comparado con los métodos de producción musicales de la actualidad. Me gustan muchas cosas que se producen con los métodos actuales, pero son métodos más industriales. Son casi de fabricación.
Antes todo era más artesanal, había menos canales, menos medios y había que elegir bien los sonidos que ibas a meter en el disco.
Exacto. Y es lo de antes, no hay tiempo para escucharlo todo. Entonces, lo que la vida te pone delante y lo que supiste buscar, te define también. Imaginate a un tarado que es fan de los Residents y de Hugo Díaz. Cosas un poco disímiles. Para empezar ese tarado solo puede ser argentino, ¿no? Muy raro que sea otra cosa con Hugo en la cuestión. Pero eso te da una personalidad que es distinta.
¿Y qué escuchás más en la actualidad, el mainstream o lo under?
Es que hay tanta música para escuchar… Hay música de África. Pero no podés escuchar todo, porque entonces no entendés nada o se transforma todo en una melange. O sea, hay cosas que no elegís. Yo elijo folclore random porque, ya te digo, es random. Por ahí pongo Argentinísima, Volumen 22 y que sea lo que Dios quiera. Por ahí sale el Soldado Chamamé cantando, no sé, cualquier cosa.
O Zitarrosa…
Sí, Zitarrosa y después sale un tema de Los Bombos Tehuelches, sin anestesia. Es random. Y entonces conectás con eso, entendés ese tipo de canciones, ese tipo de historias. Historias que son distintas a las que escribían Lou Reed o Bowie, que también me gustan, pero si tengo que elegir hoy, elijo una artista más auténtico.
En una nota dijiste que el rock un poco te cansó…
A mí me gustaba la rebeldía del rock, esa manera de gritar en los discos. Pero cuando toda la música es así, ¿dónde está esa rebeldía? Cuando la música mainstream estaba hecha con instrumentos acústicos, salieron los rockeros e hicieron una revolución violenta, adolescente, urgente; gritando, eso me encantaba. Pero hace 60 años que estamos así, con el mismo ritmo. Cada vez con menos variantes rítmicas porque todo se va acotando y perfeccionando pero se toca de una sola manera, ya no es tan abierto. Ringo [Starr] no solo era un poco disparatado a veces en sus propuestas rítmicas, sino que además tocaba suelto, no tocaba preciso como se toca desde hace mucho tiempo, desde la New Wave para acá. Para mí hasta el año 2000 llega la novedad en el rock. Con dificultad. Y del 2000 ya pasaron 26 años. Se siguen haciendo grandes canciones con ese formato, yo no digo que no, pero a mí ese sonido me tiene un poco cansado. Y la pose, donde no se sabe si los músicos son un grupo de músicos o un grupo de modelos, también me tiene un poco cansado. Tal vez es la envidia porque yo estoy viejo y ellos son jóvenes. Pero la estética actual del rockstar no me cabe, no tiene gracia.
¿Y cuándo estabas con Roberto Pettinato en Pachuco Cadáver, cómo hacías para congeniar eso? Porque él tiene una figura muy importante como personaje.
Era difícil, pero bueno, en la época que hacíamos Pachuco, Pettinato era otra persona. Estuve hace poco con Roberto cuando cumplió 70. Lo quiero un montón. Pero como te digo, en aquel entonces él no era aún el personaje post TV. Pero bueno, eso es lo que también hacía que el grupo no pudiera seguir funcionando, porque algunas situaciones eran muy difíciles y raras. La combinación de imágenes, entre él y yo. No lo pudimos resolver y se terminó.
Siempre me pareció genial que en la tapa del disco hayan aparecido desnudos como estrategia para que les den pelota.
Mirá, nosotros estábamos haciendo ese proyecto siendo dos melómanos y frikis de la música y nos parecía que estaba bueno. Así tocamos un par de veces en vivo y la gente nos decía: "Che, está buenísimo." ¿Qué hacemos? Y mandémonos a Inglaterra, Estados Unidos… Pero si mandábamos un casete iba a quedar ahí tirado entremedio de 500 más que llegaban por día. Entonces, nos sacamos unas fotos y en un momento dado nos sacamos unas desnudos, porque ya no sabíamos más qué fotos sacar. Y la verdad es que las fotos desnudas tenían gracia porque, ya que no contenían nada erótico, simplemente eran dos tipos desnudos, no había nada más que eso. Y al mismo tiempo eso tenía mucho que ver con la música que hacíamos: lo que podían tocar dos tipos desnudos. Obviamente, cuando venía Willy Crook era mejor, y con Gillespi también; pero los dos solitos nos las arreglábamos bien. Así inventamos ese concepto del “taxi rock”.
¿Cómo es eso?
Como yo ya tenía varios instrumentos, y algunos medio grandes, no entraban en un taxi. Entonces, la idea era que teníamos que entrar nosotros dos con todos los instrumentos en un solo taxi, porque sino perdíamos plata. Ese es el concepto del taxi rock, que es más o menos el mismo que manejo hoy. Tener un set minimalista y hacer música con eso, con lo mínimo. La manera de hacerlo pasó a ser esa. Por otra parte, a mí no me gusta tocar con pistas. Lo hice algunas veces, pero no me gusta. Me puede gustar la sonoridad, pero darle play a la computadora y tocar arriba no me va.
Lo tuyo es más orgánico…
Por ahí toco siempre igual las canciones, pero no quiero estar pendiente de seguir a una máquina que mete cosas que no están ahí y que el público escucha. Me parece que eso genera una distancia en donde lo que ganás en sonoridad lo perdés en conexión, y me parece que uno sale perdiendo en ese intercambio.
El azar ha estado bastante presente en tu trayectoria, ¿no? Porque es como que una cosa te fue llevando a la otra, cosas que no planeaste y se fueron dando en los diferentes grupos, proyectos en los que estuviste…
Un poco es verdad que nunca planeo nada, porque generalmente los planes salen mal. Y entonces, como siempre y en todo, me dejo guiar mucho por la intuición. Y es como si hubiera tenido o tuviera un ángel de la guarda que me dice: "Venga, por acá, amigo”. No sé, a mí me pasó así. No tengo una explicación. Yo no creo cómo cree la gente en la meritocracia. Yo tengo una carrera de 40 años. Alguna gracia habrá que tener para soportar una carrera dura como es la de músico. No sé cuál es, pero me reconozco que algunas cosas interesantes hice en estos años. Quizás no las suficientes, a mí me hubiera gustado hacer más. Pero también había que trabajar, ganarse la vida…
¿Hiciste otros trabajos aparte de la música?
No, siempre laburé con la música, pero hice muchísimos discos para otra gente, hice música para publicidades, toqué para otra gente. No todos los proyectos en los que estuve fueron míos. Produje Dale Aborigen de Todos Tus Muertos, y toqué un tiempo con ellos. Toqué con Man Ray, produje su disco Piropo en España también, y me metí en proyectos que llevaban mucho tiempo, y cuando terminás de hacerlos hay que ser realmente un héroe para decir: "Ahora voy a hacer mis canciones”, porque no querés escuchar más nada. Luego de pasar 10 horas metido en un estudio de grabación, lo último que querés es agarrar una guitarra.
Hablabas de que ya tenés 40 años de trayectoria, pero empezaste bien arriba con Los Toreros Muertos, ¿cómo se dio?
Surgió. Hubo una larga cadena de personas que me dijeron: “Andá para allá.” Un señor en una esquina, un camarero en un bar que nunca más volví a ver. Gente que te dice: "Anda allá, no, fíjate." Y por ahí no tenés nada mejor que hacer y vas. Y los Toreros se armó inmediatamente. Estaban Pablo [Carbonell] y Many [Moure], que ya tenían cuatro o cinco canciones escritas y estaban buenas, una era un embrión largo de “Mi agüita amarilla”, que duraba casi 15 minutos. Y bueno, me sumé. Yo traía y generaba material para trabajar y entonces hicimos un montón de canciones rápidamente. Y enseguida llenábamos el lugar, cada vez que tocábamos, explotaba todos los días. Era un lugar chico, más chico que este bar. Pero un día vinieron un par de integrantes de la banda de Sabina y nos produjeron. Son cosas que ocurren. Nosotros pensábamos que era todo facilísimo en esa época. Después, con dolor descubrimos que no era tan fácil la vida. Pero en ese momento pensábamos que la vida era muy fácil. Porque realmente había sido así.
Y las canciones fluían…
No tanto. Las canciones había que hacerlas y también había que tener una actitud arriba del escenario. Habría cosas buenas y malas también, pero había algo ahí. Así que nos llamaron, grabamos un disco y nos iban a echar de la discográfica, pero después descubrieron que habíamos vendido un montón, entonces no nos echaron. Y así fue. No hubo plan, manejos o reuniones.
Ese fue tu momento de mayor popularidad, ¿no?
Los Toreros fueron el grupo más exitoso en el que estuve, sí, sin duda. Yo ya hacía música antes de irme a España. Hacía música electrónica, básicamente. Influenciado por Brian Eno. Me gustaban Suicide, los Residents. En esa época ponía cuatro pistas, una caja de ritmos. Pero además tocaba con gente. Ahí tocaba cosas más normales. A mis amigos del barrio les gustaba el blues y eso era algo simple que podíamos tocar y zapar durante horas.
¿Sos autodidacta?
No, siempre tuve maestros y nunca fui un alumno muy aventajado.
Pero te defendés bastante bien, en todo lo que sea piano y guitarra…
Más o menos entiendo lo que hago. Pero me divierte hacer ciertas audacias, me divierte el ruido, entonces yo al piano lo toco de manera percusiva, no solamente acordes o los arpegios, también le pego, todo es parte del disparate. Pero bueno, con los Toreros yo hacía esa música y tocaba lo que terciara. Quiero decir, también iba a tocar con quien me convocara. En ese contexto me voy a Madrid con Javier Martínez a tocar con Moris, en 1984. Un proyecto que al final no prosperó. Pero sí sucedió lo de los Toreros. La música de los Toreros originalmente también se parecía mucho a lo que hacía yo en mi Gran Bourg natal, porque también usábamos una caja de ritmos en ese escenario infinito en el que tocábamos. Cuando vamos a grabar con los Toreros, los productores nos dicen que no, que con caja de ritmo no va, que tiene que ser con batería. Porque ellos eran old school y nosotros no sabíamos cómo hacer un disco. Yo llegué a ese estudio con un cuatro pistas. Pero eran estudios grandes, de los de antes de los 80, con máquinas enormes, consolas enormes, micrófonos que no viste en tu vida. Y había un tipo ahí que me decía: "Séntate ahí y callate." Y uno se sienta ahí y se calla. Y cada tanto pregunta, y aprende. Entonces nos dijeron que teníamos que grabar con batería. A nosotros nos daba lo mismo, nosotros tocábamos eso porque era un bar de jams, no había posibilidad de tener un batería ahí porque no entraba. Entonces, teníamos una caja de ritmos. Many tocaba el bajo, yo tocaba el piano y el sinte. Y por ahí subía un guitarrista, porque era un lugar de improvisaciones, o por ahí subía uno que tocaba la armónica, o uno que tocaba la durzaina, que es un clarinete aragonés. En realidad, suena más como un oboe. Se subían varios guitarristas con estilos distintos. En esas jams hacíamos los temas de los Toreros, porque cantaba Pablo. Pero el formato de eso era completamente variable. A veces lo tocamos más rápido, a veces más lento, a veces duraba más, a veces duraba menos, a veces tenía una estrofa más, una estrofa menos, era todo completamente variable.
Lo que se llama freestyle…
Sí, por eso, cuando llegamos a grabar no había un plan. ¿Qué vamos a grabar? Entonces los productores, que eran old school, nos pidieron un baterista. Nosotros conseguimos un baterista muy bueno. Many, que era el mayor, trajo un baterista muy bueno que grabó. Y uno de los productores tocó la guitarra y otro tocó el saxo, entonces ya la banda estaba. Pero no era una banda en la que habíamos estado tres meses ensayando los seis. Entonces, cuando llegó el momento de tocar en vivo después de la grabación, volvimos a casi lo mismo que hacíamos antes, pero después empezaron a salir shows de un grupo que tiene disco, shows un poco más formales y grandes, con cachet. Tener batería fue una decisión que nadie tomó, simplemente ocurrió. Y después viene Pachuco que es como lo que hacía antes con máquinas. También están los Lions, Man Ray, Venus, muchos grupos. Pero a mí me parece que lo que hago ahora es igual, salvo por el asunto del bombo que es la caja de ritmos. De hecho, lo uso de esa manera. Después llamo a alguien que sabe tocar y hace su magia.
Me llamó mucho la atención eso que dijiste en una entrevista de que te influyó mucho haber trabajado en España en un disco de Susana Rinaldi en los años 2000.
Sí, eso fue un disco que Alejo Stivel me encargó. Yo trabajaba para Alejo en ese momento, durante esa época que te decía antes en que había que trabajar mucho en otros proyectos. Yo trabajaba 10, 11 horas por día. Alejo es hijo de Zulema Katz, así que Susana es casi como su tía, básicamente, algo así. Tiene una relación familiar. Alejo habrá visto que existía Gotán Project, Bajofondo, y quiso hacer algo en ese estilo, porque en ese momento era un productor muy de onda en España. Y entonces me encargó hacer eso. Yo le dije que de tango no sabía nada y de música electrónica de baile casi nada. Pero él me insistió, y como era mi jefe, no podía decirle que no.
Fue una propuesta ineludible.
Algo así. Había que hacer versiones de “El día que me quieras”, “El choclo”, “La cumparsita”, “Caminito”, muchos tangos for export. Entonces, claro, de repente te dicen que te proponen participar en algo que pareciera ser una carnicería del patrimonio musical argentino. Y yo lo llevé como pude, dentro de los parámetros que tenía, y así se fue armando un disco interesante. Un poco malogrado, pero que era raro de entrada. Entonces empezó a pasar una cosa simpática en lo musical. Hasta que un día llegó Susana, puso su voz y a mí me explotó la cabeza directamente.
¿Por qué?
Es que llegó y cantó de una manera que a mí no se me hubiera ocurrido nunca. Y en primera toma, era increíble. Venía, grababa y te contaba un par de anécdotas un buen rato. Luego, decía: “Pará, voy a cantarla de nuevo”. Volvía al estudio y era como si cantara otra persona. Otra cosa totalmente distinta. Hay una anécdota muy tonta, pero que fue lo primero que vi de ella. Le estaban poniendo el micrófono. Le pusieron el mejor micrófono que tenían en el estudio, un Neumann U67 a válvula, con todos los chiches, que sale un montón de guita. A cualquiera que venía a grabar en el estudio le ponían el pop stopper, para que las “p” no exploten en el micrófono y para que la saliva no impacte en la cápsula. En eso, Susana lo mira la asistente y le dice: "Sacame eso de ahí adelante, nene; que soy una profesional”. Me encantó. Marcó el terreno inmediatamente. Nadie la iba a tocar. Y todos los temas fueron así. Muy genial ella y su manejo de la palabra, como decir el tango. No intentaba hacer una melodía sino que la fraseaba según las palabras.
Te cambió tu propia perspectiva de cómo hacer música.
Sí, sí. Además que el proyecto me enfocó en una muy diferente a lo que yo venía haciendo, y me tuve que poner a estudiar. Porque son obras complejas y hay que ver cómo son. Así me puse en contacto con el legüero, por ejemplo. Yo siempre había tenido un legüero, pero nunca se me había ocurrido usarlo en un proyecto mío, porque yo era más rockero. Salió eso y la frutilla de ese disco para mí es un tema que se llama “Vamos todavía”, que es un poema de Juanca Tavera, qué ella me lo dejó grabado sin música. O sea, me dijo fijate si podés hacer algo con esto, y me dejó un poema grabado, hermoso. Entonces yo encontré una melodía y lo fui armonizando de una manera extraña. Y a ella le encantó. Cuando volvió y escuchó lo que había pasado quedó muy contenta. De ese disco también me gusta mucho la versión que hizo de “Uno”, o la de “Balada para mi muerte”. Me parece que ahí la descoció.
Y te influenció…
No sé si me influenció pero me disparó para otro lado. Me mostró que había un mundo más allá de la de la llamada música internacional, que es inglesa o norteamericana, pero no es internacional. Porque música internacional había antes. En este país antes se escuchaba más música italiana que música inglesa, más música francesa. Se escuchaba español o portugués, pero ahora es muy raro que eso ocurra. Se escucha música en castellano o en inglés. Pero los otros idiomas no están tan presentes. A mí me aburre un poco eso, porque hay música africana, hay otras músicas interesantísimas, pero está todo loteado. Por ejemplo, a mí me encantan CA7RIEL & Paco Amoroso, quienes parece que hacen todo bien, pero ellos poco y nada de lo que hacen en lo musical es nacional, ni el acento que tienen parece de acá. Pero bueno, sí tienen una manera de hacer que es argentina. Y eso es una impronta también. Lo mismo pasa con Milo J y demás. Hay una búsqueda ahí y eso me gusta. Está lleno de músicos jóvenes buenísimos. Y por ahí son piolas para poder navegar en el mundo que les toca.
Hablemos un poco de tu participación como músico invitado en el disco doble Lobo Suelto – Cordero Atado, de Los Redondos…
Sí, a mí me invitaron en un par canciones de ese disco ("Sorpresa de Shanghái" y "Caña seca y un membrillo"). Fui un día y grabé. Por supuesto, me encanta escucharme tocar ahí porque son unos de mis ídolos. Creo que está bien lo que hice. Fue una experiencia hermosa. Justamente, en el disco que estoy haciendo ahora el maestro Skay grabó en una canción, así que estoy muy contento. Hay un par de invitados que ya develaré, muy simpáticos y algunos sorprendentes.
Tu amistad con Skay lleva ya muchos años…
Tal cual. Vos sabés que yo no tengo ni una foto con Skay. Nos conocemos desde el 84, o sea, son un montón de años. Pero no tengo ni una foto con él. Increíble. Y salvo esta participación mía con Los Redondos, no habíamos podido plasmar ese cariño que nos teníamos en la vida en lo musical.
Hubo un ofrecimiento, a fines de los 80, de que te unieras al grupo, ¿no?
Hubo, pero yo estaba haciendo otras cosas. Justo estaba con Los Toreros en España, tenía una novia, muchos compromisos. Hubiera estado muy bien. Incluso, por ahí le hubiera podido dar al Indio su apetencia por lo tecno mucho antes. Pero yo no podía hacerlo en ese momento. Igual, lo que ocurrió está maravilloso, estoy agradecidísimo a la vida por eso.
Claramente, hiciste un montón de discos importantes…
Sí, una cosa que muy poca gente sabe es que yo toqué con los tres manales. Toqué con Javier, toqué con el Negro Medina y toqué con Claudio. Nunca juntos, pero con los tres. Algo que agradezco inmensamente porque Manal es para mi corazón el gran grupo argentino. Hacían todo bien. Hay momentos que los escuchás y decís, "Pero estos guachos son The Police 10 años antes en Argentina." Y con una voz mucho mejor.
Y aún hoy Manal, junto con Moris, son dos referentes musicales que te siguen influenciando…
Sí. Toda esa época, junto a Tango… Igual, ahora también hay gente muy importante como Fernando Cabrera. Está lleno de gente hermosa que hizo una música espectacular, Eduardo Mateo mismo. La otra vez fui al cumpleaños de Petti y le regalé un disco de José Larralde. Él hace poco dijo que no entendía el folklore. Entonces le dije que cuando lo ponga piense que Larralde era un blusero raro, a ver qué le parecía. Porque viste que uno se enfrenta a Robert Johnson y hace como que entiende el inglés, ¿no? Y es bien precario lo de Johnson. A mí me gustó y demás, pero digo, no es sofisticado, porque los bluseros se ponen la gorra y dicen que la gran música es el blues. El blues tiene tres tonos. Hay grandes artistas bluseros, pero el blues es una música sencilla y no es mejor que el cuarteto per se. Hay artistas que hacen cosas buenas y malas en todos lados con distintos estilos. Y lo del blues es bien limitado.
Larralde hacía esas milongas larguísimas…
Tal cual. Y es como el blues, tónica y dominante, que es lo mismo que hace Zitarrosa, nada más que lo de Larralde es más lento. Era como una zapada de blues, es lo mismo. En mi opinión, poéticamente, los bluseros no tienen ni para empezar frente a la milonga. Como poética, después si te gustan los solos de guitarra de blues eso es otra cosa. También es un descubrimiento, ¿no? Porque ya de más grandecitos podemos decir: “She Loves You, Yeah, Yeah, Yeah…” Ok, me encanta. Pero digamos que también hay gente que pudo decir más o menos lo mismo sin el yeah, yeah yeah; de maneras más trabajadas, originales y profundas.
Quizás en el rock nos enamoramos más de las sonoridades que del mensaje.
Claro. Y es interesante porque en el fondo es una música que no nos pertenece. Sí, nosotros la hicimos, la recogimos, es como el blues de acá, hay blues de acá: Manal, Memphis, me encanta el blues. Y más, te digo, cuando Adrián Otero escribe “El blues del estibador” o “El blues de las 6:30” eso es de acá. Lo mismo “Moscato, Pizza y Fainá”, “La bifurcada”, la manera que tiene de hablar, es de acá. Pero es un trasplante que tiene fecha de vencimiento, me parece. Porque, a la vez, el blues no es un género de acá. Y acá tenemos gente que cantan cosas simples, pero también tenemos gente que con esa simpleza hacen un delirio. Quiero decir, tónica dominante de la milonga, de ahí, con un poco de candombe sería el tango y los delirios musicales que se han hecho son increíbles. Imaginate, Discépolo, Cadicamo, un nivel de poética elevadísima, no es “She Loves You”, es mucho más. Tengo una amiga que defiende al pop y dice que no se puede comparar. Y bueno, yo creo que sí se puede comparar cómo manejaba Fangio y cómo manejo yo. Porque hay unas cuestiones técnicas, acá hay una riqueza y un conocimiento del oficio, un amor que hace que esa persona sea excelente en eso. Estamos hablando de grandes poetas del tango, intentando compararlos a grandes letristas del rock, que además no son Dylan. ¿Tienen buenas letras? Tienen buenas letras. Pero Manzi no escribía solo buenas letras. Y por eso son obras que están hechas en fierro. Vos escuchás eso hoy y es una fuente de sabiduría. Se aprende de la vida escuchando esa música. Hubiera sido interesante aprenderlas antes. Como escribió Discépolo: “Cuando estén secas las pilas de todos los timbres que vos apretás…”
Tremenda frase…
Ahí hay un compromiso. A mí me gusta, entonces quizás ese es el descubrimiento que, como te digo, siempre fue epifánico, porque con los Residents fue epifánico, con los Beatles, los Who, con “My Generation”, Led Zeppelin, King Crimson, B-52´s, con todos los que me gustan fue epifánico…
¿Y ahora la música que te sale se podría describir en base a algún género, algún estilo, o es una mezcla de todo?
Uno tiene ideas respecto a cómo se formó en música. Por ejemplo, es difícil pensar a Fito sin Chico Buarque, o sin Charly. Hay artistas que te muestran sus particularidades y posibilidades para que vos hagas tu propio camino. Porque por ahí no hacés una banda tributo, por ahí tomás algunas cosas de ahí, otras cosas de otro lado, algunas cosas se te ocurren en el camino, y así encontraste un instrumento que hace un ruido raro y bueno… Todo eso te llevó por un camino, la vida te va llevando por caminos y eso son las canciones que hacés, supongo. Al menos es lo que creo yo, ya que no veo gran diferencia. Lo mío son canciones pop, como de rock pero con un ritmo folclórico. Es música que intenta ser popular. No tiene pretensiones de nada, es una canción que dice cosas y no tiene más pretensiones que mostrarte eso.
Con tus letras uno se imagina situaciones, personajes…
A mí me parecen que son como páginas de cómics. No necesariamente la historia está completa. Son viñetas. Nunca una historia está completa en una canción de tres minutos.
Y ahí entra en juego el arte de los intérpretes con su estilo, su sonoridad, su impronta.
Claro, gente como Juliette Greco o Zitarrosa, Yupanqui, Juan Falú o el Tata Cedrón. No hay complejidad ahí. No es que no la haya, lo que no hay es una cosa rebuscada. Hay arte. No hace falta escuchar tanto, no hay tiempo y uno no tiene atención para tanto. Es limitado el tiempo de vida y el tiempo de atención. Entonces hay que enfocarse en lo que en lo que a uno le sirve. Como cantó Javier: “No hay tiempo de más…”
¿Y en lo que estás haciendo ahora hay un concepto que abarca la mayoría de los temas o son todas historias individuales que no se tocan entre sí?
Hay un concepto. Pero no necesariamente todos los temas responden a ese concepto. Hay una dirección general, el disco tiene un concepto pero no todos los temas responden exactamente a esa idea. No es una ópera rock.
¿Algunas lecturas te inspiran a escribir letras de canciones, como les pasa a otros compositores del rock y pop?
No tengo un plan. Lo que leo me influye. Lo que veo me influye, lo que pienso me influye. Cuando estoy frente a la canción por algún lado sale. Pero por ahí sale una cosa me influyó hace tres años. No tengo control sobre eso ni un plan al respecto. Por ahí es un defecto, pero bueno, es así.
Hay una pregunta que le hago casi siempre a mis entrevistados, como un vicio particular mío, ¿qué canción de otro autor te hubiese gustado componer a vos?
“Construcción” de Chico Buarque. Porque tiene una forma extrañísima y un reordenamiento caleidoscópico. En su forma es una obra muy moderna. Además de la poesía que tiene. También me hubiera gustado hacer “De nada sirve”, de Moris, por supuesto…
Emiliano Acevedo



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